Dakota Johnson nació en la aristocracia de Hollywood, pero ha dedicado la última década a escapar de ella. Durante su carrera ha aceptado el privilegio, pero también ha luchado por demostrar que su apellido, si bien le abrió las puertas de Hollywood, no le ha ayudado a sostener su trayectoria.
La actriz reconoce que sumarse a la profesión familiar levantó sospechas en sus inicios. Es hija de Melanie Griffith y Don Johnson, nieta de Tippi Hedren, una de las musas de Alfred Hitchcock, y ese bagaje le permitió conseguir agente con solo marcar un teléfono. Bajo la influencia de su familia, Dakota se saltó los primeros obstáculos que encuentran los actores sin padrinos. Cuando su madre se casó con Antonio Banderas en 1996, el actor español también pasó a formar parte de su mapa familiar de Hollywood.
Pero si algo distingue a Johnson dentro de la generación de los llamados nepo babies es que nunca ha intentado fingir que llegó desde la nada. Su estrategia ha sido la de aceptar el punto de partida y construir el resto delante del público. “Sí, mi apellido me ha abierto puertas”, ha reconocido. “Pero eso no significa que la gente te acepte por ser quien eres”.

En Hollywood, el privilegio puede darte un abanico de oportunidades, pero no garantiza una carrera. Y Johnson lleva más de una década demostrando que nadie le ha regalado el lugar conseguido. Su primer gran examen llegó con Cincuenta sombras de Grey. A los 25 años pasó de ser una actriz desconocida a convertirse en una estrella mundial. El fenómeno fue global y millones de espectadores la asociaron con la franquicia de Anastasia Steele.
Intentando no encasillarse, Johnson giró hacia el cine de autor. Trabajó con Luca Guadagnino en Suspiria, con Maggie Gyllenhaal en The Lost Daughter y con jóvenes cineastas independientes que le permitieron explorar una identidad menos previsible. “Me interesan los personajes femeninos fuertes, pero diferentes, personajes que me supongan un reto”.
En Sundance, durante la presentación de Cha Cha Real Smooth, la película de Cooper Raiff que protagonizó y produjo, nos habló de esa necesidad de sentirse algo más que una intérprete contratada. “Vivo sedienta de experiencias y como artista quiero que se valore mi trabajo”, dijo.

La película llegó en un momento clave de su evolución. Johnson había creado TeaTime Pictures, su propia productora, con la intención de participar en la construcción de los relatos que la interesan como mujer y como artista sin limitarse a esperar que llegaran an ella. En Cha Cha Real Smooth interpretó a Domino, una madre joven cuya vida está lejos de las imágenes idealizadas de la maternidad. El personaje conectó con una de las conversaciones que más le interesan: la presión que todavía existe sobre las mujeres para cumplir determinados papeles. “Tengo sentimientos complicados sobre la feminidad y la maternidad porque no todas las mujeres quieren ser madres”, explicó. Johnson pertenece a una generación de mujeres famosas que han empezado a cuestionar públicamente la idea de que la realización femenina tiene un único camino.
Su trabajo con Maggie Gyllenhaal en The Lost Daughter profundizó todavía más en esa línea. La película, basada en la novela de Elena Ferrante, explora la culpa y el deseo de libertad. Para Johnson, el rodaje supuso una experiencia transformadora porque encontró confianza, algo que, según contó, no siempre había sentido en un rodaje. “Sentí que, como mujer, como artista y como ser humano, estaba realmente cuidada por Maggie Gyllenhaal”. Tal vez por eso vuelve a trabajar con ella en el próximo cortometraje de esta realizadora dando vida a Marylin Monroe.
Además, Johnson salta a la dirección, que ya probó dirigiendo el videoclip Cry Cry Cry de Coldplay. Su debut como directora de largometraje será con A Tree Is Blue, una historia sobre una joven con autismo que busca independencia después de terminar el instituto.

En una industria obsesionada con la imagen, Johnson ha construido una carrera alrededor de la contradicción. Es una heredera que disfruta de Hollywood a la antigua. Con sofisticación y discreción. Su versatilidad para producir, dirigir e interpretar tiene mucho de su facilidad para sentarse en la mesa de muchos de los amigos de sus padres, especialmente su madre. También en su relación con España surge su identidad. Durante los años en que Melanie Griffith estuvo casada con Antonio Banderas, Johnson pasó muchos veranos en nuestro país y desarrolló un vínculo afectivo. “Me gustaría hacer una película en español”.
Johnson se ha burlado de su propio legado y de la conversación sobre los nepo babies. “Cuando todo esto empezó, me pareció increíblemente molesto y aburrido”, dijo intentando minimizar un abolengo cinematográfico imposible de ignorar .

