Hay momentos en los que seguir adelante exige reconocer que algo ha terminado. Una relación, un proyecto, una etapa de nuestra vida o incluso una idea sobre quiénes somos. Aceptar esa derrota puede parecer el último paso antes de rendirse, pero para Julio Cortázar suponía precisamente lo contrario: la posibilidad de comenzar otra vez. Una reflexión que el escritor argentino dejó escrita en una de las novelas más importantes de la literatura del siglo XX.
«Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido». Estas palabras de Julio Cortázar, extraídas de Rayuela, publicada en 1963, encierran una aparente contradicción. ¿Cómo puede no estar nada perdido cuando acabamos de admitir que lo hemos perdido todo? La respuesta tiene que ver con nuestra capacidad para abandonar aquello que ya no funciona y encontrar el valor necesario para cambiar de dirección.
La frase, que suele circular abreviada, pertenece al capítulo 71 de la novela. En su formulación original, Cortázar introduce dos elementos fundamentales: la expresión «por fin», que subraya la dificultad de aceptar una derrota, y la necesidad de empezar de nuevo. No habla, por tanto, de resignación, sino de reconocer una realidad incómoda para dejar de permanecer atrapados en ella.
Qué quiso decir Julio Cortázar cuando escribió que nada está perdido
Para comprender esta reflexión de Julio Cortázar, conviene regresar al contexto en el que aparece. El capítulo 71 forma parte de los llamados «capítulos prescindibles» de Rayuela, una sección que permite ampliar la experiencia de lectura y adentrarse en las preocupaciones filosóficas y literarias de la obra.
En ese pasaje, el narrador plantea una cuestión que atraviesa buena parte del universo cortazariano: nuestra tendencia a repetir comportamientos, aceptar las circunstancias como inevitables y buscar respuestas dentro de unos límites que quizá deberíamos cuestionar.
Para explicarlo, Julio Cortázar recurre a una historia sobre unos trabajadores que excavan un túnel. Cuando descubren que avanzan en una dirección equivocada y que no conseguirán encontrarse con quienes trabajan desde el otro extremo, deciden abandonar el recorrido inicial y comenzar una nueva excavación.
La imagen tiene una dimensión especialmente significativa. Los trabajadores ya han invertido tiempo y esfuerzo, pero continuar únicamente porque han avanzado demasiado supondría insistir en un error. La salida consiste en reconocerlo y modificar el rumbo, aunque eso implique renunciar a buena parte del trabajo realizado.
Es precisamente ahí donde la reflexión adquiere una fuerza que trasciende su contexto literario. Persistir no siempre significa avanzar. A veces, la verdadera determinación consiste en abandonar un camino que ya no conduce a ninguna parte.
Esta interpretación, sin embargo, no debe reducirse a un simple mensaje de superación personal. En Rayuela, Cortázar cuestiona las convenciones, las formas establecidas de entender la realidad y la dificultad de imaginar una existencia distinta. Su reflexión sobre empezar de nuevo también es una invitación a revisar nuestras certezas.
La enseñanza de ‘Rayuela’ que sigue vigente más de sesenta años después

Publicada en 1963, Rayuela transformó la narrativa en español al proponer una estructura que permitía recorrer la novela siguiendo distintos órdenes de lectura. El lector podía participar activamente en la construcción del relato, una propuesta que convirtió a Julio Cortázar en una de las figuras esenciales de la renovación literaria latinoamericana.
El escritor, nacido en Bruselas en 1914 y fallecido en París en 1984, desarrolló una trayectoria marcada por la experimentación. Sus cuentos, novelas y textos inclasificables exploraron los límites entre lo cotidiano y lo extraordinario, pero también las contradicciones de quienes intentan encontrar sentido a su existencia.
En ese universo, comenzar de nuevo no equivale necesariamente a recuperar lo que hemos perdido. Puede significar aceptar que determinadas expectativas eran imposibles, que algunas decisiones fueron equivocadas o que la vida que imaginábamos necesita transformarse.
La diferencia resulta esencial. Reconocer un fracaso no garantiza que todo vaya a mejorar, pero permite dejar de dedicar nuestros esfuerzos a sostener algo que quizá ya no tiene solución. Frente a la obstinación, aparece la posibilidad de elegir otro camino.
Más de seis décadas después de la publicación de Rayuela, la reflexión de Julio Cortázar conserva su capacidad para interpelar al lector. No porque ofrezca una respuesta sencilla a los problemas de la vida, sino porque plantea una pregunta difícil: ¿cuántas veces seguimos excavando un túnel cuando sabemos que nunca llegará a su destino?
Quizá el verdadero sentido de aquellas palabras se encuentre precisamente en esa pregunta. No todo puede recuperarse, pero siempre cabe reconsiderar lo que hacemos a continuación. Y, en ocasiones, aceptar que un camino se ha terminado es la única manera de descubrir que todavía quedan otros por recorrer.

