A las puertas de un estadio donde decenas de miles de adolescentes hacen cola para un concierto de Taylor Swift, un antiguo icono punk de mediana edad vende chapas hechas a mano y pequeñas cantidades de droga. Su nombre es Segismundo Tóxico. En su día fue el feroz líder de Verborrea, un grupo underground ficticio surgido en los años ochenta. Ahora vive refugiado en una casa destartalada de la Sierra Norte de Madrid mientras sus familiares conspiran para echarlo y convertir la propiedad en un alojamiento turístico. Segis, sin embargo, no piensa marcharse salvo que sea con los pies por delante.
Ese choque entre la rabia contracultural y la mercantilización del presente sirve como punto de partida para Verborrea, la nueva obra escrita y dirigida por Pablo Remón. El montaje se estrenará en Nave 10 Matadero en un momento especialmente dulce para Javier Cámara, recién galardonado con la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián, y se perfila como una de las citas teatrales destacadas del otoño madrileño.
Producida en colaboración con Nave 10 Matadero y Buxman Producciones, Verborrea podrá verse en la sala Max Aub del 1 de octubre al 18 de noviembre. El montaje reúne a Remón con Javier Cámara, Israel Elejalde, Marta Nieto y Emilio Tomé, casi tres años después de su celebrada colaboración en Vania x Vania.
Más que construir una crónica convencional del rock, Remón organiza la obra como una antigua cinta de casete: Cara A y Cara B. La historia adopta por momentos la forma de un documental oral, construida a partir de monólogos que se cruzan y recuerdos que se contradicen.
En la Cara A, Javier Cámara interpreta a Kike, el hermano mayor y antiguo mánager del grupo. Es él quien ofrece al público una primera versión de la historia de Verborrea y recuerda la infancia de Segis, un niño que parecía rebelarse contra cualquier figura de autoridad que se cruzara en su camino.
La Cara B da la vuelta a la cinta para adentrarse en el turbulento ascenso del grupo y su inevitable desintegración. Israel Elejalde encarna a Segis, el cantante autodestructivo convertido con el tiempo en una figura de culto. Marta Nieto interpreta a Lola Metralla, bajista y único miembro femenino de la banda, cuya mirada afectuosa sostiene buena parte de la segunda mitad. Emilio Tomé asume, por su parte, dos personajes: Johnny Casetes, antiguo batería del grupo y amigo de la infancia, y Teodoro, el padre autoritario cuya sombra atraviesa el pasado familiar.

La verdad en Verborrea nunca termina de fijarse. Cada personaje recuerda el pasado desde su propia perspectiva y las versiones llegan a contradecirse incluso en detalles tan elementales como la manera en que el grupo consiguió su primera guitarra. La puesta en escena parte de una marcada sencillez formal: los cuatro actores permanecen sobre el escenario y la palabra y el sonido se encargan de construir buena parte de los espacios en la imaginación del espectador. La escenografía corre a cargo de Monica Boromello; la iluminación, de David Picazo; el vestuario, de Ana López Cobos; y el espacio sonoro, de Sandra Vicente.
Bajo su apariencia de relato rockero, Verborrea se adentra también en las cicatrices políticas y familiares de la historia española reciente. Kike y Segis crecieron en el Valle de Cuelgamuros, durante décadas conocido como Valle de los Caídos, bajo la autoridad de un padre funcionario vinculado al franquismo. La rebelión punk de Segis nace, en buena medida, como respuesta a ese entorno familiar y político.
Al situar la historia de una banda punk bajo la sombra geográfica y simbólica del franquismo, Remón observa cómo los relatos familiares se heredan, se combaten y, en ocasiones, se repiten de manera involuntaria. La obra se pregunta qué sucede cuando la rebeldía adolescente acaba convertida en decepción adulta y cuánto sobrevive de unos ideales concebidos para romper precisamente con el mundo heredado.
En última instancia, Verborrea funciona como una tragicomedia sobre la edad, la memoria y la supervivencia en los márgenes. Sus personajes pertenecen a una generación que creció esperando un futuro muy distinto y termina encontrándose con un presente de goteras, antecedentes, casas amenazadas por la especulación y canciones que casi nadie recuerda.
Cuando ya no es posible convertirse en el héroe que uno imaginó ser, queda la posibilidad de redefinir qué significa resistir. A veces quizá consista simplemente en seguir haciendo ruido y aceptar la historia que realmente ocurrió. Verborrea mira con humor y melancolía las ruinas de la contracultura y se pregunta qué queda de una rebelión cuando quienes la protagonizaron también han envejecido.

