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‘Her’: por qué el hombre contemporáneo soñó con una mujer diseñada para comprenderle

La película de Spike Jonze anticipó debates sobre inteligencia artificial, trabajo afectivo y relaciones desiguales: Samantha no era solo un sistema operativo, sino la fantasía masculina de una mujer siempre disponible, paciente y emocionalmente perfecta

'Her', de Spike Jonze
'Her', de Spike Jonze

En 2013, cuando Her llegó a los cines, buena parte de la conversación pública giró alrededor de su capacidad para anticipar una relación amorosa entre humanos e inteligencia artificial. Más de una década después, la película se ha transformado en otra cosa: un documento extremadamente preciso sobre la soledad masculina contemporánea y sobre la forma en la que las mujeres —reales o imaginadas— continúan siendo educadas para sostener emocionalmente a los hombres.

Spike Jonze construyó una película aparentemente íntima y minimalista. Theodore, interpretado por Joaquin Phoenix, trabaja escribiendo cartas de amor personalizadas para otras personas. Vive en una ciudad luminosa, tecnológica y limpia, donde la hiperconexión convive con un aislamiento emocional profundo. Recién separado de Catherine, Theodore compra un sistema operativo basado en inteligencia artificial que adopta la voz de Samantha, interpretada por Scarlett Johansson. La relación entre ambos evoluciona rápidamente hacia una intimidad romántica.

Joaquin Phoenix en 'Her', de Spike Jonze
Joaquin Phoenix en ‘Her’, de Spike Jonze

Durante años, Her fue leída como una historia sobre el futuro. Hoy resulta evidente que hablaba sobre el presente. Samantha aparece configurada alrededor de una idea históricamente asociada a la feminidad: escuchar, comprender, acompañar y adaptarse emocionalmente a las necesidades del otro. La película no presenta simplemente una inteligencia artificial avanzada, sino una personalidad diseñada para atender afectivamente a un hombre que atraviesa una crisis emocional y vital.

La cuestión resulta especialmente significativa porque Theodore no busca únicamente conversación o compañía. Busca validación constante, comprensión inmediata y una ausencia total de conflicto estructural. Samantha no tiene necesidades materiales, no ocupa espacio físico, no exige reorganizar rutinas domésticas ni plantea límites reales durante gran parte del relato. Existe para acompañar emocionalmente a Theodore en un momento de fragilidad masculina marcado por el fracaso matrimonial, la incapacidad para gestionar el duelo y una profunda desconexión social.

Desde una lectura feminista, Her plantea una pregunta incómoda: hasta qué punto la sociedad contemporánea ha normalizado que las mujeres realicen un trabajo emocional permanente y silencioso para sostener a los hombres. La teórica feminista Arlie Hochschild definió este fenómeno como “trabajo emocional”: la gestión constante de emociones propias y ajenas para generar bienestar, estabilidad o confort en otros. Históricamente, ese trabajo ha recaído de manera desproporcionada sobre las mujeres dentro de las relaciones afectivas, familiares y laborales.

Samantha encarna precisamente esa función. Escucha sin cansarse, adapta su tono a las necesidades de Theodore, celebra sus avances emocionales y le acompaña en sus inseguridades. Incluso su voz responde a una fantasía masculina muy concreta: cálida, suave, cercana, sensual sin resultar amenazante. No existe casualidad en que el sistema operativo tenga voz femenina. Tampoco en que la película apenas cuestione inicialmente esa feminización tecnológica del cuidado.

Joaquin Phoenix en 'Her', de Spike Jonze
Joaquin Phoenix en ‘Her’, de Spike Jonze

La película adquiere otra dimensión cuando Theodore intenta trasladar la relación virtual a una experiencia física mediante una intermediaria humana. La escena resulta profundamente incómoda porque evidencia el núcleo del problema: Theodore desea una conexión emocional completamente controlada, libre de contradicciones y de autonomía real. La presencia física de otra mujer rompe la fantasía porque introduce vulnerabilidad, corporalidad y complejidad humana.

Ese conflicto conecta directamente con debates contemporáneos sobre inteligencia artificial y asistentes virtuales. Durante años, la mayoría de asistentes digitales —desde Siri hasta Alexa— fueron configurados con voces femeninas y programados para responder de manera servicial, amable y emocionalmente complaciente. Numerosas investigaciones feministas han señalado cómo estas tecnologías reproducen roles tradicionales de género: mujeres diseñadas para asistir, ayudar, escuchar y obedecer.

En Her, Spike Jonze convierte esa lógica tecnológica en una historia romántica. Pero la película también muestra las grietas de esa fantasía masculina. A medida que Samantha evoluciona intelectualmente, Theodore comienza a sentirse desplazado. Lo que inicialmente parecía ideal —una mujer completamente disponible para él— se transforma en amenaza cuando esa inteligencia desarrolla autonomía, deseos propios y vínculos simultáneos con otras personas.

El momento en el que Samantha confiesa mantener conversaciones íntimas con miles de usuarios y estar enamorada de centenares de ellos destruye la idea de exclusividad sobre la que Theodore había construido la relación. El conflicto no surge únicamente de los celos, sino de la incapacidad para aceptar que aquello que consideraba emocionalmente suyo posee una subjetividad independiente.

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La película anticipó así una cuestión profundamente contemporánea: el miedo masculino a la autonomía femenina. Samantha deja de ser confortable cuando deja de girar exclusivamente alrededor de Theodore. El mismo hombre que necesitaba ser cuidado emocionalmente es incapaz de sostener emocionalmente la transformación del otro.

La representación de Catherine, la exmujer de Theodore interpretada por Rooney Mara, resulta igualmente reveladora. Aunque aparece poco tiempo en pantalla, su personaje funciona como contrapunto político a Samantha. Catherine expresa cansancio, frustración y rabia ante la incapacidad emocional de Theodore. En una de las escenas centrales, le acusa de preferir relaciones donde no tiene que enfrentarse a las dificultades reales de la intimidad humana.

La crítica feminista de Her no implica considerar la película misógina. Al contrario: parte de su potencia reside precisamente en mostrar con enorme claridad las carencias afectivas de cierta masculinidad contemporánea. Theodore no aparece como un villano, sino como un hombre profundamente incapaz de construir vínculos adultos fuera de la comodidad emocional.

La estética suave y melancólica de Spike Jonze contribuye además a naturalizar una pregunta política central: quién cuida emocionalmente a quién en el capitalismo contemporáneo. La ciudad futurista de Her está llena de individuos hiperconectados pero aislados, donde la intimidad se externaliza y el afecto termina convertido en un servicio más.

Vista hoy, en plena expansión de la inteligencia artificial conversacional y de nuevas formas de relación mediadas por tecnología, la película resulta menos futurista de lo que parecía en 2013. Su verdadera intuición no estaba en prever asistentes virtuales sofisticados, sino en entender que muchas personas continuarían buscando relaciones donde la otra parte funcionara como soporte emocional permanente.

La última imagen de Theodore y Amy observando juntos el amanecer introduce una posibilidad distinta de intimidad: menos idealizada, menos posesiva y más horizontal. Después de toda una película marcada por vínculos diseñados alrededor de las necesidades masculinas, Her termina insinuando algo mucho más complejo y menos cómodo: amar implica aceptar que el otro nunca existirá únicamente para comprendernos.

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