En mayo de 1991, el público pudo ver cómo dos mujeres hacían las maletas para lo que debía ser una escapada de fin de semana cualquiera. Lo que ocurrió a continuación —una huida por todo el país desencadenada por un episodio de violencia sexual— no solo desafiaba las convenciones de la buddy movie: redefinió de forma permanente el lugar que podían ocupar dos mujeres dentro de ese género. Ahora, treinta y cinco años después del estreno de la película, Thelma & Louise debuta como musical en el Young Vic Theatre de Londres, donde podrá verse del 3 de septiembre al 24 de octubre.
Para una historia tan arraigada en el lenguaje cinematográfico de los grandes paisajes desérticos, los motores rugiendo y un trágico salto literal al vacío, la transición al escenario resulta casi tan atrevida como la huida de sus protagonistas. Sin embargo, esta producción —con libreto de la oscarizada guionista de la película original, Callie Khouri, dirección de Trip Cullman y canciones de la estrella del indie folk Neko Case— aspira a algo más que explotar la nostalgia. Plantea una pregunta fundamental: ¿qué significa convertir una historia sobre violencia sexual, defensa propia, fracaso institucional y una apuesta desesperada por la libertad en un musical en 2026?
Para los más puristas, la primera reacción ante la adaptación musical de una road movie cargada de acción puede ser el escepticismo. En los foros dedicados a Broadway ya ha aparecido una objeción evidente: ¿por qué iban a ponerse a cantar estas mujeres? En la película, Ridley Scott se apoyaba en la cámara lenta, los primeros planos polvorientos y el inmenso silencio del oeste norteamericano para expresar el despertar interior de sus protagonistas.
Sobre el escenario, sin embargo, el equipo creativo ha tenido que encontrar una gramática completamente distinta. «El canto, la música: ese es nuestro primer plano», explica Rachel Tucker, veterana del West End que interpreta a Louise. En lugar de reproducir la película escena por escena, las canciones sirven para ampliar el paisaje psicológico de las dos mujeres.
La tarea de trasladar el desierto estadounidense a la música ha recaído en Neko Case, cantautora nominada al Grammy conocida por su particular aproximación a la música de raíces norteamericana. Case, que ha reconocido que apenas sabía nada de musicales y ni siquiera podía leer partituras cuando Khouri se puso en contacto con ella por primera vez, fue elegida precisamente por su sensibilidad orgánica y poco convencional. Junto a colaboradores como Carl Newman, ha creado unas canciones descritas por el reparto como «terrosas», «un poco sucias» y «muy arraigadas en sí mismas». En lugar de grandes números musicales pulidos, la partitura bebe del folk, el country y la música tradicional estadounidense para capturar el polvo de la carretera y la urgencia de ese despertar femenino.

El viaje hasta el Young Vic ha sido, además, una maratón de casi una década. La larga gestación del espectáculo refleja algunas de las dificultades de la producción teatral contemporánea. Durante ese proceso, el musical pasó por varios talleres en Nueva York y llegó a contar inicialmente con actrices de Hollywood como Amanda Seyfried y Evan Rachel Wood en los papeles protagonistas. Seyfried estaba tan implicada en el proyecto que se ausentó de la ceremonia de los Globos de Oro de 2023 —donde ganó por The Dropout— porque se encontraba ensayando.
Seyfried acabó abandonando el proyecto cuando la producción se trasladó a Londres, aludiendo a la enorme exigencia física y emocional del espectáculo. «Creo que podemos decir que lo mejor para el espectáculo es que yo no esté en él, pero va a ser lo mejor que hayáis visto nunca», reflexionó la actriz a principios de este año.
Este largo proceso también pone de relieve un problema estructural dentro de las artes que Neko Case no ha dudado en denunciar. Escribir un musical durante diez años, buena parte de ellos sin remuneración durante las fases de desarrollo, evidencia las dificultades de acceso para los artistas que no cuentan con respaldo económico. «No puedes hacer este trabajo a menos que tengas una fortuna propia», escribió Case en una entrada de Substack. Aun así, continuó adelante impulsada por la convicción de que la historia seguía siendo necesaria: «La historia de Thelma y Louise es dolorosamente pertinente en este mismo momento (…) Por desgracia, los intentos de subyugar a las mujeres en nuestro mundo tampoco pierden vigencia».
Uno de los cambios más significativos de la adaptación teatral tiene que ver con sus personajes masculinos. En la película de 1991, muchos de ellos estaban construidos como arquetipos destinados a representar distintas formas de opresión patriarcal: desde el machismo cómico y controlador de Darryl hasta la violencia del hombre que intenta violar a Thelma en el aparcamiento.
Para el musical, Khouri y Case han querido dotar a esas figuras de una mayor complejidad. «Una de las cosas que verdaderamente queríamos en el espectáculo era hacer a los hombres menos caricaturescos», ha explicado Case. Al conceder mayor profundidad psicológica a personajes como Darryl, JD y Hal —interpretados respectivamente por Samuel Edwards, Jordan Luke Gage y Trevor Dion Nicholas—, la producción introduce una lectura feminista diferente a la de 1991.
El objetivo no es justificar la violencia masculina, sino mostrar cómo el patriarcado condiciona también a quienes se benefician de él. «Estamos trabajando duro para (…) que se den cuenta de cuánto tienen que perder y de cómo todos perdemos con el patriarcado», señala Case. La adaptación sitúa así en primer plano las dinámicas que regulan las relaciones entre hombres y mujeres y las consecuencias que pueden tener el silencio, la incomunicación y la incapacidad para romper con ellas.

Cuando la película se estrenó en 1991, fue celebrada —y también condenada por algunos críticos conservadores— como un relato de rebelión femenina e individualista. En 2026, esa historia aterriza en un contexto político muy diferente.
Para Amy Lennox, que interpreta a Thelma, el espectáculo es, ante todo, «una historia de amor entre mujeres; una historia de amor platónico». Es también una exploración de cómo un vínculo profundo sostiene a dos mujeres frente a un mundo construido en buena medida contra ellas. En 1991, su viaje comenzaba como una evasión del tedio doméstico; en 2026, con el telón de fondo de la revocación de Roe v. Wade, el ascenso de Donald Trump y el crecimiento de la llamada manosfera digital, su alianza adquiere inevitablemente nuevas resonancias políticas.
Como apunta Tucker, el retroceso experimentado por algunos derechos de las mujeres ha vuelto más inmediata la dimensión política de la película original. El musical no contempla los noventa como una reliquia del pasado: utiliza aquel relato para interrogar el presente y recordar que muchas de las estructuras de opresión que Callie Khouri señalaba en su guion —ganador del Oscar en 1992— no han desaparecido, sino que han adoptado nuevas formas.
En última instancia, cualquier adaptación de Thelma & Louise tiene que enfrentarse a su imagen definitiva: el Ford Thunderbird suspendido sobre el Gran Cañón. Una escena tan icónica que se ha convertido en la representación de un punto de no retorno, tanto narrativo como feminista.
¿Cómo puede un espacio íntimo como el Young Vic representar un coche precipitándose por un barranco sin caer en un efecto involuntariamente cómico? El equipo creativo ha descartado la espectacularidad tecnológica característica de algunas grandes producciones comerciales. En lugar de intentar hacer volar un automóvil sobre el público, el director Trip Cullman y los coreógrafos Bobbi Jene Smith y Or Schraiber han optado por un desenlace simbólico, abstracto y decididamente teatral.
Al asumir las propias limitaciones poéticas del escenario, la producción transforma el impacto físico en una forma de liberación. Es una decisión artística que privilegia lo interior sobre lo exterior y lo poético sobre lo espectacular.
Cuando las luces se apaguen sobre Lennox y Tucker al borde de ese barranco escénico, lo que quede no será únicamente un efecto teatral. También permanecerá una pregunta que Thelma & Louise lleva planteando desde hace treinta y cinco años: hasta qué punto la libertad de una mujer sigue dependiendo de escapar de las estructuras que intentan decidir por ella. Solo que, esta vez, no emprenden el viaje solas.

