Donde antes se reparaban automóviles Volvo, ahora se suceden salas luminosas, patios y superficies de madera. Este jueves, 15 de octubre, el Museo Sorolla abre al público su nuevo edificio de ampliación en el número 68 de la calle Zurbano, en Madrid. Tras el cierre de la institución en octubre de 2024 y una inversión estatal de 13,1 millones de euros, que incluye la adquisición del inmueble, las obras y su equipamiento, concluye la primera fase de una transformación largamente esperada.
Sin embargo, los visitantes podrán regresar al universo de Joaquín Sorolla, pero todavía no a su casa. La residencia histórica de General Martínez Campos, 37, donde el pintor vivió y trabajó junto a su familia, permanece cerrada mientras se desarrolla una segunda fase de rehabilitación que podría prolongarse durante varios años. Para recuperar el carácter doméstico de la vivienda original, el museo ha tenido que construir, paradójicamente, otro edificio a sus espaldas.
La necesidad de ampliación tiene una historia casi tan larga como la propia institución. La casa, diseñada por Enrique María Repullés y Vargas a comienzos del siglo XX, abrió sus puertas como museo en 1932. Desde entonces, sus estancias familiares fueron adaptándose progresivamente a las exigencias de un espacio público. En los años cuarenta, los dormitorios de la primera planta se transformaron en salas de exposición; en los cincuenta, la cocina también fue destinada a usos museísticos. Ya en 1980, su director Francisco Pons-Sorolla reclamaba una ampliación que permitiera aliviar la presión sobre la antigua residencia.
La oportunidad llegó en 2009, cuando el Ministerio de Cultura adquirió un taller de automóviles situado en una parcela colindante. En 2016, Nieto Sobejano Arquitectos, el estudio dirigido por Fuensanta Nieto y Enrique Sobejano, ganó el concurso para su transformación. El resultado incorpora más de 2.000 metros cuadrados de nuevas instalaciones, entre ellas cuatro salas de exposiciones temporales que suman unos 330 metros cuadrados, el auditorio Clotilde García del Castillo, con capacidad para 80 personas, un taller de restauración, un muelle de carga y descarga y un almacén unificado para los más de 9.500 bienes culturales de la colección. El auditorio permitirá, además, desarrollar una programación de conferencias y encuentros que antes debía trasladarse a instituciones vecinas.

Un edificio nuevo para recuperar el antiguo
Lejos de reproducir la arquitectura histórica, Nieto Sobejano ha optado por reinterpretar tres elementos fundamentales de la Casa Sorolla: el estudio del pintor, el patio andaluz y los jardines. Las nuevas salas de exposición recuperan las proporciones de su antiguo taller mediante cubiertas a dos aguas y amplios lucernarios que permiten la entrada de luz cenital. Un patio interior organiza el recorrido y recuerda, sin imitarlo literalmente, al que Sorolla incorporó a su residencia.
La elección de los materiales también responde a esa voluntad de establecer un diálogo entre dos épocas. En el acceso desde la calle Zurbano predominan los acabados de carácter industrial, un recuerdo del antiguo garaje, mientras que la madera introduce una atmósfera más cálida a medida que el visitante se aproxima a las galerías. Las cubiertas ajardinadas, plantadas con especies como adelfas y jazmines, evocan la importancia de la vegetación en la casa del pintor. Aunque no serán accesibles al público, establecen una relación visual con los edificios residenciales que rodean la parcela.
“El gran valor que también tiene el edificio de ampliación es lo poco que se ha modificado respecto al proyecto original”, explica a Artículo14 Covadonga Blasco Veganzones, comisaria de la exposición inaugural, que trabajó en el estudio Nieto Sobejano entre 2012 y 2016. A pesar del tiempo transcurrido desde el concurso, destaca la fidelidad del resultado a las primeras propuestas arquitectónicas, una continuidad que considera especialmente valiosa en un proyecto de semejante complejidad. La arquitectura, recuerda, exige un ejercicio de paciencia que en este caso ha sido particularmente prolongado.
La ampliación también mejora sustancialmente las condiciones de accesibilidad. El nuevo edificio ofrece recorridos sin barreras arquitectónicas, mientras que la futura rehabilitación de la casa histórica contempla una rampa junto al muro oeste del jardín para salvar los desniveles de acceso, además de un ascensor y una nueva comunicación entre ambos inmuebles. Estas intervenciones permitirán resolver una de las principales limitaciones de la antigua residencia, hasta ahora inaccesible para numerosas personas con movilidad reducida.

Sorolla, también creador de espacios
La ampliación inaugura su programación con la exposición Tras la casa del artista. Arquitecturas del Museo Sorolla (1905-2026), comisariada por Covadonga Blasco y abierta hasta el 10 de enero de 2027. A través de pinturas, planos, cartas, fotografías y proyectos arquitectónicos, la muestra reconstruye las sucesivas transformaciones de la vivienda y propone contemplarla no como un edificio inmutable, sino como una arquitectura que ha ido adaptándose a distintas maneras de habitarla.
El recorrido comienza con los documentos que testimonian la construcción de la casa entre 1905 y 1911. Los bocetos y la correspondencia entre Sorolla, Repullés y sus colaboradores revelan hasta qué punto el pintor participó en el diseño de su hogar. Pero la exposición también permite reivindicar la aportación de su arquitecto, una figura habitualmente eclipsada por la celebridad del propietario.
“Creo que fue un grandísimo arquitecto”, sostiene Blasco, que considera la vivienda de Sorolla uno de los ejemplos más representativos de las investigaciones de Repullés sobre la arquitectura doméstica. Sus reflexiones “sobre la vivienda y las formas de vivir del siglo XIX” encuentran aquí, afirma, “su laboratorio y su máximo exponente”. Para la comisaria, Repullés fue también “una persona sensible y firme al mismo tiempo”, capaz de incorporar los deseos de su cliente sin renunciar a sus propias convicciones arquitectónicas.
El diálogo entre ambos resulta especialmente revelador al examinar los dibujos realizados por el pintor. “Desde el momento en el que pinta ya es creador de espacios”, sostiene Blasco, que considera “magistral” su facilidad para recrear la profundidad mediante la pintura y la luz. Sin embargo, observa que “los dibujos de la casa y del jardín muestran cierta torpeza”, especialmente si se comparan con la precisión técnica de los planos de un arquitecto. La contradicción resulta fascinante: Sorolla podía recrear magistralmente la profundidad de una estancia, aunque no necesariamente representarla con la exactitud que exige el dibujo arquitectónico.

Uno de los momentos más logrados del recorrido se encuentra en la sala dedicada a los jardines. Los lienzos, distribuidos a diferentes alturas para evocar la disposición de los antiguos talleres de artistas, envuelven al visitante en una acumulación de vegetación, fuentes y rincones domésticos. El contraste entre la sobriedad de las nuevas galerías y la exuberancia de los cuadros produce un efecto particularmente sugerente: la arquitectura contemporánea parece retirarse para dejar que las pinceladas de Sorolla reconstruyan el jardín en el interior del edificio.
La exposición recupera también proyectos decorativos que nunca llegaron a materializarse, como los cinco lienzos alegóricos concebidos para la escalera principal de la vivienda. El itinerario concluye con fotografías de José Manuel Ballester, Fernando Maquieira y Jonás Bel que muestran las habitaciones vacías tras el cierre del museo en 2024. Desprovistas de muebles y obras de arte, estas estancias permiten observar una arquitectura que durante décadas había permanecido oculta bajo sus propios contenidos.
La apertura de la ampliación supone, por tanto, un avance importante, aunque la experiencia todavía resulte necesariamente incompleta. El nuevo edificio ofrece unas condiciones de exposición y conservación muy superiores a las anteriores, pero la singularidad del Museo Sorolla sigue residiendo en la posibilidad de recorrer los espacios donde el artista desarrolló su vida cotidiana. Su director, Enrique Varela Agüí, reconoce que todavía no puede comprometer una fecha para la reapertura de la casa histórica, cuya restauración requerirá años de intervenciones delicadas.
Una última solución arquitectónica resume esta situación provisional. La exposición toma como uno de sus hilos conductores Desde el ventanal del estudio (ca. 1914-1919), pintura que recuerda la gran abertura de aproximadamente cuatro metros de altura por tres de anchura que Sorolla hizo abrir en 1913 en su taller, orientada hacia el jardín de la vecina María Guerrero. El ventanal fue tapiado en 1930 y ya no puede recuperarse, pero su recuerdo articula buena parte del recorrido.
Al final de la visita, un nuevo cerramiento de cristal permite contemplar desde la ampliación parte de los estudios históricos, actualmente vacíos. Lo que hoy funciona como una ventana se convertirá, cuando terminen las obras, en una puerta que comunique ambos edificios. Hasta entonces, el museo permanecerá dividido entre la casa que fue y la que acaba de estrenar.

