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Maryam Madjidi y la adolescencia como campo de batalla en ‘La edad ridícula’

La escritora franco-iraní, ganadora del Goncourt a la primera novela, reconstruye en su nuevo libro el vértigo del ascenso social, la identidad migrante y el odio hacia una misma en la periferia de París, en una autoficción que convierte la memoria en un gesto político

Maryam Madjidi y la adolescencia como campo de batalla en 'La edad ridícula'
Maryam Madjidi y la adolescencia como campo de batalla en 'La edad ridícula'
Montaje: kiloycuarto

Hay novelas que cuentan una historia y otras que explican una época. La edad ridícula, de Maryam Madjidi, va más allá de contar una historia: explica una época. Al menos, en el momento presente. Tras el éxito de Marx y la muñeca, con la que ganó el Premio Goncourt a la primera novela en 2017, la autora vuelve a la materia autobiográfica para narrar su adolescencia en la periferia parisina y convertirla en algo más que un relato de formación. Lo que emerge es un libro sobre el exilio, el deseo de pertenecer, el ascensor social y la violencia invisible que supone crecer sintiéndose fuera de lugar.

Madjidi nació en Teherán y llegó a Francia siendo niña, hija de padres comunistas que abandonaron Irán tras la revolución. Su infancia ya estaba marcada por la ruptura con el origen, pero es en la adolescencia donde aparece el conflicto central que atraviesa La edad ridícula: la necesidad de dejar de ser quien una es para poder convertirse en alguien aceptable. La protagonista crece en Drancy, a las afueras de París, en un entorno donde la diferencia se percibe como una marca difícil de borrar. No quiere parecer persa, no quiere parecer extranjera, no quiere parecer pobre. Quiere ser como las chicas que ve en el centro de la ciudad, las que parecen moverse con naturalidad en un mundo al que ella siente que no pertenece.

Mujeres iraníes caminan frente a una valla publicitaria que muestra al líder supremo iraní Mojtaba Khamenei.
EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH

La novela reconstruye ese periodo entre los catorce y los dieciséis años con una mezcla de ironía, crudeza y lucidez. La narradora recuerda su propio autoodio, la obsesión por cambiar el cuerpo, el esfuerzo por disciplinarse para encajar en un modelo que siempre parece estar en otra parte. Se alisa el pelo hasta hacerse daño, intenta borrar el vello, copia gestos, acentos y formas de vestir. La vergüenza no es solo estética, sino social. La sensación de que hay un lugar al que se debería llegar, pero al que no se sabe cómo acceder.

Madjidi escribe estos recuerdos desde el presente, alternando la narración de la adolescente con fragmentos más reflexivos en los que aparece la voz de la autora adulta. Ese juego entre pasado y presente convierte el libro en algo más que una memoria personal. La escritora observa a la joven que fue y analiza el contexto que la empujaba a sentir que debía transformarse. La escuela, el barrio, la clase social, el origen familiar, todo forma parte de un sistema que promete movilidad, pero que no siempre la permite.

Uno de los temas más potentes del libro es precisamente el ascensor social. La protagonista cree que estudiar, leer y esforzarse será suficiente para escapar de la periferia. Pasa horas en la biblioteca, devora libros, se aferra a la idea de que la educación puede abrir todas las puertas. Durante un tiempo parece funcionar. Descubre a Simone de Beauvoir, encuentra en la literatura una forma de resistencia, se convence de que puede construir una vida distinta. Pero esa ilusión se quiebra cuando comprende que el origen pesa más de lo que le habían prometido. Ser la mejor alumna no siempre basta para cambiar de lugar.

La edad ridícula, de Maryam Madjidi
La edad ridícula, de Maryam Madjidi

La novela muestra con claridad ese momento en el que el ascenso deja de parecer una liberación y empieza a sentirse como una traición. La protagonista no encaja del todo en el mundo del que viene, pero tampoco en el al que intenta llegar. El resultado es una identidad fragmentada, suspendida entre dos lugares que no terminan de reconocerla. Madjidi lo expresa con una imagen contundente: el ascensor social no solo da vértigo, también provoca náuseas.

En ese sentido, La edad ridícula dialoga con una tradición de escritoras que han convertido la memoria personal en una forma de analizar la sociedad. Como Natalia Ginzburg o Tsitsi Dangarembga, Madjidi parte de lo íntimo para hablar de estructuras más amplias: la clase, el exilio, la educación, la pertenencia. La diferencia es que aquí la historia se sitúa en la Europa contemporánea, en un espacio donde la promesa de igualdad convive con fronteras invisibles que siguen marcando quién puede llegar y quién no.

El libro también es una reflexión sobre la identidad migrante en segunda generación, esa que ya no pertenece al país de origen pero tampoco se siente completamente aceptada en el de llegada. La protagonista no quiere elegir entre ser persa o francesa, pero tampoco quiere quedar atrapada en una etiqueta que la defina para siempre. Esa tensión recorre toda la novela y la convierte en algo más complejo que un simple relato autobiográfico.

Madjidi escribe con un tono que mezcla humor y melancolía, evitando el dramatismo excesivo. La mirada sobre la adolescencia es dura, pero también irónica. La autora no se presenta como víctima, sino como alguien que observa con distancia a la joven que fue, consciente de sus contradicciones y de sus errores. Esa honestidad es lo que da fuerza al libro.

Al final, La edad ridícula no ofrece una reconciliación fácil. La protagonista no encuentra un lugar perfecto ni una identidad definitiva. Lo que descubre es algo más incómodo: que la vida no siempre permite elegir de dónde se viene ni hasta dónde se llega. Maryam Madjidi vuelve así a la memoria para convertirla en un gesto político, y lo consigue.

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