Comenzamos con una perogrullada obscena: vivimos en un mundo sobreestimulado. Somos yonquis de la dopamina y la medalla de oro al mayor camello se la disputan Zhang Yiming y Mark Zuckerberg, o sea, los machos alfa de TikTok e Instagram. Dele al nene revoltoso un teléfono móvil y obtendrá, de inmediato, un zombi silencioso… que berreará como un venado en septiembre en cuanto le quite el maldito cacharro. El filósofo Jorge Freire describió con brillantez al Homo agitatus en su ensayo Agitación (Páginas de Espuma, 2020). “Tiene que surgir de un movimiento interior —declaró, por entonces, en El País— en el que uno aprenda a estarse quieto. Nadie nos ha enseñado que el aburrimiento es lúcido, por eso uno piensa que tiene que estar constantemente haciendo cosas”.
Así lo pensaba también yo. Hasta que leí La enfermedad del aburrimiento (Alianza Editorial, 2022), de la filósofa Josefa Ros Velasco (La Alberca, Murcia, 1987), que es, básicamente, una historia de la percepción del tedio desde Troya hasta Marina d’Or –hoy, Magic World Resort– y una advertencia sobre la banalización, cuando no la divinización, de ese “cansancio del ánimo originado por falta de estímulo o distracción, o por molestia reiterada” (DRAE). Porque algunas de sus ramificaciones conducen a la depresión o al suicidio. Casi nada.

Cuenta Ros Velasco que, en Occidente, “al aburrimiento se le ha considerado una enfermedad desde los orígenes”. Los clásicos lo contraponían al cultivo de la virtud; en la Edad Media, fue pecado capital: si el John Doe de Seven hubiese asesinado hace diez o doce siglos, le hubiera dado matarile a algún fraile por su acedia. “Los hombres de fe —escribe la autora— estaban atrapados en un contexto monótono y repetitivo en el que se aburrían a menudo. Orar y observar, observar y orar. Desde el amanecer hasta el anochecer, servicio y oración. Todos los días el mismo patrón. Abandonar el dormitorio, bajar las escaleras, entrar a la iglesia y celebrar el primer servicio del día. Volver a la cama a dormir hasta el nuevo servicio, al alba (…) ¿Cómo no iban a ser víctimas del aburrimiento?”.
Para Voltaire, el aburrimiento era “nuestro mayor enemigo”. En el siglo XIX, se habló del ennui, es decir, del aburrimiento de los aristócratas vagos, asqueados de su propio ocio; del spleen, la manifestación física y mental de este síntoma, y del mal del siglo, porque estos tipos fueron legión. En El suicidio, Durkheim señalaba que estos “neurópatas” experimentaban estados de “depresión extrema” y de “exagerada tristeza” que los predisponían frecuentemente a quitarse la vida.
Según Ros Velasco, “el aburrimiento no es (casi nunca) una enfermedad o una patología sensu stricto”, sino un síntoma, “una señal de descontento y de desprecio frente a lo que tenemos delante”. El aburrimiento con pedigrí duele y sólo lo reivindican los cenizos que pregonan que hallan la catarsis en el sufrimiento –otra cosa es que la hallen–. Y luego, claro, está el “aburrimiento situacional”, del que hablaba el gran Freire, “que nos ayuda a determinar lo que queremos dejar atrás y nos hace reaccionar para obligarle a formar parte del pasado”. Conclusión: abúrranse, pero con moderación. Ni masoquistas ni zombis telefónicos.

