Hay novelas sobre violencia machista que se leen con los puños cerrados, que despiertan sentimientos fuertes y difíciles de gestionar; un claro ejemplo es La noche en el corazón. Nathacha Appanah arranca la historia, basada en hechos reales, en el momento en que todo parecía amor. La escritora mauriciana, que vive en Francia desde 1998, entrelaza tres vidas: la de Emma, prima suya, atropellada por su marido en la isla Mauricio; la de Chahinez Daoud, de treinta y un años, a quien su marido disparó en las piernas para que no pudiera huir antes de prenderle fuego en Mérignac, cerca de Burdeos; y la suya propia, la de la única superviviente, que a los diecisiete años cayó en manos de un poeta y periodista mucho mayor que la encandiló hablándole de literatura.
Lo que cuenta esta novela sobre el feminicidio y el control coercitivo tiene muy poco que ver con las crónicas de sucesos; Appanah insiste en que esos tres hombres fueron queridos por sus padres, que no vienen de una familia desestructurada y que muchas historias de violencia machista parten de un contexto de ternura y conquista suave, como ese brazalete que se va estrechando tan despacio que una no se da cuenta de que le aprieta hasta que ya le está dejando una marca. Hay una característica importante en este libro, que es también una reivindicación: los nombres de ellos no aparecen, solo los de ellas. La autora quería que quien lea la novela piense en ellas todo el tiempo y que la culpa, ese sentimiento tan cruel que las víctimas cargan por haber amado a quien las dañaba, cambiara de dirección, algo que ya hizo Gisèle Pelicot al exponer a todos esos hombres que habían abusado de ella sin sentir ninguna vergüenza por ello o cuando Vanessa Springora contó en El consentimiento cómo se disfraza de amor una relación de poder. Appanah se suma a esta genealogía de mujeres que dicen basta a sentir vergüenza, además del maltrato. Sin embargo, esto es mucho más fácil de escribir que de formalizar. No se trata solo de la vergüenza del hecho en sí mismo, sino del escrutinio público al que cualquier mujer que expone un hecho semejante se somete, algo de lo que habla Ana Marcos en su ensayo A mí no me ha pasado nada. Nathacha Appanah tuvo ciertas reticencias a hablar de esto en primera persona y pensó en inventarse un personaje, guardó su historia en un cajón y estuvo, según confiesa, muy enfadada con la chica que fue.
Es complicado adentrarse en el dolor que supone que alguien haya aprovechado uno de tus lugares seguros para abusar de tu confianza, para luego someterte a una relación de control. Natacha nos cuenta que “fue la literatura la que me hizo caer en la seducción de aquel hombre, y es también por la literatura por lo que me expreso. Pero la literatura existía en mi vida antes que él; no fue él quien me la dio a conocer. Me hizo creer ciertas cosas sobre ella, pero yo era una chica joven a la que le gustaba leer y escribir, y escribo desde los 13 o 14 años. Cuando salí de ese coche y volví a casa de mis padres me reencontré con la literatura, y para mí fue retomar el control de mi vida y mis sueños justo donde los había dejado. En eso creo que honro a la joven que fui”.

La historia de Natacha se entrelaza con la de Emma y la de Chahinez Daoud, que, lamentablemente, no llegaron a contarla. Le preguntamos a la autora por la responsabilidad que pudo sentir al investigar y narrar las muertes de otras mujeres mientras veía el camino del que ella había podido huir. “Pedí permiso a los padres y a los hijos, e intenté adoptar una actitud pudorosa, como lo fueron ellas, sin ser intrusiva; nunca utilicé un material con el que no estuvieran cómodos”, nos cuenta. “Por otro lado, creo que lo que he hecho, y es una autorización moral, ética, intelectual, más allá del tiempo y de la muerte, es aceptar hablar de mi propia historia en primera persona. Soy autora de ficción, y hablar en primera persona de algo tan íntimo y doloroso no estaba entre mis proyectos, pero para estar al mismo nivel que Chahinez Daoud y que Emma encontré este medio, una especie de autorización poética. Hay muchas cosas que, por instinto, por sororidad, por afecto, he elegido no contar. Lo he hecho lo mejor posible, pero ellas tendrían que haber estado aquí para decirme si conté exactamente lo que hubieran querido que contase de su vida”, concluye.
La combinación ensayo, testimonio y reportaje no eran la primera intención de la autora cuando empezó a contar la historia, admite que se dio cuenta sobre la marcha de que, para decirlo todo, necesitaba distintos tipos de escritura. “al principio lo que quería era poner a prueba el lenguaje para hablar de la condición humana; me preguntaba si existiría un lenguaje lo bastante preciso y evocador para decir cosas tan indecibles como matar a tu mujer en plena calle, o castigarla hasta desfigurarla, de modo que esa mutilación se prolongue más allá de la muerte.” En los momentos más precisos hacía falta una escritura clínica, capaz de nombrar cada palabra y cada lugar con exactitud; pero para contar cómo sintieron las madres que sus hijas corrían peligro solo se le aparecía la escritura de la ficción, la del realismo, la de los árboles y los rastros que los seres humanos dejan en las calles, una escritura poética que era la única posible.
El libro deja claro que el amor intenso y el control se parecen mucho más de lo que muchas queremos admitir, y entendiendo que el proceso de escritura, cuando se está relatando un suceso trágico vivido en primera persona, tiene que ser especialmente complejo, le preguntamos a la autora si hubo alguna escena que le costase especialmente escribir porque al releerla todavía le seguía sonando a amor, a pesar de que ella sabía que en realidad estaba muy lejos de serlo; nos cuenta que le ocurrió en el momento en el que vive una violencia por primera vez, “me costaba encontrar las palabras exactas y cambiaban constantemente. La luz pasaba del amarillo al rojo; era una cuestión de matiz y de complejidad. Creo que escribiendo esa escena entendí la manipulación que se puso en marcha, y hasta qué punto estas historias de dominio, de sometimiento y de amor intenso tienen un vínculo con el cuerpo, con la posesión y el control del cuerpo”, nos cuenta.
Para todas esas mujeres que cierren La noche en el corazón y se queden con ganas de seguir tirando del hilo, la autora recomienda seguir con un libro al que hace referencia en el suyo propio, En la casa de los sueños, de Carmen María Machado, “porque explora justo esa palabra que yo uso en francés, emprise, que es el sometimiento, la dominación. Es una violencia insidiosa al principio, porque a veces no nos damos cuenta y nos preguntamos si era violencia o un accidente. No lo sabemos”.

