Hay ausencias sonadas. Y en la 79ª edición del Festival de Cannes, la ausencia más significativa de la alfombra roja del Festival Mediterráneo en la programación oficial serán las producciones de Hollywood. Por primera vez en diez años, ninguna gran producción de los estudios de Hollywood tendrá su estreno mundial en la Croisette. No estarán ni Disney, ni Warner Bros., ni Universal, ni Paramount, ni A24. La industria de Hollywood se muestra cada vez más cautelosa ante un ecosistema mediático que ya no controlan del todo.
Durante la última década, Cannes había logrado reconciliar dos tradiciones históricamente enfrentadas como son el cine de autor europeo y la maquinaria industrial estadounidense. La combinación era rentable para ambos. El festival exhibía glamour, estrellas y atención global; Hollywood obtenía legitimidad cultural, prestigio crítico y una plataforma internacional incomparable para lanzar películas de gran presupuesto. Top Gun: Maverick, Elvis, Indiana Jones o las últimas entregas de Misión imposible pasaron por Cannes como parte de una estrategia de promoción planetaria.

Este año, sin embargo, el vacío es evidente. Habrá películas estadounidenses en competición —The Man I Love, de Ira Sachs, o Paper Tiger, de James Gray—, pero pertenecen al circuito independiente. Lo que falta son los grandes estudios y sus apuestas multimillonarias. Thierry Frémaux, director artístico del certamen, intentó minimizar la cuestión al presentar la programación: “Estados Unidos estará presente; los estudios, menos”. La frase sonó a defensa preventiva.
La retirada el resultado de una transformación profunda en la relación entre Hollywood y los festivales internacionales. Durante décadas, estrenar en Cannes equivalía a una consagración simbólica. Hoy son una amenaza y un gasto innecesario para los estudios.
La lógica ha cambiado. En la era de las plataformas, de las campañas digitales segmentadas y de las redes sociales dominadas por algoritmos, Hollywood ha aprendido a controlar el relato alrededor de sus películas con una precisión casi quirúrgica. Influencers afines, medios dependientes con acceso privilegiado que hablan maravillas de las películas, campañas de marketing sincronizadas y estrategias de “control de daños” permiten administrar la conversación pública con una eficacia inédita. Cannes representa exactamente lo contrario: un espacio imprevisible donde las primeras reacciones quedan en manos de críticos profesionales poco sensibles a la maquinaria promocional de Los Ángeles.
El precedente que más se menciona en la industria es Indiana Jones y el dial del destino. Disney llevó la película a Cannes en 2023 con la esperanza de convertir el regreso de Harrison Ford en un acontecimiento mundial. El resultado fue una recepción tibia, incluso hostil en algunos medios, semanas antes del estreno comercial. El filme terminó recaudando 384 millones de dólares frente a un presupuesto cercano a los 300 millones, sin contar marketing. Dentro de la industria, muchos consideran hoy que aquel paso por Cannes fue un error estratégico.

También Joker: Folie à Deux, presentada en Venecia en 2024, sufrió una demolición crítica casi instantánea. En la era de las redes sociales, la velocidad con la que circula una mala reseña puede alterar por completo la percepción pública de una película meses antes de llegar a las salas. Por eso Hollywood prefiere entornos más controlados. Los grandes estudios ya no necesitan a Cannes para fabricar prestigio. Christopher Nolan jamás ha mostrado demasiado interés por el circuito festivalero. Steven Spielberg tampoco depende de la validación europea. Sus películas llegan al público respaldadas por campañas globales capaces de monopolizar la atención durante semanas sin necesidad de someterse al veredicto incierto de un jurado o de la prensa internacional.
La ecuación económica también pesa. Llevar una gran producción a Cannes supone gastos millonarios en desplazamientos, seguridad, hoteles y promoción. En un momento en que la industria estadounidense ajusta presupuestos tras la crisis provocada por la pandemia, las huelgas de guionistas y actores y la desaceleración del mercado audiovisual, muchos ejecutivos consideran que el coste ya no compensa el beneficio.
Además, el calendario tampoco ayuda. Las grandes películas del verano estadounidense se estrenan ahora demasiado lejos de mayo como para aprovechar Cannes como plataforma de lanzamiento inmediata. La Odisea, de Nolan, llegará a los cines en julio; Toy Story 5, en junio; Digger, la nueva película de Alejandro González Iñárritu con Tom Cruise, no aparecerá hasta octubre. El modelo solo funciona cuando el estreno comercial es inminente, como ocurrió con Top Gun: Maverick en 2022, presentada en Cannes apenas nueve días antes de su llegada a las salas.

Incluso A24, la productora independiente que mejor había sabido capitalizar el prestigio festivalero, parece haber cambiado de estrategia. La compañía no presenta ninguna película en Cannes este año. El relativo fracaso comercial de Eddington, de Ari Aster, pese a su estreno glamuroso en la Croisette, ha reforzado la idea de que los festivales ya no garantizan impulso comercial ni conversación positiva. En contraste, Marty Supreme, de Josh Safdie, evitó los grandes certámenes europeos y optó por un lanzamiento mucho más controlado en Nueva York, acompañado de una intensa campaña digital alrededor de Timothée Chalamet. El resultado fue uno de los mayores éxitos recientes de la compañía.
Durante años, Cannes fue acusado de convertirse en un escaparate para las grandes marcas estadounidenses y las plataformas de streaming. La ausencia de los estudios reequilibra ahora el centro de gravedad del festival hacia el cine de autor internacional, precisamente el terreno sobre el que construyó su prestigio histórico.
Este año serán cineastas como Pedro Almodóvar, Rodrigo Sorogoyen, Cristian Mungiu, Paweł Pawlikowski o Nicolas Winding Refn quienes ocupen el espacio que antes reservaban las superproducciones estadounidenses. Cannes no es solo una competición artística; también es un gigantesco mercado audiovisual donde se compran y venden proyectos, derechos de distribución y futuros paquetes de producción. Los ejecutivos estadounidenses seguirán viajando a la Costa Azul para cerrar negocios, aunque ya no lleven consigo las películas más esperadas del año.

En realidad, lo que está ocurriendo en Cannes refleja una transformación más amplia del ecosistema cultural contemporáneo. Hollywood ha descubierto que puede generar expectación global sin intermediarios críticos, apoyándose en campañas digitales perfectamente sincronizadas y en comunidades de fans movilizadas desde las redes sociales. Los festivales, en cambio, siguen funcionando bajo una lógica antigua de discusión crítica y posibilidad de fracaso. Pero el fracaso se ha vuelto demasiado caro.
Quizá por eso Cannes empieza a parecer de nuevo al festival que fue antes de que Hollywood desembarcara definitivamente en la Croisette. Ahora hay menos alfombra roja y más cine de autor; menos estrellas y más riesgo artístico. En una época dominada por algoritmos, la disonancia crítica es un riesgo impensable ante la actual fragilidad. La respuesta de Hollywood ante el miedo al fracaso es simple: cancelar Cannes.
