El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza nació para recorrer la historia de la pintura occidental desde el siglo XIII hasta las vanguardias del XX. Dentro de unos años, ese relato avanzará definitivamente hacia el presente. La institución abrirá una segunda sede en el antiguo Palacio de Hielo y del Automóvil de Madrid, a poca distancia del Palacio de Villahermosa, para albergar arte contemporáneo, organizar exposiciones y desarrollar programas de investigación, restauración y actividades públicas. Si se cumplen los plazos anunciados, el nuevo museo comenzará a recibir visitantes en torno a 2032.
El proyecto permitirá rescatar uno de los grandes edificios olvidados del centro de Madrid. Situado en la calle del Duque de Medinaceli, en el barrio de las Letras, el Palacio de Hielo fue inaugurado en 1922 como pista de patinaje y espacio de ocio para las clases acomodadas. La aventura apenas duró unos años. El Estado adquirió posteriormente el inmueble y transformó su interior para albergar instituciones culturales y científicas. En 1939 se convirtió en la primera sede del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Permanece cerrado desde 2007.

La rehabilitación será financiada por el Ministerio de Hacienda, propietario del edificio, con un presupuesto inicial de 70 millones de euros. Cultura y el Museo Thyssen asumirán la museografía, el equipamiento y la dotación de los espacios, de manera que la inversión global rondará los 90 millones. El programa arquitectónico se concretará antes de la convocatoria del concurso público. Entre 2027 y 2028 deberá redactarse el proyecto ganador y las obras comenzarían en 2029.
Más de 8.000 metros cuadrados estarán dedicados al museo y a sus servicios, además de un jardín o patio de más de mil metros. El archivo, los almacenes, el taller de restauración y el centro de actividades se trasladarán al nuevo edificio, lo que aliviará la saturación de la sede actual. Otra zona acogerá un centro de memoria dedicado a las víctimas del terrorismo, gestionado por el Ministerio del Interior.
La ampliación ha sido posible gracias a Francesca Thyssen-Bornemisza, hija del barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza y fundadora de TBA21. La coleccionista y sus herederos han donado al Estado 186 obras, valoradas en cerca de 16 millones de euros, y han cedido otras 179 en préstamo de larga duración, tasadas en unos diez millones. Son 365 piezas en total, “una para cada día del año”, como ha señalado la propia Francesca Thyssen. La donación y el préstamo se han realizado sin contraprestación económica.

El gesto prolonga hasta una cuarta generación la historia coleccionista de los Thyssen. Heinrich Thyssen comenzó a reunir obras a principios del siglo XX; su hijo, el barón Hans Heinrich, amplió aquella colección y negoció su llegada a España; Carmen Cervera incorporó después su propio conjunto de pinturas; Francesca ha construido durante más de dos décadas una colección centrada en el presente. La segunda sede reunirá también arte del siglo XXI perteneciente a Borja Thyssen y Blanca Cuesta.
La operación tiene una importancia patrimonial evidente: una parte considerable de una colección privada pasa a formar parte de los fondos públicos. También abre un debate sobre el modelo cultural que se construye con dinero del Estado. La rehabilitación de un inmueble público costará decenas de millones y dará cobijo a obras donadas, pero también a otras que continuarán perteneciendo a sus propietarios. El valor del acuerdo dependerá de la estabilidad de los préstamos, la autonomía de la programación y la capacidad del museo para convertir el edificio en un espacio verdaderamente público.
Francesca Thyssen ha querido marcar distancias con el museo de autor y con la identificación entre una institución cultural y el apellido de quien reúne las obras. La nueva sede no llevará su nombre ni se llamará Museo TBA21. “Ya he pasado por ese periodo en el que mi identidad estaba tan pegada al trabajo”, ha declarado. Al preguntarle por el papel que desempeñará cuando abra el centro, recuerda que tiene 68 años, se considera jubilada, escribe libros y estudia el siglo XIII en Asia. Corrige incluso el uso de la primera persona: “No soy yo, somos nosotros”, declaró en una entrevista con El País.

Esa voluntad colectiva responde a una cuestión que ha acompañado al Museo Thyssen desde su nacimiento. Para los madrileños, la pinacoteca ha estado vinculada a la figura del barón y, más tarde, a Carmen Cervera. Francesca cree que ese peso de los nombres propios ha dificultado que el museo desarrollara una identidad completamente autónoma. La nueva sede pretende avanzar hacia un modelo institucional menos dependiente del relato familiar, aunque su existencia vuelva a ser posible gracias a una colección Thyssen.
TBA21 fue creada en Viena en 2002. Sus fondos incluyen instalaciones, esculturas, fotografías, vídeos y obras de artistas como Ai Weiwei, Marina Abramović, John Akomfrah, Monica Bonvicini, Candice Breitz, Claudia Comte, Olafur Eliasson, Taloi Havini, Nikita Kadan, Pierre Huyghe, Rashid Johnson, Ernesto Neto y Bill Viola. Desde 2019, la fundación mantiene un acuerdo con el Museo Thyssen para organizar dos exposiciones anuales. Sus piezas comenzaron ocupando las salas inferiores y terminaron dialogando con las obras históricas de la colección permanente.
La futura sede dará continuidad a esas conversaciones, aunque dispondrá de una escala adecuada para instalaciones que difícilmente caben en una pinacoteca concebida para la pintura. También permitirá incorporar a artistas vivos al discurso general del museo. Guillermo Solana, director artístico del Thyssen, llevaba años defendiendo ese regreso al presente. Los estatutos de la institución limitan la incorporación de nuevas obras y establecen que solo puede recibir donaciones o préstamos procedentes de la familia Thyssen. La aportación de Francesca ofrecía, por tanto, una oportunidad difícil de repetir.

Su forma de coleccionar se aparta del modelo seguido por su padre. El barón compraba obras que habían probado su relevancia dentro de la historia del arte. TBA21 decidió muy pronto encargar trabajos que todavía no existían. Ese método implica acompañar a los artistas durante el proceso creativo, asumir el riesgo del resultado y financiar investigaciones cuyo desenlace puede ser imprevisible. La colección se ha desarrollado alrededor de la emergencia climática, la justicia social, la conservación de los océanos, la experiencia de las comunidades indígenas y la creación de las mujeres.
TBA21-Academy, fundada en 2011, ha conectado a artistas con científicos, pensadores, activistas y comunidades locales. Ocean Space, su centro en la iglesia de San Lorenzo de Venecia, ha convertido el océano en un espacio de investigación artística y política. Este trabajo explica por qué Francesca Thyssen insiste en que la sede de Madrid deberá ser algo más que un lugar donde contemplar objetos.
Su aspiración es crear “un museo del siglo XXI”: abierto, acogedor, práctico e incluyente con la mirada de los jóvenes. También lo imagina como refugio climático, un espacio capaz de proteger a los ciudadanos durante los episodios de calor extremo y de ofrecer tiempo, sombra y conversación en pleno centro de la ciudad. “Los espacios culturales son importantísimos porque son un lugar donde visiones encontradas pueden tener un diálogo”, ha defendido. El arte, en su planteamiento, proporciona un territorio seguro para formular preguntas sin imponer una única respuesta.
Este enfoque obligará a resolver algunas incógnitas. Todavía no se conoce el diseño arquitectónico, la distribución exacta de las salas, la selección de obras que se exhibirá de manera estable ni el modo en que convivirán las colecciones de Francesca y Borja Thyssen. Tampoco se ha explicado con detalle cómo se financiará el funcionamiento ordinario de una sede de estas dimensiones una vez terminada la inversión inicial. La fecha de apertura se mueve, según las distintas previsiones, entre 2031 y 2032.
La ampliación modificará el mapa de los grandes museos madrileños. El Prado seguirá concentrado en el arte histórico; el Reina Sofía conservará su papel como museo nacional del siglo XX y del presente; el Thyssen pasará a recorrer cerca de ocho siglos desde sus dos edificios. La entrada en el arte contemporáneo puede producir coincidencias con el Reina Sofía, pero también ofrecer una lectura diferente, apoyada en el coleccionismo privado, las instalaciones inmersivas y la relación entre creación, ecología y activismo.
Para Madrid, el proyecto recupera un edificio cerrado durante casi veinte años y extiende el Paseo del Arte hacia el barrio de las Letras. Para el Thyssen, resuelve parte de sus problemas de espacio y completa una cronología que hasta ahora terminaba cuando comenzaba el arte del presente. Para Francesca Thyssen representa la culminación de una promesa formulada hace años: depositar su legado junto al de su padre, aunque ya no quiera que ese legado dependa únicamente de su nombre.
La coleccionista ha planteado una pregunta incómoda durante la presentación del proyecto: si el arte sobrevivirá a las próximas dos generaciones o se convertirá en algo completamente distinto. El nuevo museo tendrá seis años para empezar a responderla. Su éxito no se medirá únicamente por la arquitectura, el número de visitantes o el valor de las obras reunidas. Dependerá de que sea capaz de convencer a quienes todavía no sienten que un museo les pertenece.

