Daniela Spalla (Córdoba, Argentina, 1984) lleva más de dos décadas construyendo una carrera que la ha llevado del circuito nocturno de jazz de su país al pop confesional que consolidó en México, donde reside desde hace trece años. Tras un primer trabajo publicado en 2005, Ahora vienen por nosotros (2014) marcó un punto de inflexión y le valió una nominación al Latin Grammy a Mejor Artista Nuevo. Sin embargo, en sus propias palabras, fue con Camas separadas (2018), coincidiendo con una etapa decisiva de su vida en México, cuando encontró la voz compositiva que terminaría definiendo su trayectoria.
Después llegaron Puro Teatro (2020) y DARA (2023) y, más recientemente, Amorío (2025), álbum realizado junto al cantautor colombiano Esteman que ambos acaban de presentar en Vive Latino Zaragoza. En los próximos meses emprenderán una gira por Norteamérica para cerrar este proyecto conjunto, una experiencia que Spalla recuerda con especial afecto, pero que funciona también como paréntesis dentro de una obra solista eminentemente introspectiva.
Esteman no es, ni mucho menos, el primer colaborador de la cordobesa. A lo largo de su carrera ha firmado canciones junto a artistas y grupos de distintos rincones del pop en español, como Carlos Sadness, Leiva, Dorian o Camilo. Su nuevo sencillo, «La Espina», contrapone una producción de ritmo expansivo con una letra mucho más áspera sobre aquello que sacrificamos para conseguir lo que deseamos. El videoclip está dirigido por el dúo creativo Pampa x Kato, que también ha trabajado con sus compatriotas CA7RIEL & Paco Amoroso. El álbum, cuyo título todavía no se ha desvelado, supone una vuelta a su escritura más personal y abierta en canal, aunque acompañada de una nueva paleta sonora.
Nos encontramos con Daniela Spalla durante su visita a Madrid en Casa de México, un escenario especialmente apropiado para alguien que encontró en ese país un segundo hogar y el lugar donde desarrolló buena parte de su carrera. Allí habla con Artículo14 sobre su proceso creativo, la etapa que atraviesa ahora y las exigencias —también estéticas— que siguen recayendo sobre las mujeres en una industria mucho más permisiva con muchos de sus intérpretes masculinos.

“La Espina” habla del lado B de las cosas que más amamos y de lo que sacrificamos por aquello que nos define. ¿Cuál ha sido el sacrificio más difícil que has hecho por la música?
Yo creo que dejar mi país, dejar mi familia. Eso ha sido el sacrificio más grande con el que he aprendido a vivir porque, por otro lado, estoy muy agradecida por las oportunidades que se me presentaron fuera de mi país. Llevo viviendo en México ya trece años y estoy muy agradecida por eso, pero sí: todos los días se siente también la distancia con la familia.
La letra dice: “Siempre tan acompañada / pero en la noche nadie me espera en casa”. ¿Hay algo especialmente solitario en una vida que, desde fuera, parece estar siempre llena de gente?
Sí, sin duda. Uno busca… No sé, voy a hablar por mí, pero yo busco también algo de esa soledad. Mi creación es casi siempre en soledad. Para escribir, para poder ponerme en contacto con lo que quiero decir y con lo que quiero transmitir, necesito estar sola; o, más bien, cuando estoy sola llego a niveles de conexión conmigo, con mi historia y con mi creatividad mucho más profundos. Entonces yo también busco esa soledad. Y cuando la menciono en la canción, hago referencia a ese sentimiento de sentirse abrumado por algo bueno que está pasando. También es algo que uno vive mucho en soledad, porque el entorno lo primero que te dice es: “¿Por qué te sentís mal si estás viviendo algo que soñaste siempre?”.
Después me di cuenta de que ese sentimiento que relato en la canción fue solo un periodo. El lado B del éxito no tiene por qué ser solamente profesional; también puede ser personal. Algo llega a tu vida, algo que siempre habías querido y por lo que luchaste durante mucho tiempo, y con ese logro aparecen desafíos que requieren una nueva versión tuya y todavía no estás ahí. Entonces empezás a sentirte abrumado, que quizás no estás hecho para eso o que quizás no te lo merecés. Yo me sentía así hace un par de años, cuando escribí la canción. Con el tiempo entendí que era simplemente un periodo de adaptación, pero había una parte que, cuando trataba de transmitírsela a la gente que tenía cerca, no podían comprender. Ahí también está la soledad.
¿Es La Espina autobiográfica o necesitas cierta distancia para convertir una experiencia en canción?
No, siempre ha sido así. Siempre ha estado basada en experiencias mías y, sobre todo, en cosas que no entiendo. Ahí es cuando más me siento a escribir: cuando empiezo a tener muchas preguntas sobre lo que me está pasando, cuando no puedo explicar alguna tristeza que estoy viviendo y no sé de dónde viene. Casi todas mis canciones se disparan a partir de una experiencia personal. El año pasado hice un disco con Esteman, Amorío, y ahí sí se trató más de encontrar unos personajes, una narrativa y ponernos los dos a contar historias. Pero mis discos solistas siempre han sido muy autobiográficos.
La escribiste hace unos dos años. ¿Por qué era la canción adecuada para abrir esta nueva etapa ahora?
Había algo que me gustaba mucho de la energía y de la intensidad que tenía. El arreglo de vientos también aportaba algo nuevo a mi música porque nunca me había puesto a explorar ese tipo de sonoridad o de arreglo en mis canciones. Sentía que era algo interesante para plantear el nuevo álbum y el camino hacia él. Fue también la primera canción que escribí para el disco y, al haber sido una de las primeras que grabamos, marcó el camino del resto del álbum, de la estética y de la producción. Por eso la elegimos como primera canción.
Has dicho que llega un momento en que necesitas cambiar. ¿Qué querías dejar atrás de tu etapa anterior?
Hay dos periodos recientes. Por un lado están mis últimos trabajos como solista y, por otro, el disco más reciente que hicimos con Esteman. Con el proyecto del dúo, cuando me senté de nuevo a escribir mis canciones, me di cuenta de que tenía muchas historias guardadas que no había podido poner en Amorío porque tenían una perspectiva demasiado personal. No fue que me aburriera del proyecto, sino que habían quedado cosas acumuladas y aparecieron en este disco. Y con respecto a mi último disco solista, DARA, lo hice con muchas ganas de ir hacia algún lugar, pero también con bastante miedo e incertidumbre. Fue un disco que hice durante la pandemia y en aquel momento lo que sonaba era pura música urbana. Yo no sabía si tenía que hacer esa música o no.
Di una vuelta muy larga haciendo ese disco hasta entender que tenía que seguir haciendo mi música sin importar lo que pasara afuera. Pero por el contexto en el que lo hice, fue un disco con mucho miedo. Cuando salió, empezaron a pasar cosas muy buenas que también me hicieron perderlo. Este disco tiene menos miedo y tiene más ganas de probar cosas diferentes, de explorar ritmos y sonoridades que no son necesariamente las que están sonando ni las que me pueden garantizar que algo vaya a funcionar. Pero al final sé que lo importante en todo este camino es poder contar quién soy.

A partir de Camas separadas, empiezas a exponerte más en tus canciones. ¿Qué cambió entonces en tu forma de escribir?
Yo creo que ahí empezó una búsqueda que, disco tras disco, sigo profundizando. Mi música se volvió más humana porque empecé a hablar de lo que me pasaba sin tantos filtros. Se volvió más terrenal, más cercana, porque empecé a contar lo que me pasaba desde un lugar más abierto y también más vulnerable. Esa búsqueda siento que siempre ofrece mucho más en lo que hurgar, cada vez más adentro. Para mí de eso se trata: en cada disco busco ir un poco más profundo y contar mejor esa historia de quién soy.
Cuando una canción nace de algo muy personal, ¿sientes pudor? ¿Cómo decides qué parte pertenece al público y qué parte sigue siendo solo tuya?
A mí me encanta cuando vienen y me cuentan sus historias con las canciones. A veces son historias muy parecidas a las mías y otras son muy distintas. Interpretan y adoptan la canción según su vida, sus experiencias y sus necesidades. A mí eso me encanta. Ahora estamos por sacar una canción que se llama Tu veneno, que habla de una experiencia muy dolorosa que tuve cuando empezaba en la música. Me ha hecho mucho bien escribirla. Aunque tuve que revivir muchas cosas que viví en aquel momento, revisitar esas experiencias también forma parte de sanarlas.
Anoche pensaba: “Ojalá esta canción también le pueda servir a alguien para que no se sienta tan sola cuando la escuche, para que se anime a decir cosas que tiene guardadas desde hace tiempo”. Para mí es muy importante que quien escuche mis canciones pueda apropiárselas y cantárselas a sí mismo desde su propia historia. Y sobre el pudor: cuando empecé a escribir canciones, me daba mucho miedo. Por eso al principio cantaba en inglés. Me gustaban las grandes cantantes de pop como Whitney Houston y Mariah Carey y esa era la música que escuchaba. Cuando empecé a cantar en español, me daba mucha vergüenza que la banda entendiera qué era lo que me estaba pasando, y que el público, que además estaba formado por amigos y conocidos que venían a verme, supiera lo que me pasaba. Pero con el tiempo le fui agarrando el gusto y ahora me gusta eso: me gusta exponerme.

Vienes de tocar con Esteman en Vive Latino Zaragoza. ¿Qué has descubierto actuando en dúo que no aparece cuando eres la única figura en el escenario?
Se diferencia mucho. Hay algo que voy a extrañar muchísimo del proyecto del dúo y es justamente esa parte tan performática. El show es muy dinámico porque se juntan muchos repertorios: está el que tenemos juntos, el suyo y el mío. Cada cuatro canciones cambia algo y eso mantiene a la gente muy entusiasmada, muy prendida al show todo el tiempo. La va llevando por una montaña rusa. Eso lo voy a extrañar mucho. Pero también es cierto que, en los conciertos solistas, ese espacio extra permite contar las historias de una manera un poco más punzante. Quizás sin tanta pirotecnia, pero de una forma más profunda.
Pampa x Kato construyen para La Espina un universo visual muy marcado. Cuando piensas en un proyecto, ¿el concepto visual suele aparecer desde el principio o llega después?
Casi siempre viene después. Con este disco llegó un momento en el que les dije: “¿Saben qué? No he pensado nada. Me he dedicado a la música, la música me absorbió por completo y no se me ha venido ninguna imagen. Ayúdenme”. En este proyecto hemos tenido la suerte de trabajar con Citlali Haro, la artista mexicana que está haciendo todas las portadas. Creo que le está dando una dimensión muy particular y una mirada que lo enriquece mucho. También sentí, haciendo este disco, que ya había construido un equipo creativo con el que estoy muy conectada y en el que confío mucho. Los involucré desde el principio: mientras escribía las canciones les contaba de qué iban, cuál era mi búsqueda y qué preguntas me estaban surgiendo. Al contárselo, entendía muchas cosas y su feedback también me alimentaba para seguir escribiendo. Por primera vez abrí el proceso creativo desde el comienzo y confié la parte visual mucho más al equipo.
Siempre has trabajado mucho la imagen. ¿Sientes que a las mujeres se las juzga antes por cómo se ven que por lo que hacen musicalmente?
Sí. Obviamente me parece algo injusto. Las mujeres tenemos que demostrar mucho más para que nos den el mismo crédito, y eso es lo que hemos hecho: nos hemos puesto a trabajar, a perfeccionarnos. Por eso hoy el nivel de los shows y de la música que están haciendo las mujeres llama tanto la atención. Nos ha tocado arremangarnos y hacer lo necesario para llamar la atención y conseguir ese reconocimiento. Es injusto, pero hoy ese nivel también es muy inspirador. Y está inspirando no solo a otras mujeres, sino también a hombres, que durante mucho tiempo no se han ocupado tanto de perfeccionar ciertas cosas como la presencia, el diseño del escenario o la imagen. Finalmente, las mujeres han elevado mucho la vara. El público también se está acostumbrando a ese nivel y los referentes son, en su gran mayoría, mujeres.

Has pasado por jazz, rock argentino, canción romántica, pop… ¿Qué parte de todas esas Danielas reconoces todavía en la artista que está haciendo este disco?
Hay varias Danielas, pero me reconozco en cada una de ellas. Hace poco, para este disco, hice una retrospectiva de la época en que empecé en la música. Volví a contactar con un pianista con el que tocaba cuando empezaba a cantar en Buenos Aires y, mientras coordinábamos las grabaciones, me mandó unos demos que habíamos grabado hace mil años, cuando yo recién estaba empezando a escribir. Claro, por un lado me daba mucha vergüenza porque era muy feo lo que hacía, no me gustaba nada. Pero también entendí perfectamente quién era esa persona que estaba haciendo esa música en aquel momento. Me dio mucha ternura y también sentí mucho agradecimiento.
Hacía esas grabaciones y, a los tres meses, me daba cuenta de que ya no me representaban del todo, pero seguí intentándolo, perfeccionándome y analizando qué podía hacer mejor. Creo que ese es uno de los hilos conductores: una búsqueda incansable por dar un poquito más en el clavo a la hora de contar lo que me pasa, lo que vivo y lo que siento. A partir de Camas separadas, ese hilo conductor se vuelve mucho más fuerte porque fue cuando encontré un lenguaje mucho más relacionado con mi identidad. Pero también me reconozco en lo que ocurrió antes. Por más que me dé vergüenza o que no me guste, ahí está y lo agradezco. Cuando me subo al escenario o me siento a escribir una canción, llevo conmigo también todo ese bagaje.
¿Qué te gustaría que pudiéramos decir de este álbum dentro de diez años que todavía no sabemos decir hoy?
Me siento en una época con mucho impulso y, un poco por esto que te decía antes, en este disco he tenido menos miedo. Creo que de ahí vienen también ese impulso y el hecho de estar muy alineada con mi equipo. Desde hace un tiempo siento que cada vez que nos sentamos a hablar del disco, todo fluye. Incluso cuando me senté a escribirlo, salió todo rápido: en muy poco tiempo aparecieron las canciones y con mucha claridad sobre hacia dónde iban. Entonces sí, siento que hay un extra de motor en este momento. A ver si cuando mire hacia atrás también lo siento.
