Gafas violetas

El deseo en disputa: ‘Challengers’ y la reconfiguración del poder femenino en el deporte y el amor

La película de Luca Guadagnino, protagonizada por Zendaya, propone un triángulo donde la ambición, el cuerpo y la mirada femenina desplazan los códigos tradicionales del relato romántico

Desde su estreno, Challengers, la película dirigida por Luca Guadagnino y protagonizada por Zendaya, se ha consolidado como uno de los relatos más comentados del cine reciente por su forma de abordar el deseo, el poder y las relaciones afectivas. Ambientada en el mundo del tenis profesional, la historia sigue a Tashi Duncan, una prometedora jugadora cuya carrera se ve truncada por una lesión, y a los dos hombres que orbitan en torno a ella, Art y Patrick, rivales dentro y fuera de la pista.

Lejos de plantear un triángulo amoroso convencional, la película introduce una dinámica más compleja, en la que la competición deportiva funciona como extensión de una tensión emocional sostenida en el tiempo. La relación entre los tres personajes no se articula en términos de elección romántica clásica, sino como un juego de poder donde el deseo, la estrategia y la ambición se entrelazan constantemente.

El personaje de Tashi, interpretado por Zendaya, ocupa el centro narrativo desde una posición poco habitual en este tipo de relatos. No se trata de una figura pasiva ni de un objeto de disputa entre dos hombres, sino de un sujeto activo que interviene, decide y condiciona el desarrollo de los acontecimientos. Tras su retirada forzosa del tenis, Tashi reconduce su vínculo con el deporte a través del entrenamiento y la gestión de la carrera de Art, con quien mantiene una relación sentimental.

En ese desplazamiento —de jugadora a entrenadora— se produce una transformación del ejercicio del poder. Tashi ya no compite en la pista, pero sigue influyendo en el juego desde fuera, redefiniendo su papel sin abandonar el control sobre su entorno. Su relación con Patrick, el tercer vértice del triángulo, introduce además una dimensión emocional que no responde a una lógica lineal, sino a una acumulación de historias compartidas, deseos no resueltos y tensiones latentes.

La película evita presentar a sus personajes desde categorías morales cerradas. Ni Tashi es idealizada ni los personajes masculinos son construidos únicamente como antagonistas. En cambio, Challengers sitúa a los tres en un espacio de ambigüedad donde las decisiones responden tanto a impulsos emocionales como a estrategias personales. El tenis, en este contexto, deja de ser solo un deporte para convertirse en una metáfora del vínculo: cada partido es también una negociación de poder.

Desde el punto de vista formal, Guadagnino opta por una puesta en escena que subraya la fisicidad de los cuerpos y la tensión constante entre los personajes. La cámara se detiene en los gestos, en los silencios y en los desplazamientos, reforzando la idea de que el conflicto no se resuelve únicamente en el diálogo, sino en la manera en que los cuerpos ocupan el espacio y se relacionan entre sí.

Uno de los elementos más relevantes en la recepción de la película ha sido la forma en que reorganiza la mirada sobre el deseo. Tradicionalmente, el cine ha situado a los personajes femeninos como objetos de deseo observados desde una perspectiva masculina. En Challengers, esa lógica se desplaza parcialmente: Tashi no solo es observada, sino que también observa, dirige y condiciona la dinámica entre los otros dos personajes.

Este cambio no implica una inversión total de los roles, sino una reconfiguración más compleja en la que el deseo circula en múltiples direcciones. La película no propone una lectura cerrada sobre el poder femenino, pero sí abre un espacio donde este puede ejercerse de forma ambigua, contradictoria y, en ocasiones, incómoda.

El contexto deportivo refuerza esta lectura. El tenis, como disciplina individual, expone de manera explícita la relación entre esfuerzo, rendimiento y reconocimiento. Por eso la figura de Tashi introduce una reflexión sobre el lugar de las mujeres en entornos altamente competitivos, donde la excelencia suele estar atravesada por expectativas externas y limitaciones estructurales.

A lo largo del relato, la ambición aparece como un elemento central que no se presenta como atributo exclusivamente masculino. Tashi desea ganar, influir y mantenerse en el centro del juego, incluso cuando ya no puede competir directamente. Esa persistencia redefine su posición y cuestiona las narrativas tradicionales que asocian la ambición femenina con la renuncia o el castigo.

En conjunto, Challengers se sitúa en un punto intermedio entre el drama deportivo y el análisis de las relaciones contemporáneas. Su propuesta no reside tanto en ofrecer respuestas como en plantear preguntas sobre la manera en que se construyen el deseo, el poder y los vínculos en un contexto donde las reglas están en constante revisión.

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