El éxito en taquilla de La bola negra, dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi, Los Javis, ha reavivado la conversación sobre la memoria, el legado artístico y algunas de las historias que quedaron relegadas a los márgenes. Inspirada en la obra inacabada de Federico García Lorca y en La piedra oscura, de Alberto Conejero, la película debutó en el Festival de Cannes antes de superar los 600.000 espectadores y recaudar cerca de 4,7 millones de euros durante sus primeros días en los cines españoles.
Aunque buena parte de la atención crítica se ha centrado en su exploración del deseo queer a través de varias generaciones, uno de sus hilos más sugerentes se encuentra en la interpretación de Penélope Cruz como Nené Romero. El personaje, ficticio pero conectado con la tradición del cuplé, encarna el universo de las cupletistas: aquellas intérpretes que dominaron los espectáculos de variedades y los escenarios madrileños durante las primeras décadas del siglo XX. Lejos de constituir un simple decorado nostálgico, muchas de aquellas mujeres encontraron en el escenario un espacio excepcional de autonomía económica, humor erótico y libertad expresiva.
Para comprender el mundo que representa Nené Romero hay que detenerse en el fenómeno del cuplé y en uno de los conceptos asociados a su estética: la sicalipsis. Surgido a comienzos del siglo XX en la intersección entre la zarzuela, el cabaret y los espectáculos de variedades, el cuplé estaba formado por canciones breves, frecuentemente satíricas y cargadas de dobles sentidos, interpretadas sobre todo por mujeres.
La sicalipsis —esa combinación teatral de picardía, erotismo y sugestión— permitió a artistas como La Chelito, La Bella Dorita, La Fornarina o Raquel Meller moverse continuamente entre la respetabilidad y el escándalo. A través de letras ingeniosas y una presencia escénica deliberadamente provocadora, las cupletistas pusieron en circulación discursos sobre el deseo, el matrimonio o las frustraciones domésticas difíciles de encontrar en otros ámbitos de la cultura popular de su tiempo.
Esa dimensión irreverente reaparece también en la banda sonora de La bola negra, que recupera números como “Batallón de modistillas” y “Las tardes del Ritz”. El primero imagina a unas costureras convertidas en ejército y utiliza el humor para hablar de trabajo, cansancio y rebelión femenina. El segundo, popularizado en los años veinte por el transformista Edmond de Bries, muestra hasta qué punto los espectáculos de variedades podían jugar también con los códigos de género.
Como ha estudiado la investigadora Lidia García, muchas cupletistas procedían de entornos humildes y utilizaron su talento y popularidad para alcanzar una independencia económica difícilmente accesible para otras mujeres de su época. Algunas llegaron a convertirse en auténticas celebridades dentro de una industria del espectáculo dominada, en buena medida, por hombres.

Lejos de ser únicamente un entretenimiento frívolo, el cuplé fue también un terreno fértil para la experimentación estética. Investigadoras como Gloria G. Durán han señalado la relación de estas intérpretes con el dandismo, la experimentación corporal y el juego con los códigos de género, dentro de un ecosistema cultural especialmente intenso en ciudades como Madrid y Barcelona.
El género mantuvo además un diálogo constante con figuras de la Edad de Plata española. Escritores como Álvaro Retana o Antonio de Hoyos y Vinent escribieron sobre aquellas estrellas del escenario, mientras Federico García Lorca colaboró con Encarnación López, La Argentinita, en la recuperación y grabación de canciones populares españolas. La canción escénica y popular se convirtió así en uno de los territorios donde podían convivir tradición, modernidad y formas de disidencia sexual y cultural.
La llegada de la Segunda República abrió un periodo de importantes transformaciones sociales y jurídicas. La Constitución de 1931 reconoció el sufragio femenino —ejercido por primera vez en unas elecciones generales en 1933— y la ley del divorcio llegó en 1932. Sin embargo, aquellos cambios legales no eliminaron de inmediato unas estructuras sociales profundamente patriarcales. En ese contexto contradictorio, las cupletistas encarnaban una imagen de modernidad y libertad femenina que podía resultar provocadora para los sectores más conservadores.
La Guerra Civil y la posterior dictadura franquista alteraron profundamente aquel ecosistema cultural. La censura restringió la sexualidad explícita, los dobles sentidos y determinadas formas de irreverencia presentes en el repertorio anterior. Artistas como Miguel de Molina o Angelillo abandonaron España, mientras otros intérpretes tuvieron que adaptar su trabajo a las nuevas condiciones políticas y morales.
Cuando el cuplé vivió un importante renacimiento comercial a finales de los años cincuenta —impulsado especialmente por el enorme éxito de El último cuplé (1957), protagonizada por Sara Montiel— el género regresó transformado y filtrado por códigos muy distintos de aquellos que habían acompañado a sus primeras grandes estrellas.
Al incorporar este legado musical a La bola negra, Los Javis hacen algo más que construir una ambientación de época. La película establece un puente entre distintas formas de memoria cultural: la voz literaria de Lorca, la historia de quienes vivieron su sexualidad fuera de las normas dominantes y la de unas mujeres que hicieron del escenario uno de los pocos lugares desde los que podían hablar públicamente de deseo, placer y autonomía.
Las cupletistas no fueron únicamente objetos de una mirada masculina. Fueron también empresarias, intérpretes y creadoras capaces de construir una identidad pública propia en un mundo que ofrecía pocas oportunidades de hacerlo. Recuperar sus canciones significa recuperar también parte de aquella conquista del escenario como territorio de libertad.

