Robin Hood ya no roba a los ricos para entregar el botín a los pobres. Tampoco sonríe mientras dispara flechas imposibles ni se presenta como el héroe romántico que ha acompañado al cine durante casi un siglo. En La muerte de Robin Hood, el legendario forajido es un hombre envejecido, violento y atormentado por los cadáveres que ha dejado atrás. Hugh Jackman encarna esta versión crepuscular del personaje en una película que ha dividido a los profesionales del cine por la radical oscuridad con la que destruye el mito.
Escrita y dirigida por Michael Sarnoski, responsable de Pig y Un lugar tranquilo: Día 1, La muerte de Robin Hood se aleja de la aventura medieval para construir un drama sobre la culpa, la mortalidad y la posibilidad de obtener perdón después de una vida marcada por el crimen. El resultado es una obra áspera, contemplativa y brutal, mucho más próxima a un wéstern crepuscular que a las adaptaciones tradicionales de la leyenda inglesa.
Un Robin Hood que nunca fue el héroe de la leyenda
La película comienza cuando Robin Hood se encuentra cerca del final de su vida. Después de participar en una batalla que esperaba que fuera la última, queda gravemente herido y termina bajo los cuidados de una mujer misteriosa. Esa situación lo obliga a enfrentarse a un pasado que durante años había intentado ocultar detrás de la historia que otros contaban sobre él.
El protagonista interpretado por Hugh Jackman no se reconoce en la imagen popular del hombre que combatía la injusticia. Su leyenda parece haber sido levantada sobre mentiras, propaganda y recuerdos deformados. En realidad, Robin fue un bandido despiadado que mató, acumuló riquezas y permitió que su nombre se transformara en el de un defensor de los desfavorecidos.
La mujer que lo recoge es la hermana Brigid, interpretada por Jodie Comer. No ocupa el lugar tradicional de Lady Marian, sino que funciona como una presencia espiritual ante un hombre que cree haber agotado cualquier posibilidad de salvación. A través de ella, La muerte de Robin Hood plantea su principal interrogante: si alguien ha causado un daño irreparable, ¿puede encontrar redención antes de morir o ese deseo constituye únicamente una última forma de egoísmo?
Bill Skarsgård completa el núcleo principal como Little John, antiguo compañero del forajido y testigo de una vida que poco tiene que ver con las canciones populares. El reparto también incluye a Murray Bartlett, Noah Jupe y Faith Delaney.
Michael Sarnoski convierte la aventura en una marcha fúnebre
Michael Sarnoski no ha intentado modernizar la leyenda mediante una nueva sucesión de duelos, persecuciones y grandes hazañas. Su propósito consiste en preguntarse cómo habría sido realmente la existencia de un bandido medieval: una vida de hambre, barro, heridas, venganzas y asesinatos sin ninguna elegancia.
Por eso, La muerte de Robin Hood muestra la violencia de una forma física y desagradable. Los primeros enfrentamientos destruyen cualquier posible romanticismo alrededor del protagonista. Sin embargo, después de esa apertura brutal, la narración reduce considerablemente el ritmo y se transforma en un relato silencioso sobre la enfermedad, el remordimiento y la proximidad de la muerte.
La comparación más evidente es Sin perdón, la película con la que Clint Eastwood desmontó la figura heroica del pistolero. Sarnoski aplica una operación similar a Robin Hood: elimina el encanto de la leyenda para observar al hombre que podría esconderse debajo. También existen ecos de Logan, especialmente por la presencia de un Hugh Jackman agotado, herido y obligado a convivir con las consecuencias de su propia violencia.
El actor, que también participa como productor, ha reconocido su creciente interés por los antihéroes y los personajes moralmente ambiguos. Interpretar a un hombre próximo a la muerte le permitió explorar su relación con la mortalidad desde un lugar que describió como calmante y sanador. Su Robin conserva una gran presencia física, pero aparece roto por dentro, incapaz de distinguir cuánto queda del hombre y cuánto pertenece ya al relato construido alrededor de su nombre.
Una producción rodada entre barro, bosques y película de 35 milímetros
La oscuridad de la historia también define su aspecto visual. El rodaje se desarrolló en Irlanda del Norte, donde los bosques húmedos, los valles y los paisajes desolados reforzaron el aislamiento del protagonista. La naturaleza no aparece como un fondo hermoso, sino como un espacio frío e indiferente que acompaña el deterioro de Robin.
El director de fotografía Pat Scola rodó la película en 35 milímetros para dotar a las imágenes de una textura orgánica, rugosa y antigua. Incluso el formato de pantalla cambia durante el relato: los encuadres panorámicos iniciales dejan paso a una imagen más estrecha cuando la película abandona el territorio de la aventura y se encierra en la experiencia interior del personaje.
La música de Jim Ghedi, compositor procedente del folk británico contemporáneo, contribuye a que la obra se aproxime por momentos a una balada fúnebre. Esta elección conecta con una de sus principales inspiraciones: el antiguo poema popular Robin Hood’s Death, que ya narraba la enfermedad, la traición y los últimos instantes del proscrito.
Una película que ha enfrentado a la crítica

La recepción profesional de La muerte de Robin Hood ha reflejado la propia naturaleza extrema de la película. Sus defensores destacan el riesgo de desmontar un personaje conocido por todos y sustituir la aventura por una reflexión adulta sobre el daño, la memoria y la construcción de los héroes.
También existe bastante consenso alrededor del trabajo de Hugh Jackman. Incluso varias de las críticas menos entusiastas reconocen la entrega física del actor y su capacidad para convertir el cansancio en el centro de la interpretación. Jodie Comer aporta una serenidad que contrasta con la brutalidad del protagonista, mientras que la fotografía y los paisajes aparecen entre los aspectos más elogiados.
Los principales reproches se concentran en la segunda mitad. Algunos críticos consideran que la película se vuelve demasiado lenta, solemne y emocionalmente distante cuando abandona la violencia inicial para detenerse en la redención. Otros creen que Sarnoski confunde en ciertos momentos la oscuridad con la profundidad y que su intención de desmitificar al héroe termina resultando afectada.
La división resulta comprensible. Quien espere una aventura de Robin Hood encontrará una película que rechaza casi todos los elementos asociados al personaje. No hay ligereza, romanticismo ni placer en la rebeldía. En su lugar aparece un asesino que contempla el final de su vida y comprende que ninguna canción podrá borrar lo que hizo.
La muerte de Robin Hood no quiere devolver la leyenda al cine, sino enterrarla. Su propuesta puede resultar poderosa o pretenciosa, conmovedora o agotadora, pero difícilmente indiferente. Michael Sarnoski ha convertido al héroe del bosque de Sherwood en un hombre brutal que busca una última oportunidad, mientras Hugh Jackman carga sobre sus hombros con el peso de una historia que ya no habla de robar a los ricos, sino de pagar las deudas contraídas con los muertos.

