El lanzamiento de Sexistential de Robyn marca un regreso muy esperado en el pop contemporáneo, casi ocho años después de su último álbum de estudio. A sus cuarenta y seis años, la estrella sueca sigue siendo una figura singular en la industria: una artista que rehuyó el molde de “ídolo adolescente” de los noventa, dejando un vacío que la discográfica Jive acabaría llenando con Britney Spears. En su séptimo LP —noveno si contamos los dos miniálbumes de Body Talk—, Robyn entrega un estallido de treinta minutos de synth-pop vertiginoso que explora las realidades caóticas de la libido en la mediana edad, la maternidad en solitario y la naturaleza química del amor.
Este regreso llega tras el introspectivo Honey (2018), un disco marcado por el duelo y la pérdida personal. Si aquel trabajo era una odisea discotequera meditativa, Sexistential actúa como un rebote de vuelta hacia la fisicalidad y la euforia que definieron la era Body Talk. Pese a su larga ausencia, Robyn sigue siendo un modelo a seguir en el equilibrio entre el pop accesible y la digresión idiosincrática, influencia evidente en artistas como Lorde, Tove Lo o Charli XCX.

El título del álbum, un crece entre “sex” y “existential”, define bien su tono: juguetón, kitsch y potencialmente polarizante. En el centro está su reciente experiencia con la maternidad en solitario a través de la fecundación in vitro. Robyn ha descrito el proceso creativo como “una nave espacial que atraviesa la atmósfera a gran velocidad”, una imagen que impregna tanto las letras como la producción electrónica. No es casual que proclame: “Mi cuerpo es una nave espacial con los ovarios en hipervelocidad”.
El álbum se abre con “Really Real”, donde se lanza de lleno a una relación en tránsito. La producción, deliberadamente inestable, combina glitches, guitarras fracturadas y sintetizadores agresivos que evocan una ruptura emocional. Un teclado de resonancias moroderianas guía la canción hasta un colapso abrupto, interrumpido por un mensaje doméstico de su madre sugiréndole que se haga un té y se vaya a dormir. Este contraste entre épica electrónica y cotidianidad establece el tono del disco.
“Dopamine” es el single principal, funciona como eje conceptual. Aunque fue coescrito hace una década con Taio Cruz, el título no se siente fuera de lugar en el clima actual de adicción al teléfono móvil. Su sonido tampoco, lo que habla de la atemporalidad del catálogo de Robyn. Bajo su superficie electrohouse, la canción explora la atracción como un fenómeno químico y desbordado. Robyn se pregunta si el amor puede reducirse a la biología, solo para rendirse finalmente a la intensidad de la experiencia. Su voz, siempre expresiva, se despliega sobre una producción fría, generando una tensión efectiva entre emoción y artificio.
Uno de los momentos más interesantes es “Blow My Mind”, una canción que los fans de largo recorrido reconocerán: originalmente grabada en 2002 como una balada algo cursi pero efectiva, en su etapa preindependiente. Aquí, junto a sus colaboradores habituales Klas Åhlund y Alexander Kronlund, Robyn la reimagina por completo como una pieza vaporwave dedicada a su hijo. Robyn convierte el tema en una exploración del amor en sus distintas formas, sugiriendo que el vínculo maternal y el romántico comparten una raíz emocional. La producción, más bubblegum y con toques kawaii (incluidos samples en japonés), conecta tanto con el exceso lúdico de Body Talk como con esa sensibilidad pop heredera de Prince en 1999. Es uno de esos momentos en los que Robyn se permite ser rara sin perder el control.
“Sucker for Love”, recuperada de una colaboración antigua con Röyksopp, mantiene esa lógica de reciclaje creativo. Es un tema pop energético y directo, con sintetizadores que recuerdan a videojuegos y una estructura simple pero efectiva. La transición hacia “It Don’t Mean a Thing” introduce un contraste más sombrío: ahí Robyn vuelve a ese territorio donde ya jugó en “Fembot”, deshumanizando su voz hasta convertirla en un espectro robótico que intenta imponer una lógica fría sobre el caos emocional… sin éxito. Porque, como casi siempre en su discografía, la emoción termina abriéndose paso.
Por primera vez desde “Time Machine” en 2010, Robyn vuelve a aliarse con el arquitecto del pop Max Martin para un par de temas. Su colaboración, “Talk to Me”, es un himno al sexo telefónico diseñado con precisión quirúrgica, que canaliza la calentura del álbum en un idioma universal y sorprendentemente libre de vergüenza ajena —algo que no puede decirse del tema que le sigue—. Estrenada en enero junto a la propia “Sexistential”, se impone con claridad entre ambas: donde la otra se dispersa, esta acierta de pleno. Junto a “Dopamine”, funciona como uno de los grandes picos del disco, recuperando esa capacidad tan suya para convertir una idea potencialmente kitsch en algo elegante, físico y emocional a la vez. Es pegadiza, coreografiable —carne de TikTok—, pero también conecta con esa línea que va de “Be Mine!” a “Call Your Girlfriend”, donde el deseo y la vulnerabilidad se dan la mano sin ironía defensiva. Tiene todo lo que le pedimos a Robyn cuando está en modo imperial.
La canción que da título al disco, “Sexistential”, es también su inclusión más problemática. En un rap juguetón —y por momentos deliberadamente absurdo—, Robyn convierte en material lírico sus visitas a un médico de fertilidad, encadenando referencias a la fecundación in vitro, las apps de citas, el estrés postraumático o Etsy. Incluso se permite bromas como confesar que Adam Driver se la pone “dura”. La idea, inspirada en una reflexión de Andre 3000 sobre la dificultad de rapear sobre la vida adulta, es interesante sobre el papel, pero en la práctica roza lo paródico. Klas Åhlund, según se ha sabido, se oponía a su inclusión, y no cuesta entender por qué: más que desnudar el concepto del disco, lo trivializa. Su interpretación en The Late Show with Stephen Colbert, con una puesta en escena abiertamente cómica y un delivery cercano al spoken word, terminó de subrayar esa sensación de rareza difícil de calibrar, sobre todo para un público poco familiarizado con su universo. Puede que tenga defensores como gesto de libertad creativa sin filtros, pero dentro del conjunto del álbum funciona más como una nota disonante que como un riesgo verdaderamente revelador.
En la recta final, “Light Up” destaca como uno de los mejores cortes no promocionales. Con su producción fragmentada y juguetona, retoma la estética de nave espacial del disco y ofrece un respiro antes del cierre. “Into the Sun”, de nuevo con Max Martin, funciona como una power ballad electrónica que proyecta a Robyn hacia el futuro. El tema concluye con el sonido de un ordenador apagándose y un reloj avanzando.
En conjunto, Sexistential transmite una ligera sensación de déja vu. Por momentos, Robyn parece apoyarse en fórmulas conocidas o en su propio legado. Sin embargo, su capacidad para mantenerse vital, curiosa y emocionalmente honesta convierte el disco en una obra relevante. Puede que no haya aquí un himno generacional como “Dancing on My Own”, pero su exploración del deseo, el tiempo y la identidad sigue siendo profundamente convincente.
En última instancia, Sexistential es una colección vibrante de canciones sobre la libertad, el cuerpo y la transformación bajo luces estroboscópicas. Robyn aborda el paso del tiempo sin cinismo y sin renunciar a sus instintos más excéntricos, confirmándose como una de las voces más singulares del pop contemporáneo. Breve en duración, pero ambicioso en intención, el disco demuestra que sigue estando —creativa y emocionalmente— varios pasos por delante.
