Cuando el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza abra sus puertas a una exposición monográfica dedicada a Kenny Scharf, no solo recuperará la trayectoria de una figura fundamental del arte neoyorquino de los años ochenta, sino también uno de los capítulos más reconocibles de la cultura visual de aquella década. Instalada en las Salas Postpop del museo como parte del programa dedicado a la Colección Blanca y Borja Thyssen-Bornemisza, la muestra reúne 25 obras del artista nacido en Los Ángeles.
El preludio de la exposición llegó con el estreno en España de Kenny Scharf: When Worlds Collide, un largometraje documental dirigido por la hija del artista, Malia Scharf, junto a Max Basch. Rodada a lo largo de once años, la película utiliza material de archivo inédito para reconstruir el Manhattan contracultural de finales de los setenta y los ochenta: conciertos en CBGB, intervenciones callejeras y discotecas convertidas en espacios de experimentación artística. El documental permite entender cómo un joven pintor llegado de California terminó integrándose en una escena que borró deliberadamente las fronteras entre las galerías, la calle, la música y la cultura popular.
Nacido en Los Ángeles en 1958, Kenny Scharf llegó a Nueva York en 1978 para estudiar en la School of Visual Arts. Allí trabó amistad con Keith Haring y Jean-Michel Basquiat y entró en contacto con un ambiente artístico en el que también orbitaba Andy Warhol. Aquella generación cuestionó las jerarquías que separaban las bellas artes de la cultura de masas.
Mientras Basquiat desarrollaba un lenguaje gestual y cargado de referencias históricas y Haring poblaba el metro neoyorquino con sus figuras de trazo blanco, Scharf construyó un vocabulario exuberante y deliberadamente lúdico que acabaría definiendo como «surrealismo pop». Criado entre la televisión de los sábados por la mañana, la arquitectura Googie y el imaginario optimista de la era espacial, incorporó a la pintura la energía frenética de Hanna-Barbera, Los Picapiedra y Los Supersónicos.
Su idea era también profundamente democrática: el arte debía pertenecer a todo el mundo, no quedar restringido al circuito de galerías y coleccionistas. En el Club 57 —el sótano del East Village donde coincidió con Haring y otros artistas— y en la Fun Gallery de Patti Astor, Scharf convirtió objetos encontrados en la calle en piezas de su propio universo. Intervino contestadores automáticos, creó una aspiradora a la que bautizó como «Cheeki», decoró teléfonos del Palladium y pintó automóviles.

En 1981 construyó, dentro de un pequeño armario cerca de Times Square, la primera de sus Cosmic Caverns: espacios inmersivos realizados con objetos desechados, pintura fluorescente y luz negra que funcionaban simultáneamente como instalación y lugar de encuentro.
Cuando presentó When the Worlds Collide en la Bienal del Whitney de 1985, Scharf ya se había convertido en una de las figuras reconocibles de aquella escena.
Pero leer su obra únicamente desde la nostalgia por la cultura nocturna de los ochenta supone ignorar una de sus preocupaciones constantes. Bajo los colores Day-Glo y los personajes antropomórficos aparecen desde hace décadas el miedo nuclear, la fragilidad humana y la destrucción medioambiental.
Comisariada por Guillermo Solana, la exposición del Thyssen presta especial atención a esa vertiente ecológica de su producción. Scharf creció en el Valle de San Fernando durante los años sesenta, antes de que se implantaran controles estrictos sobre la contaminación atmosférica. «Había días en que apenas podía abrir los ojos y me dolían los pulmones», ha recordado. Aquella experiencia alimentó una conciencia medioambiental que se intensificó cuando se casó con la artista brasileña Tereza Gonçalves en 1983 y comenzó a pasar largas temporadas en Brasil, donde fue testigo de la deforestación amazónica.

En lugar de organizar su trayectoria cronológicamente, la exposición se articula en torno a cuatro grandes temas:
- Paisajes. Grandes composiciones sin horizontes convencionales en las que Scharf utiliza acrílico diluido, pintura en espray y óleo para construir ecosistemas que oscilan entre la exuberancia natural y la amenaza de la destrucción. La Amazonia y los incendios de California aparecen como referencias recurrentes.
- El árbol como chamán. Lienzos de gran formato en los que los árboles adquieren una presencia casi espiritual y funcionan como mediadores entre la tierra y el cosmos. En el universo de Scharf, la naturaleza no constituye un mero decorado, sino un organismo dotado de identidad propia.
- Visiones cósmicas. Motivos circulares y paisajes celestes vinculados a la fascinación infantil del artista por la carrera espacial y la llegada del ser humano a la Luna. Frente a las actuales fantasías de colonización extraterrestre, Scharf insiste en mirar hacia la Tierra: «No quiero vivir en Marte. Este es un gran planeta; intentemos conservarlo».
- Un coro de voces. Aquí aparecen sus conocidos «Blobz» y «Moodz», personajes de rostros deformables y emociones exageradas que, vistos hoy, parecen anticipar algunos códigos expresivos de los emojis. Humanos, animales, plantas y objetos conviven en composiciones saturadas que presentan el planeta como un ecosistema compartido.
Jean-Michel Basquiat y Keith Haring murieron jóvenes a finales de los ochenta. Scharf, en cambio, continuó desarrollando durante las décadas siguientes aquel lenguaje nacido entre galerías, clubes y calles de Nueva York. Sus murales públicos han aparecido en distintas ciudades del mundo y su obra forma parte de colecciones como las del MoMA, el Guggenheim, el Whitney Museum y el Stedelijk Museum.
Más de cuarenta años después de aquella explosión creativa, su llegada al Thyssen permite comprobar hasta qué punto la alegría visual de Scharf nunca ha sido incompatible con una mirada inquieta sobre el presente. «A veces quiero advertir de que hay belleza, pero está jodida. Y otras veces solo quiero decir: necesito alegría ahora mismo. Entonces decido celebrar».
Esa tensión entre celebración y amenaza atraviesa toda su obra. Los colores fluorescentes, los personajes sonrientes y las formas propias de los dibujos animados pueden parecer una vía de escape, pero casi siempre esconden una advertencia: el planeta que Scharf convierte en una fiesta visual es también el mismo que teme que podamos destruir.

