La crítica ★★☆☆☆

‘El beso de la mujer araña’ mezcla sin eficacia la magia de la ficción y el terror de la realidad

Bill Condon convierte el clásico de Manuel Puig en un musical queer de ambición vistosa, pero su mezcla de fantasía hollywoodense, romance carcelario y tragedia política no termina de encontrar la emoción ni la fuerza que promete

'El beso de la mujer araña'
'El beso de la mujer araña'
Montaje: kiloycuarto

La de El beso de la mujer araña es una historia larga y variada. Empezó siendo una novela sobre sexo, fantasía y traición publicada en 1976 por el argentino Manuel Puig, posteriormente adaptada a la pantalla por la aclamada película homónima de 1985 por la que William Hurt ganó el Óscar al Mejor Actor. Luego, John Kander y Fred Ebb —autores de los musicales Chicago y Cabaret— reinterpretaron el texto original para Broadway, complementando el infierno claustrofóbico de una prisión argentina durante la dictadura militar planteado por la obra original con la efervescencia y la grandiosidad de los musicales clásicos de Hollywood. Ese espectáculo es ahora la base de la que el director Bill Condon se ha servido para confeccionar un extraña combinación de tragedia, paranoia, delirio camp e historia de amor queer que, pese a su ostentosa dedicación a reivindicar el potencial transformador de la fantasía cinematográfica, aporta relativamente poco de ese poder arrollador.

Aunque se aparta en varios aspectos de la trama de su predecesora cinematográfica, y de la novela de Puig, la película mantiene el concepto central: está protagonizada por un hombre gay y un preso político que comparten celda en una cárcel bonaerense durante la dictadura: el origen teatral se hace evidente desde el principio por la rapidez económica, rayana en lo reductivo, con la que perfila a los dos personajes: Molina (Tonatiuh) es el homosexual extravagante y hedonista; Valentín (Diego Luna), el militante ascético. Inicialmente enfrentados, ambos van construyendo una intimidad recíproca cuando Molina empieza a compartir con Valentín su obsesión por su musical favorito, un artefacto absurdamente protagonizado por su actriz favorita (Jennifer Lopez) que Condon recrea a través de una serie de coloridas escenas oníricas de canto y baile.

Jennifer Lopez en un fotograma de 'El beso de la mujer araña'
Jennifer Lopez en un fotograma de ‘El beso de la mujer araña’

Aunque las visiones opuestas de los protagonistas dan pie a ciertos momentos de comedia, sus diferencias se resuelven demasiado rápido como para que el contraste llegue a generar verdadero drama, y cualquier atisbo de romance entre ellos permanece vago. Por lo que respecta a Lopez, los dos personajes que interpreta —la estrella del cine y el personaje titular— ambos son figuras imaginarias: en esencia, da vida a un póster en la pared de una prisión, un ídolo cinematográfico venerado que cobra vida en fantasías musicales. Se pasa tres cuartas partes de la película bailando, y lo hace de forma impecable, pero su trabajo aquí no deja de ser un mero ejercicio de exhibición.

Para permitir a sus dos personajes principales la huida de las duras realidades del mundo real, el diseño de la película exige una alternancia constante entre ese paisaje cinematográfico imaginado y la sombría realidad carcelaria que ambos comparten, y la alternancia de tonos que esa estructura exige es algo que Condon -en el pasado director y/o guionista de musicales como Chicago (2002), Dreamgirls (2006) o la versión de acción real de La bella y la bestia (2017)- demuestra no ser capaz de lograr. Las coloridas secuencias musicales están concebidas para contrastar drásticamente tanto con ese telón de fondo como con la sombría fisicidad de la prisión, donde tanto Molina como Valentín son torturados. Los aspectos lúgubres y los oníricos -cuya yuxtaposición es, sobre el papel, lo que da a El beso de la mujer araña su razón de ser— conviven de manera obviamente incómoda, y nunca llegan a dialogar entre sí.

Condon, asimismo, no consigue establecer un contraste verdaderamente efectivo entre ambas. De entrada, El beso de la mujer araña resulta sorprendentemente apolítica. Su contexto histórico por momentos da la sensación de ser tan decorativo como las canciones en las que Molina se refugia de la fealdad de su realidad, porque la película retrata la Argentina de la junta militar de una manera tan esquemática que la narración parece desarrollarse menos en un tiempo y un lugar concretos que en una especie de fantasía autoritaria poblada por villanos estereotípicos y una resistencia vagamente definida. Y por otro lado, en última instancia, la película carece de la energía de los hitos del Hollywood que intenta imitar. Las coreografías se muestran faltas de imaginación y dinamismo; hacen un esfuerzo calculado por capturar la apariencia y la atmósfera de los musicales clásicos de la Metro Goldwin Mayer sin llegar a capturar realmente su sentimiento y, en ese sentido, tampoco ayuda que la única canción verdaderamente memorable del repertorio no aparezca hasta el clímax final de la película. Como resultado de todo ello, lo que debería ser una oda al poder de la magia hollywoodense no llega a ser más que una intentona no especialmente convincente de invocar esa misma magia.

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