No parece que la legión de guerreros antiwoke que han pasado las últimas semanas ansiando el fracaso de La Odisea de Christopher Nolan, más que nada porque no soportaban la diversidad racial de su reparto, vayan a ver sus deseos cumplidos. Es cierto que la interpretación del director británico del clásico de Homero —la historia del regreso de Odiseo a Ítaca años después de la guerra de Troya— aqueja algunos de sus defectos característicos: a pesar de transcurrir en el Mediterráneo, está envuelta en una penumbra constante que convierte el mal tiempo en una metáfora demasiado obvia e insistente. Y la amplia colección de rostros demasiado familiares que componen su reparto —Matt Damon, Zendaya, Tom Holland, Anne Hathaway, Charlize Theron y Robert Pattinson, entre muchos otros— la emparenta peligrosamente con esos acartonados peplums de la época dorada de Hollywood. Pero, dicho esto, La Odisea es un espectáculo monumental y de energía arrolladora que aborda temas universales y, entretanto, no deja transcurrir más de cinco minutos de metraje sin ofrecernos una secuencia llena de ruido y furia capaz de hacer temblar hasta la sala de cine más grande. Es, casi con toda seguridad, la mejor película de su director, y promete arrasar en la taquilla.
También es, para sorpresa de nadie, Nolan en estado puro. Como buena parte de su filmografía, gira en torno a hombres emocionalmente inaccesibles que se pierden en sus respectivas misiones por su incapacidad de mantener relaciones sanas con sus seres queridos, y cuyas obsesiones les hacen perder el rumbo de su propia alma, quizá para siempre o quizá no. Incluso podría decirse que funciona como una suerte de díptico junto a Oppenheimer (2023) —que le proporcionó carta blanca para hacerla tras recaudar cerca de mil millones de dólares y erigirse en la gran triunfadora de la ceremonia de los Oscar de 2024—, porque ambas ficciones comparten profundas dudas sobre la inclinación de la humanidad hacia la guerra y un temor palpable a las consecuencias destructivas de la violencia descontrolada. Para Odiseo, el viaje de regreso a casa constituye un prolongado intento de redimirse de la carnicería que desató cuando logró infiltrarse en Troya dentro de un enorme caballo de madera.

Basándose en las traducciones más modernas del poema que le da su título e incorporando tanto elementos narrativos introducidos previamente por Homero en la Ilíada como otros procedentes de La Eneida de Virgilio, La Odisea sigue a su héroe sobre todo durante la década que pasa tratando de regresar a casa, vagando por causas que podrían ser culpa suya, fruto de los caprichos de los dioses o una combinación de ambas. En el camino, mientras su esposa Penélope espera su regreso y soporta el acoso de un grupo de infames pretendientes decididos a forzarla a elegir nuevo marido, Odiseo atraviesa una sucesión de pesadillas metafísicas que le devuelven el reflejo de su propia culpa, su vergüenza y su arrogancia.
La estúpida controversia en la que se vio envuelta la película, recordemos, comenzó cuando se anunció que Lupita Nyong’o, una actriz negra, había sido elegida por Nolan para interpretar a Helena de Troya, como si eso constituyera una afrenta a una pieza mitológica que también incluye al monstruo marino Escila; al cíclope Polifemo, el hijo proscrito de Poseidón, que en la película aparece convertido en un homenaje a Saturno devorando a su hijo, de Goya, y acaba revelándose como una figura digna de compasión; a un trío de sirenas cuyos cantos enloquecen a todo ser humano que los escucha; y a la ninfa Calipso, que se enamora de Odiseo y lo vuelve adicto a unas flores de loto que le provocan amnesia. Y no conviene olvidar a Circe, que transforma a los hombres en cerdos durante la que, sin duda, es la secuencia más terrorífica de toda la filmografía de Nolan.

El trabajo de Matt Damon en la piel de Odiseo es incontestable, pero la decisión de confiarle el personaje no lo fue menos. A primera vista, un tipo de actor como él puede parecer fuera de lugar en este contexto histórico, pero precisamente de eso se trata porque, en realidad, aquí el héroe nunca llega a sentirse en casa. Es un hombre completamente perdido, tanto en el mundo como dentro de sí mismo. No encuentra el camino para avanzar entre sus tormentos y no lo logrará hasta que se reconcilie con su propia conciencia, y eso resulta mucho más difícil que enfrentarse a monstruos.
En cualquier caso, la verdadera estrella de La Odisea es el propio Nolan; es él quien mejor aprovecha la ocasión de lucirse ejerciendo de Zeus y haciéndonos sentir diminutos, apabullándonos gracias a la elegancia con la que transita entre el pasado remoto, el pasado reciente, el presente y el futuro y tratando el tiempo menos como una línea que como un mapa desplegado sobre la pantalla; a la extraordinaria fisicidad de sus imágenes, que casi nos permite oler el mar y la sangre que se coagula, y sentir el calor y el peso de los cuerpos; y a su capacidad para sumergirnos cada pocos minutos, decimos, en una nueva secuencia descomunal que, en casi cualquier otra superproducción, constituiría el gran clímax final.

Sin embargo, en lugar de intentar introducir al espectador en la mentalidad de la antigua Grecia, Nolan opta por una aproximación casi naturalista, contenida y sobria. Los diálogos son concisos y contemporáneos. La violencia se representa de forma deliberadamente genérica: las escenas de batalla, montadas con cortes rápidos, apenas dejan entrever las muertes más espantosas. Los sacrificios son breves y asépticos, la venganza apenas derrama sangre y se administra con mucha moderación, y el dolor se expresa sobre todo a través del silencio. Y eso, conviene dejarlo claro, no impide que La Odisea sea la película más sensible de Nolan, una epopeya preocupada casi por completo por las agonías del alma que se sumerge en el fango moral y arrastra a Odiseo hasta él, aplastándole la espalda con la carga de los errores que ha cometido y desafiándolo erguirse con humildad y sabiduría. Se trata de un blockbuster de autor cuyos temas centrales son el autodesprecio y la vergüenza, y contemplar una película tan íntima e introspectiva desplegarse a una escala tan mastodóntica resulta una experiencia igual de desconcertante que de fascinante.

