“Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos”. La frase aparece en el capítulo 21 de Rayuela y concentra una de las grandes intuiciones literarias de Julio Cortázar: cuando una experiencia desaparece, la memoria intenta reconstruirla mediante palabras, imágenes, rostros y olores.
No es una declaración personal pronunciada por el escritor en una entrevista. Pertenece al pensamiento de Horacio Oliveira, el protagonista de la novela, mientras camina por París y vuelve mentalmente hacia la Maga. El presente continúa avanzando, pero él permanece atrapado en aquello que ya ha perdido.
Recordar se convierte entonces en una manera de traducir los sentimientos. La emoción original ya no está delante de nosotros, pero deja un vocabulario compuesto por momentos, lugares y pequeñas sensaciones que regresan sin ser convocadas.
La memoria como un idioma privado
Cortázar no define el recuerdo como una fotografía exacta del pasado. Lo presenta como un idioma, es decir, como un sistema mediante el que interpretamos aquello que sentimos y tratamos de darle una forma comprensible.
Las palabras de ese lenguaje no son únicamente nombres o fechas. También son caras, días, perfumes, canciones y habitaciones. Elementos aparentemente insignificantes pueden reaparecer años después y devolver una emoción que parecía completamente extinguida.
Un olor puede transportar a una casa que ya no existe. Una calle puede recuperar durante unos segundos la presencia de quien la recorrió con nosotros. Una frase escuchada al azar puede abrir de nuevo una conversación que creíamos olvidada.
El recuerdo no reproduce el pasado: lo conjuga. Como sucede con los verbos y los adjetivos, modifica los hechos, les atribuye cualidades y los adapta a la persona en la que nos hemos convertido.
Sentir menos y recordar más
La primera parte de la frase contiene una tristeza difícil de evitar. Horacio imagina un futuro en el que la emoción irá debilitándose mientras aumenta la cantidad de recuerdos.
En el presente todavía existe el dolor vivo de la ausencia. Con el tiempo, ese sentimiento perderá intensidad, pero será sustituido por una acumulación de escenas. La persona recordada dejará de ocupar la vida cotidiana y empezará a existir en episodios aislados.
La memoria parece proteger aquello que el tiempo desgasta. Sin embargo, también certifica que algo ha terminado. Solo recordamos de esa forma lo que ya no podemos tocar o recuperar plenamente.
Cuanto más amplio se vuelve el archivo del pasado, más evidente resulta la distancia que nos separa de él. Los recuerdos conservan una experiencia y, al mismo tiempo, demuestran que ya no estamos dentro de ella.
Horacio Oliveira habla con la Maga ausente
En el capítulo 21, Horacio camina por París y desarrolla una reflexión llena de asociaciones, referencias culturales y pensamientos fragmentarios. Aparentemente se dirige al escritor y artista francés René Crevel, pero reconoce que en realidad está hablando con la Maga.
Ese desplazamiento explica el tono del pasaje. Oliveira no mantiene una conversación ordenada, sino un diálogo con alguien que no está presente. Las palabras sirven para llenar una ausencia, aunque nunca consiguen eliminarla.
La Maga representa para él una forma intuitiva de relacionarse con el mundo. Horacio, en cambio, analiza cada experiencia hasta separarse de ella. Quiere comprender lo que siente, pero el exceso de pensamiento termina alejándolo de sus emociones.
Cortázar muestra así la paradoja de un hombre capaz de explicar el amor con brillantez y, al mismo tiempo, incapaz de vivirlo sin destruirlo.
La cara que mira constantemente hacia atrás
La reflexión avanza hasta la imagen de Jano, el dios romano representado con dos rostros: uno dirigido hacia el pasado y otro hacia el futuro. Para Cortázar, cualquiera puede acabar convertido en esa figura cuando la memoria ocupa demasiado espacio.
El problema aparece cuando la cara que mira hacia atrás abre cada vez más los ojos y la verdadera identidad comienza a borrarse. La persona deja de vivir directamente y pasa a contemplarse mediante experiencias anteriores.
Los recuerdos pueden entristecer, pero también aleccionar. Nos enseñan a reconocer errores, pérdidas y decisiones. Sin embargo, existe el riesgo de que el presente sea interpretado únicamente como una repetición o consecuencia de lo que ya sucedió.
Quien vive solamente a través de la memoria termina convirtiéndose en espectador de sí mismo. El pasado deja de acompañarlo y empieza a sustituirlo.
Rayuela y la imposibilidad de ordenar la vida
Publicada en 1963, Rayuela propone distintas formas de lectura y permite avanzar por sus capítulos siguiendo un orden convencional o el tablero diseñado por el autor.
Esa estructura no es un simple juego formal. Refleja la dificultad de organizar una vida mediante una narración única. La memoria tampoco respeta una secuencia lineal: salta entre tiempos, conecta escenas alejadas y altera continuamente el sentido de lo ocurrido.
Recordar se parece a leer Rayuela. Cada persona vuelve a determinados capítulos, omite otros y encuentra nuevas relaciones entre experiencias que antes parecían independientes.
Julio Cortázar obliga al lector a participar en la construcción del significado, del mismo modo que cada individuo participa, consciente o inconscientemente, en la reconstrucción de su propio pasado.
El recuerdo nunca devuelve exactamente lo perdido
La frase resulta tan poderosa porque evita presentar la memoria como un refugio completamente seguro. Los recuerdos se degradan, se mezclan y se modifican cada vez que volvemos a ellos.
Como ocurre con una fotografía antigua, algunos detalles desaparecen poco a poco. En ocasiones, la versión recordada acaba teniendo más fuerza que la experiencia original. Ya no sabemos si añoramos realmente a una persona o la imagen que hemos construido después de perderla.
El idioma de los sentimientos tampoco dispone de traducciones perfectas. Hay emociones que cambian al ser narradas y ausencias que ninguna palabra consigue definir por completo.
El recuerdo conserva lo vivido, pero también lo transforma para que podamos seguir viviendo con ello.
Una frase sobre el amor, el tiempo y la identidad
Más de seis décadas después de la publicación de Rayuela, la reflexión de Julio Cortázar continúa siendo reconocible porque describe el modo en que el tiempo altera los afectos.
Al principio sentimos con una intensidad que parece ocuparlo todo. Después llegan las imágenes, las anécdotas y las frases repetidas. La emoción se convierte lentamente en relato.
Quizá recordar sea precisamente eso: aprender a hablar de aquello que ya no puede responder. Construir un idioma con los restos de una experiencia para evitar que desaparezca del todo.
“Cada vez iré sintiendo menos y recordando más” no significa necesariamente olvidar. Significa aceptar que el sentimiento cambia de forma y que, llegado cierto momento, amar a alguien también puede consistir en intentar pronunciar correctamente el idioma de su ausencia.

