¿Es distinta la amistad masculina de la femenina? Para Alice Kellen, pseudónimo de Silvia Hervás, sí: en general, “hay muchos más silencios, menos comunicación, como que todo es más subterráneo”. Eso no implica que sea superficial —”para ellos no lo es”—, sino otra forma de entender el vínculo: “lo que está, está, pero es silencioso”.
En El club del olvido, publicada por Planeta, Kellen construye la historia de cuatro amigos que se conocen desde la infancia y cuya relación se ve alterada por la irrupción de Dalia, una joven tan magnética como peculiar. La noche en que inauguran el bar de copas que da nombre a la novela marca un punto de inflexión.
El propio título encierra una paradoja: “Es un lugar que ninguno va a olvidar y la norma es olvidar lo que ocurre dentro, lo que ya lo hace inevitablemente inolvidable“, explica la autora. En ese espacio compartido, Dalia actúa como catalizador. Es una “chica rastreadora, a la que le gusta escarbar en alguien hasta que esa persona se harta”, señala Kellen. Su presencia irá abriendo grietas entre los protagonistas, tensando un equilibrio que parecía inamovible.

Desde su mirada, la novela recoge una experiencia casi universal: la transformación de la amistad con el paso del tiempo. “Hay algunas amistades que se quedan por el camino y no sabes muy bien cuándo ocurre esa separación, es muy paulatina”. Otras, sin embargo, sobreviven a pesar de todo: “Hay un pozo de tanto afecto, de todo lo que habéis vivido juntos, que tampoco se quiere soltar”.
Ese interés por explorar identidades diversas también atraviesa su forma de escribir. Kellen reivindica la libertad de habitar voces distintas en la ficción —niños, ancianos, hombres o mujeres— y, hasta ahora, no se ha planteado narrar desde el yo. Su propio nombre real, Silvia Hervás, no se conoció hasta hace apenas dos años, coincidiendo con la publicación de Quedará el amor. El pseudónimo surgió sin grandes pretensiones, inspirado en Alicia en el país de las maravillas y en la autora Marian Keyes, y acompañó sus primeras novelas autopublicadas en Amazon, cuando aún compaginaba la escritura con su trabajo en marketing.
En esta ocasión, además, la autora opta por crear un espacio ficticio. La indecisión inicial entre Madrid y Barcelona derivó en una solución inmediata y muy reveladora: “El barrio estaría inspirado en Vallecas, pero le puse mar y le puse nieve”. El resultado es un escenario híbrido que refuerza el tono emocional del relato y deja espacio para la imaginación del lector: “que cada uno imagine lo que quiera”.

El paso del tiempo es otro de los ejes centrales. Ambientada en 1993, la novela se impregna de una nostalgia constante: “Esos momentos que recordamos con felicidad desde el presente, pero que en realidad no fueron tan felices cuando sucedieron”. Esa memoria selectiva que, sin embargo, alimenta el relato vital.
La música también juega un papel clave en la construcción emocional. Tras descubrir la obra de Riccardo Cocciante viendo Parthenope, de Paolo Sorrentino, Kellen desarrolló una fascinación por la música italiana de los setenta que acabó integrándose en la novela. “He estado todo el año escuchando canciones italianas en bucle y quería meterlo en el libro”, confiesa.
2026 se perfila como un año especialmente relevante para la autora. A la publicación de su decimosexta novela se suman varias adaptaciones audiovisuales: Todo lo que nunca fuimos, protagonizada por Maxi Iglesias, llegará al cine, mientras que El mapa de los anhelos se convertirá en miniserie para Netflix. Kellen asume con naturalidad las diferencias entre lenguajes: “hay cosas que funcionan en el papel y hay cosas que funcionan en la pantalla”, y reivindica la necesidad de ser “generosa” con los equipos creativos.
Con El club del olvido, Alice Kellen no solo vuelve a explorar el amor, uno de los pilares de su obra, sino que pone el foco en esos vínculos que nos construyen y que, con el tiempo, nos obligan a preguntarnos quiénes fuimos y en qué nos hemos convertido.
