Cuando a Maxine, la protagonista norteamericana del drama humanista francés Couture (Alta costura), le diagnostican un cáncer de mama en plena producción de un fashion film durante la Semana de la Moda de París —y a las puertas de rodar la película de su carrera—, su mundo se viene abajo. Está en un buen momento profesional: acostumbrada a dirigir producciones de terror de bajo presupuesto, este proyecto supone su validación por parte del establishment. En lo personal, sin embargo, todo parece más precario. Se encuentra en un duro proceso de divorcio y su ajetreada agenda laboral le impide ver a su hija adolescente tanto como le gustaría.
Al mismo tiempo, Ada, una joven de Sudán del Sur cuya familia ha huido a Kenia de la guerra, abandona sus estudios de farmacia —contra los deseos de su padre— y viaja a París, en busca de una vida mejor. Allí firma con una de las agencias de modelos más importantes, de cara a la temporada de desfiles. Ambas mujeres coinciden con Angèle, que actúa casi como un ángel de la guarda, pero en realidad es una maquilladora que sueña con escribir.
Couture trata sobre el desplazamiento semivoluntario y el anhelo por lo que podría haber sido. Más concretamente, sobre cómo aquello que se desea, por una razón u otra, nunca acaba cumpliéndose de la manera esperada. El vértigo y la duda condicionan la toma de decisiones de las tres protagonistas, que se ven alienadas en medio del frenesí del evento.
La película abre con la llegada de Maxine (Angelina Jolie) a París, donde se le muestra el taller de la marca para la que realizará el proyecto. En la ficción, la firma no tiene nombre, pero en la vida real se trata del showroom de Chanel, siendo esta la primera producción a la que se concede el permiso para rodar allí. Maxine es glamurosa y tiene estilo, pero resulta demasiado atrevida para la maison: tiene tatuajes, viste de negro y dirige películas sangrientas. La marca la contrata precisamente para aportar algo de esa visión autoral al desfile, como una suerte de Floria Sigismondi. Ella propone una escena de vampiros y lobos, al estilo Crepúsculo, y lucha —aunque no demasiado— por mantener el control creativo sobre su propuesta.
Entre jornadas de rodaje, mantiene un amorío casual con Anton (Louis Garrel), su director de fotografía, tan atraído como desconcertado por su comportamiento directo y esquivo. Al mismo tiempo, Maxine prepara su próximo largometraje, expectante —aunque no especialmente preocupada— por el resultado de una biopsia. Cuando el oncólogo que la trata (Vincent Lindon) le comunica la mala noticia, todo su esfuerzo parece perder sentido. Decide, por el momento, no contárselo a nadie.
La otra gran subtrama es la de Ada, una chica de dieciocho años con lo que en Europa se consideraría un “físico exótico”, interpretada por Anyier Anei, que también ha trabajado como modelo para importantes marcas. Llega a París con la intención de cumplir su sueño —o el sueño que se le ha asignado— y, con suerte, ayudar a su familia en Kenia. No tiene experiencia: es un lienzo en blanco, lo que la convierte en el perfil perfecto para su agencia.
Comparte piso con otras modelos de distintas procedencias. Algunas la reciben con amabilidad; otras, con indiferencia. Pronto se intuye que esa distancia funciona como mecanismo de defensa. Muchas de ellas provienen de contextos igual de precarios. Son jóvenes, atractivas y conscientes de ello; muy solicitadas, pero también demasiado inexpertas para tomar decisiones con perspectiva. Aunque su trabajo les reporta dinero, la estabilidad sigue siendo esquiva.
La directora, Alice Winocour, pasó un año inmersa en la industria de la moda para preparar la película, y se nota. Existen innumerables representaciones de este mundo como un entorno superficial y competitivo —basta pensar en El diablo viste de Prada—, pero rara vez se ha abordado la perspectiva de las mannequins (como aún se las denomina en Francia) con este grado de intimidad. Este es, quizás, el mayor logro del filme, dentro de un conjunto que no siempre alcanza esa misma profundidad.
Menos desarrollada resulta la subtrama de Angèle (Ella Rumpf) que, aunque aporta cierta luz al relato, carece de un arco plenamente satisfactorio. Algo similar ocurre con Garance Marillier, en un breve papel como costurera, que queda apenas esbozado.
El enfoque de Winocour es a la vez discreto y directo. La historia tiene, además, una resonancia personal evidente para Angelina Jolie, que también figura como productora. En 2013, la actriz se sometió a una doble mastectomía preventiva tras conocer su alto riesgo de desarrollar cáncer de mama, debido a su historial familiar. Dos años después, tomó una decisión similar con uno de sus ovarios. En ambos casos, compartió su experiencia en artículos publicados en The New York Times, contribuyendo a la concienciación sobre este tipo de intervenciones.
Su interpretación aquí es potente, genuina y comprometida. A veces puede parecer que resulta difícil abordar el cáncer desde perspectivas nuevas, pero Jolie consigue dotar al personaje de una dimensión íntima y creíble. Es su papel más cercano a su propia experiencia desde Frente al mar. En paralelo, el trabajo de Anei también resulta convincente, en parte porque muchos de los elementos de su personaje nacen de conversaciones directas con la directora.
Sin embargo, el conjunto no termina de sostener esa misma identidad. Más allá del acierto en la representación de las modelos, la película no ofrece una mirada especialmente reveladora sobre la industria. El relato es sólido, pero también previsible. Sabemos que los desfiles implican una enorme presión y que los rodajes exigen sacrificios; el cine ya ha explorado estos territorios con mayor profundidad.
El momento en el que la película alcanza su mayor fuerza es la catarsis final durante el desfile, rodada con pulso y elegancia al son de Rachmaninoff. Esa secuencia, junto con la presencia de Jolie, su química contenida con Garrel y el realismo emocional de Anei, sostiene un filme coral que, paradójicamente, termina dejando sus costuras demasiado a la vista.
