El grupo de música Morgan ha construido, disco a disco, una de las trayectorias más sólidas y singulares de la música española reciente: una banda con identidad propia, sonido reconocible y una forma de hacer —horizontal, orgánica, ferozmente cuidada— que ha convertido cada álbum en un lugar al que volver. En Hotel Morgan confirman esa madurez: un trabajo concebido como refugio compartido, como fotografía emocional de un momento y, al mismo tiempo, como declaración de independencia artística en un mercado que empuja a la prisa y a lo inmediato.
Ese recorrido se celebra también en directo, donde el grupo despliega su verdadera medida: una música que se expande, que respira y que encuentra en el público una comunidad. El 16 de enero Morgan actúa en La Riviera (Madrid), una cita clave para reencontrarse con su universo y comprobar cómo este “hotel” —abierto a todo el que quiera entrar— se sostiene, sobre todo, en el escenario.
¿Qué os llevó a grabar en una isla de Noruega y de qué manera ese viaje, también en lo logístico y lo emocional, se ha quedado dentro de Hotel Morgan?
Nos apetecía que tanto la decisión del estudio como la del viaje sirvieran para hacer el disco más rico: en experiencias, vivencias, sonidos, paisajes, en todo lo que se te ocurra que pudiéramos ganar. Creemos que fue una muy buena decisión, además de divertida. Y, sobre todo, pensamos que hay cosas que se grabaron allí que no habrían sonado igual —ni habrían salido igual— si las hubiéramos registrado en cualquier otro sitio.
Más allá del estudio, ¿hasta qué punto Noruega, su paisaje y esa especie de encierro elegido influyeron en el sonido, el ánimo del grupo y el pulso lírico del disco?
La elección del país no fue tanto por una tradición especial de Noruega a la hora de grabar discos o por sus estudios, sino porque este estudio en particular nos llamó muchísimo la atención. A eso le sumamos el viaje en furgoneta, que creemos que nos cambió a todos el estado de ánimo. Solo el hecho de llegar allí después de seis días de viaje fue increíble.
Y sí: todo eso se queda, se impregna. Al menos nosotros pensamos que el estudio es como un instrumento más. Cómo te encuentras a la hora de grabar influye: al final buscas un poco de magia en las tomas, y en otros estudios, con el estrés que suelen tener, igual no se consigue. Aquí, en cambio, el hecho de dormir allí, de estar todo el día en ese entorno, nos ayudó mucho a entrar en ese rollo. Incluso los “pobres” animales del lugar lo notaron: a lo mejor pensaban “a esta hora seguro que no molestamos” y justo aprovechaban.
¿Por qué Hotel Morgan y qué significa para vosotros la idea de un “hotel” como refugio propio y, a la vez, como lugar de tránsito abierto a quien llega?
Nos ayudaba muchísimo la palabra “hotel”. Cuando salió el disco, mucha gente nos dijo que hay un montón de cosas relacionadas con la música que tienen que ver con los hoteles, y también con el cine. El concepto de hotel es un concepto que te ayuda para muchas cosas. Para nosotros era un buen lugar donde meter esta colección de canciones.
Además, un hotel es un lugar temporal: para nosotros también era como una foto nuestra de ese momento. Y, por supuesto, está abierto: bienvenido todo el mundo que quiera. Sentimos que servía para muchas cosas y también nos ayudó mucho a ponerle nombre al disco, que es un proceso interesante y a veces complicado: a veces lo tienes claro al principio, a veces al final, a veces surge por una coña…

Decís que este disco es un hito y que os hace sentir especialmente orgullosos: ¿qué habéis alcanzado aquí que antes no estaba y cómo se sostiene vuestra identidad sonora, incluida la voz de Nina, sin repetirse?
Siempre un disco es un reto. Es normal que la gente —sobre todo si acaba orgullosa del trabajo— piense, quizá por reafirmarse, que lo último es lo mejor que ha hecho. Y eso es importante: es una filosofía buena, porque te mantiene tenso, con ganas, trabajando duro, y siendo también exigente con lo que tú piensas que puedes dar.
Además, grabar un disco tiene esa parte intensa: no sabes cómo va a quedar. Tienes que hacerlo de cero, y tú mismo, sabiendo qué otras cosas has hecho, te pones un listón que no puedes bajar. Y cuando lo terminas y te quedas contento, satisfecho, la sensación es muy bonita. Pero siempre hay un poco de sufrimiento: desde la composición —pensar que quizá no está a la altura de lo anterior— hasta el momento de plasmarlo. Porque no solo quieres que esté igual que lo anterior: quieres que esté mejor, aportar cosas nuevas, que tenga frescura. Es un proceso intenso, pero muy bonito.
Defendéis una dinámica horizontal basada en la escucha y la empatía: ¿cómo se cuida esa convivencia creativa en una banda y qué herramientas o hábitos os ayudan a gestionar tensiones antes de que se conviertan en fractura?
Es como un matrimonio de unas cuantas personas. Si ya los matrimonios se complican, imagínate con más gente. Se trata de encontrar la manera de gestionar, porque conflictos tiene todo el mundo. Y además cada decisión —sobre todo en bandas autogestionadas, que dependen de sí mismas— puede condicionar los próximos tres años.
No puedes no tener opinión, no puedes actuar como si te diera igual. Realmente te va la vida en ello. Eso hace que sea precioso cuando vas de la mano y vas consiguiendo cosas, pero también hace que haya procesos de conversación muy profundos y muy importantes. Por eso no nos extraña que cada vez se cuente más con ayuda, con métodos, procesos o hábitos que ayuden a gestionar todo eso: estás hablando de la continuidad de tu proyecto. Todos los recursos que dediques a gestionar lo que pueda ocurrir están bien invertidos.

En una industria históricamente masculinizada, ¿cómo influye una dinámica más paritaria en la toma de decisiones, en la creación y en la libertad para exponerse sin juicios dentro del grupo?
Nos consideramos afortunados, porque nuestro proyecto va un poco apartado de lo que ha sido el mecanismo de la industria musical que todos conocemos. Yo, por ejemplo, no lo he vivido de esa manera: la jerarquía de nuestra banda es muy horizontal. Tenemos la suerte de haber podido gestionarlo como creemos que hay que gestionarlo: aquí todos valemos lo mismo.
Y a la hora de crear, de abrirte el estómago y enseñar lo que hay dentro, yo no he encontrado límites, ni juicios, ni nada que me haya dificultado. En eso me considero muy afortunada.
Otra cosa es lo que pasa fuera: muchas veces, al llegar a una sala, aparece paternalismo y ciertas cuestiones que desgraciadamente existen. Pero tengo que ser sincera: yo soy muy afortunada porque no he tenido que, en situaciones importantes de mi vida o en decisiones que tenía que tomar, verme más pequeña o sentir que alguien me hacía eso incómodo. Aun así, es un problema muy grande contra el que hay que hablar, porque es una putada que recaiga la responsabilidad en cada una. Pero claro: si no se comparte, no se sabe.
Desde vuestra experiencia, ¿por qué a las creadoras se las reduce con frecuencia al relato íntimo o al “cotilleo” y qué pierde la cultura cuando se limita así su espacio de expresión?
Es verdad: era una mujer también en otros siglos, hace 250 años… y muchas veces se reduce a eso, al cotilleo, a la ruptura, no sé qué. Y claro: las mujeres tenían muy poco espacio para expresarse y, obviamente, tenían intereses que estaban reducidos o condicionados. Muchas veces se reduce todo al mundo íntimo interior.
Vuestras canciones huyen de la épica y se instalan en la herida y la introspección: ¿cómo defendéis ese territorio como un gesto artístico mayor, aunque a veces se perciba como menos valioso?
Siempre he pensado que es una manera de abrirte y decir lo más duro. Lo fácil de decir se dice muy fácil; lo difícil de decir no. Y es que solo hay que leer autoras maravillosas o escuchar a gente como Bonnie Raitt o Janis Joplin: hay gente que canta su alma para fuera.
Creo que nosotras tenemos esa sensibilidad y que no vale menos: yo creo que vale más. Y también pienso que el arte es un canal para salirse, y que no debería haber limitaciones para expresarse, para nadie.
Mantener una carrera independiente os permite ir al margen de ciertas exigencias del mercado: ¿qué coste, riesgo y responsabilidad implica sostener esa libertad a medida que el proyecto crece?
Al final hemos tomado la decisión —acertadamente o no— de gestionar nosotros mismos toda la maquinaria que esto implica. Obviamente, al principio era más fácil, y según fue pasando el tiempo se fue complicando cada vez más.
Empezamos a contar con gente alrededor, que es básicamente lo que haría una banda con un sello. Al final terminas subcontratando: necesitas a una persona que lleve redes, otra que consiga promos, otra que lleve la gira… Al principio lo hacíamos solos, pero cuando crece un poco se te va de las manos: básicamente no se puede.
Aun así, seguimos con esta dinámica y seguimos contando con gente muy buena que te hace la vida más fácil. Por ahora seguimos así y estamos bien; lo que pase en el futuro, no lo sé.
¿Cómo equilibráis la velocidad y la presión de las redes con el tiempo lento que exige un álbum entendido como obra completa?
Tenemos suerte porque podemos tomarnos el tiempo que consideramos para hacer lo siguiente, pero tampoco vivimos de espaldas a la realidad.
Si mañana se nos ocurre un tema, nos gusta mucho, lo grabamos y queremos enseñarlo porque nos pica tenerlo sin compartirlo, tampoco tendríamos prejuicio en decir: “Oye, vamos a sacar este tema suelto porque nos ha gustado cómo ha quedado y queremos sacarlo”, aunque no forme parte de ningún otro proyecto.
Más que una cosa u otra, hay que entender cada caso: cada banda, cada artista, cada persona, y lo que le pide el cuerpo. Nosotros somos afortunados porque podemos hacer las cosas como creemos que tenemos que hacerlas —como decía Paco, puede estar bien o puede estar mal—, pero hasta ahora nos ha gustado así. También porque somos personas que hemos escuchado muchos discos: nos gusta el viaje, escucharlo todo. Y, además, si te vas a Noruega y grabas nueve temas, quieres sacar los nueve: no vas a sacar uno solo.

Vuestra música genera un sentimiento de pertenencia muy reconocible: ¿cómo vivís esa relación con el público y qué significa para vosotros que la gente identifique una canción y piense “esto es Morgan”?
Nos sentimos muy afortunados, sobre todo porque nosotros hemos sido —y seguimos siendo— ese oyente que se enamora de un tipo de banda: por los mensajes, la forma de cantar, la manera de tocar, los directos… Todos nos hemos hecho fans de un montón de grupos y nos gusta que haya gente a la que le gustemos nosotros, porque sabemos lo que se siente cuando te pasa con otros.
Al final, lo que nos gusta a los músicos es sacar discos y tocar. Y sería imposible hacerlo —o sí, pero mucho menos sostenible— si no consigues despertar interés. Si no despiertas interés, hay mil maneras de hacerlo, claro: puedes tocar todos los fines de semana. Pero hacer tus temas, grabar un disco y que la gente le haga caso es una maravilla.
¿Qué bandas y referentes os han formado —en común y en lo individual— y cómo se transforma esa herencia en una voz propia?
Hay un montón, y además mola porque los cuatro somos cada uno un poco de su padre y de su madre. Pero en común siempre hemos comentado: Fleetwood Mac, Pink Floyd… Creo que se oye mucho en nuestra música lo que hemos escuchado, lo cual me congratula bastante: significa que esas referencias han tenido mucho peso.
Pero también creo que hemos sabido transformarlo en algo que de repente alguien escucha y dice: “Bueno, estos son estos”. Y eso me da mucho gusto cuando ocurre, cuando alguien dice: “Sabía que esta canción era de Morgan”. Es una gloria, porque significa que hemos encontrado algo distintivo, algo nuestro. Eso es una maravilla.
Y luego: Lynyrd Skynyrd, The Allman Brothers, Eagles, The Black Crowes… Y mujeres: como decía antes, Janis. Yo recuerdo una de las primeras veces que me apasionó escuchar a alguien cantar de verdad, que me voló completamente: fue Janis Joplin en directo. Ahí dije: “Esto te saca de donde estás, te abre una puertecita… y a partir de esa puerta vas abriendo otras”. Es maravilloso. Y podría darte infinitas referencias, porque somos bastante musiqueros: escuchamos mucha música. Pero lo importante, al final, es tener tu propia identidad, tu propia voz, tu manera de decir las cosas.
Entre el estudio y el directo, ¿dónde os sentís más vosotros y cómo se alimentan mutuamente esas dos identidades de la banda?
No puedo hacer dicotomía, pero sí: está esa conversación entre el estudio y la intimidad, y luego las bandas que son más de directo. Nosotros lo vivimos muy bien: nos encanta. Al final es lo que más hacemos. Hacemos más directos que discos.
El proceso del disco tiene sus peculiaridades y su manera de hacerse, que no tiene nada que ver —aunque parezca lo mismo— con salir a tocar. Y a nosotros salir a tocar nos gusta mucho. Incluso aunque ese día lo tengas cruzado, según empiezas te conviertes en otra persona. Y cuando acaba el concierto estás a tope de adrenalina, contento y feliz de haber dado un buen concierto. Afotunadamente, solemos quedarnos contentos. La sensación es muy buena. Yo he estado con muchas bandas en las que terminaba el concierto y no estaba nada contento: no es tan fácil terminar satisfecho, y muchas veces no pasa.
Después de un concierto, ¿cómo se gestiona la bajada de adrenalina y el juicio inmediato sobre lo que ha pasado en escena para que el directo siga siendo un lugar de disfrute y no de desgaste?
En el directo pasan muchas cosas que dan rabia: normalmente haces una prueba de sonido, está todo bien y luego en el concierto puede pasar cualquier cosa. Y al ser en directo, la reacción es visceral: nunca sabes cómo vas a reaccionar. Pero nosotros llevamos mucho tiempo tocando juntos y lo pasamos muy bien.
A veces, como los conciertos son intensos, parece que somos más serios de lo que somos, pero realmente lo pasamos verdaderamente bien. Estás tocando: no hay que enfadarse con nadie, no hay que darle más vueltas. La peor que te puede pasar es que suene mal un tema o que cantes un tema entero fuera de tono —que puede ocurrir—, y no pasa nada. Bueno: a mí creo que sí me ha pasado.
Ese es mi mayor miedo. Pero claro, en los conciertos se desafina: el desafine está ahí. Eso pasa seguro. Y no porque la gente no esté atenta, sino porque hay cosas que tú notas porque te estás fijando en eso, y hay gente que no se fija en eso.

