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‘1984’: el teatro bajo vigilancia

El clásico de Orwell se representa en un montaje minimalista en la Sala Jardiel Poncela del teatro Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa, con un efectivo uso de la escenografía, los efectos visuales y sonoros y un reparto en plena forma, entre el que destaca un sádico pero contenido Javier Ruiz de Alegría

'1984': el teatro bajo vigilancia
'1984': el teatro bajo vigilancia
Montaje: kiloycuarto

En épocas en las que el mundo y sus habitantes parecen demasiado viles para ser soportados, existe una atracción casi magnética hacia cierto tipo de entretenimiento incómodo. Ese que no alivia, sino que insiste en la herida, como una lengua que vuelve una y otra vez sobre una muela infectada.

Si eso es lo que buscas —y no sería raro—, puede que encuentres placer en la reciente adaptación teatral  de 1984, de George Orwell, que estará en el Teatro Fernán Gómez hasta el 5 de abril.

Casi ochenta años después de su publicación, la obra maestra distópica de Orwell, que imagina un mundo en el que un estado totalitario ha criminalizado la libertad de pensamiento, sigue resultando inquietantemente vigente. Las preguntas que plantea sobre la resistencia y la condición humana no han perdido fuerza. Sin embargo, adaptar un relato cuyo imaginario forma ya parte del léxico cultural —la habitación 101, el Hermano Mayor— implica un riesgo evidente: el de trabajar con símbolos que el público cree conocer demasiado bien.

La novela, lectura habitual en centros de educación secundaria, presenta un mundo en el que la realidad es aquello que el poder decide que sea, una idea que hoy se interpreta como un anticipo de la era de las “fake news” y los “hechos alternativos”.

La propuesta dirigida por Carlos Martínez-Abarca, con adaptación junto a Javier Sánchez-Collado, puesta por una notable economía de medios que, lejos de empobrecerla, resalta los temas e ideas de la novela. El montaje se mantiene fiel al texto original, por lo que conviene advertir que esta reseña contiene elementos de la trama que podrían afectar a quienes no conozcan la historia.

David Lázaro encarna a Winston Smith, el burócrata del Ministerio de la Verdad cuyo espíritu rebelde despierta a través de una relación ilícita. Su interpretación transmite fragilidad, pero también una obstinación silenciosa. Winston es un héroe improbable: un hombre de mediana edad, de carácter apacible, atrapado como un engranaje más en la maquinaria de Oceanía. Su trabajo consiste en reescribir la historia para adaptarla a los intereses cambiantes del Partido, eliminando a los caídos en desgracia y modificando relatos de guerras y alianzas.

David Lázaro como Winston Smith en ‘1984’
Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa

Bajo esa apariencia anodina late, sin embargo, una conciencia crítica que percibe la violencia de un sistema donde incluso pensar puede ser un delito. La función reconstruye ese mundo gris y despojado —no muy distinto del Londres de posguerra que conoció Orwell— y acompaña a Winston en su progresiva disidencia junto a Julia.

Cristina Arranz interpreta a Julia con una presencia indómita, en una caracterización que recuerda a la de Suzanna Hamilton en la adaptación cinematográfica de Michael Radford. La relación entre ambos evoluciona de forma abrupta, algo que el propio montaje parece asumir, introduciendo ciertos matices de humor que contrastan con el tono general. Esta falta de gradación puede responder tanto a las limitaciones escénicas como al propio universo narrativo: en un entorno represivo, no resulta extraño que los personajes presenten carencias en su desarrollo afectivo. Aun así, entre ambos existe una efervescencia palpable que intensifica el impacto de su destino.

Cristina Arranz y David Lázaro en ‘1984’
Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa

El superior de Winston, O’Brien (Javier Ruiz de Alegría), merece una mención aparte. El actor transita con precisión entre la afabilidad y la crueldad, siempre desde una calma inquebrantable que hace su presencia aún más inquietante. Su personaje se mantiene en segundo plano durante la primera mitad, pero su peso en el desenlace se intuye desde el principio. Javier Bermejo, por su parte, asume múltiples papeles con gran versatilidad, diferenciándolos mediante pequeños gestos o variaciones en la dicción, subrayando así la idea de una sociedad donde los individuos resultan intercambiables.

La figura del Hermano Mayor atraviesa toda la función a través de pantallas y proyecciones que dominan el espacio escénico. La iluminación —también firmada por Ruiz de Alegría—, junto al diseño sonoro y visual, construye una atmósfera opresiva y sensorial sin recurrir a una banda sonora convencional. Destaca especialmente la recreación de la habitación 101, donde el miedo de Winston a las ratas se materializa mediante luz roja, efectos estroboscópicos y una perturbadora jaula.

Una escena de ‘1984’
Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa

A pesar de su austeridad, la puesta en escena logra transmitir con eficacia la sensación de un sistema empeñado en controlar la realidad y anular cualquier resistencia individual. Si en algunos pasajes intermedios el ritmo puede decaer ligeramente, la detención de Winston reactiva la tensión con contundencia. Las escenas de tortura resultan viscerales sin necesidad de mostrar violencia explícita: golpes, zarandeos y humillaciones que, en la cercanía de la sala, convierten al espectador en un voyeur incómodo.

Esa proximidad —con el público rodeando la acción— refuerza la dimensión moral de la propuesta, haciendo partícipe al espectador de una violencia que se ejerce también bajo su mirada. Lázaro destaca especialmente en este tramo, sosteniendo una exigencia física y emocional notable, mientras que la serenidad de O’Brien se erige como el elemento más perturbador de la función.

El éxito del montaje reside, en última instancia, en su capacidad para incomodar. La renuncia a elementos superfluos permite concentrarse en las ideas esenciales del texto. Se agradece, además, la ausencia de referencias explícitas a la actualidad, una decisión que evita caer en lecturas simplistas o panfletarias. La vigencia de los clásicos radica precisamente en su capacidad para dialogar con el presente sin necesidad de subrayados. El espectador sabrá encontrar, por sí mismo, los paralelismos.

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