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Sonny Angels, lazos y pedrería: por qué internet ha convertido la alegría en otra forma de ‘maxxing’

Las redes sociales han cambiado el minimalismo beige por el juego maximalista y el auge del 'whimsymaxxing' revela cómo hasta nuestras rebeliones más infantiles contra la autooptimización acaban adoptando la propia lógica del algoritmo

Sonny Angels, lazos y pedrería: por qué internet ha convertido la alegría en otra forma de ‘maxxing’.
Sonny Angels, lazos y pedrería: por qué internet ha convertido la alegría en otra forma de ‘maxxing’.

A lo largo de los últimos meses, los feeds digitales han sufrido una transformación hipersaturada. Las suaves paletas beige, las estrictas rutinas de skincare y la contención discreta del “lujo silencioso” han dado paso de repente al ruido visual. Creadoras de contenido pegan pedrería de colores, gemas de plástico y charms de fantasía en objetos cotidianos: vasos de café, botes de crema hidratante, pinzas para el pelo, mascarillas faciales e incluso sus propias caras. Los bolsos ya no se limitan a llevarse: se sobrecargan con abalorios vintage, peluches, lazos y figuritas Sonny Angel.

A primera vista, esta tendencia —bautizada por la cultura de internet como whimsymaxxing— parece un antídoto ligero contra el burnout y la rígida disciplina estética contemporánea. British Vogue la ha identificado con un cambio cultural hacia “la alegría como símbolo de estatus” y con el rechazo al largo dominio del minimalismo y del quiet luxury. Otros medios de moda, como PureWow, la han leído como una respuesta lúdica a un presente marcado por la ansiedad económica y política: acumular accesorios simplemente porque resultan divertidos. La ensayista Liz Plank ha recurrido a otra expresión: “microdosificar el deleite”, incorporar a la vida pequeños rituales de placer que no necesitan justificar su productividad.

Sin embargo, bajo la purpurina y los vasos de café adornados con lazos aparece una contradicción bastante reveladora. En nuestro intento colectivo de escapar de las agotadoras exigencias de la automejora, hemos terminado canalizando incluso la espontaneidad a través del mismo lenguaje con el que llevamos años intentando optimizar nuestras vidas: el implacable sufijo -maxxing.

El término remite a la lógica de maximizar atributos que durante años ha circulado por los videojuegos y las subculturas digitales. De ahí pasó progresivamente a la vida cotidiana hasta generar expresiones como looksmaxxing, healthmaxxing, sleepmaxxing o proteinmaxxing. Una rutina, una necesidad biológica o un atributo físico pueden convertirse así en variables que configurar, medir y mejorar.

Cuando incluso el juego se reempaqueta como whimsymaxxing, parece que a nuestro entorno digital le cuesta reconocer una actividad humana si antes no puede convertirla en un proyecto. Como ha señalado la youtuber Ilana Pinsky, ya no basta necesariamente con leer un libro por placer: aparecen objetivos anuales, estadísticas, velocidad de lectura y nuevas formas de bookmaxxing. Tampoco damos simplemente un paseo cuando contamos los pasos, calculamos las calorías consumidas y registramos cada dato en una aplicación. Las aficiones corren el riesgo de transformarse en indicadores de rendimiento.

Añadir -maxxing a whimsy (“capricho” o “fantasía”) expone hasta qué punto hemos interiorizado la necesidad de hacer nuestra identidad legible para el algoritmo. La espontaneidad es, por definición, caótica y difícil de anticipar. Sin embargo, para circular dentro de la economía de la atención necesita ser reconocible, repetible y clasificable.

Las redes sociales recompensan las agrupaciones estéticas claras. Por eso, un impulso tan sencillo como pegar una pegatina en una libreta o beber un matcha decorado con pequeñas flores puede terminar convertido en una categoría, una tendencia y, finalmente, un modelo de estilo de vida reproducible. Lo que pretende ser una rebelión contra el perfeccionismo puede acabar convertido en otro estándar estético que ejecutar correctamente.

¿Por qué la identidad digital está tan ligada a estas microestéticas hiperespecíficas? Parte de la explicación reside en la evolución de nuestra manera de comunicarnos en internet. En un ecosistema dominado por la imagen y el vídeo corto, la identidad se consume cada vez más mediante señales visuales inmediatas. Las microestéticas funcionan como atajos semióticos: permiten comunicar rápidamente gustos, valores o aspiraciones sin necesidad de explicar demasiado.

En las plataformas de vídeo corto, una exposición emocional compleja requiere tiempo, contexto y atención. Un bolso cubierto de charms, una bebida coronada con espuma en forma de gato o una colección de Sonny Angels ofrecen, en cambio, una abreviatura instantánea de determinada sensibilidad. Los objetos se convierten en pequeños marcadores externos del yo.

Pero esta dependencia de los atajos materiales plantea otra contradicción. En lugar de cultivar el juego únicamente como experiencia, parte de la identidad puede externalizarse en objetos que están disponibles para comprar. La presión por producir pruebas visuales constantes de singularidad alimenta un ciclo acelerado de microtendencias. Compramos los abalorios, grabamos cómo los colocamos y publicamos el resultado para demostrar que nuestra vida contiene un poco de magia. Incluso el gesto que pretendía escapar del contenido termina convertido en contenido.

La paradoja se vuelve todavía más clara al comparar el whimsymaxxing con uno de sus parientes lingüísticos más oscuros: el looksmaxxing. Nacido en comunidades masculinas de internet vinculadas a la manosfera y los espacios incel, parte de una concepción extremadamente jerárquica del atractivo físico, entendido como un factor capaz de determinar el valor social y romántico de una persona.

La subcultura suele distinguir entre softmaxxing —prácticas relativamente convencionales como el cuidado personal, el ejercicio o determinados cambios de estilo— y hardmaxxing, que puede abarcar intervenciones mucho más extremas, peligrosas o carentes de supervisión médica.

Las investigaciones recientes permiten apreciar hasta dónde puede llegar esa lógica. Un estudio dirigido por Ricardo Grillo y publicado este año en el Journal of Stomatology, Oral and Maxillofacial Surgery analizó la conversación digital en torno a prácticas de looksmaxxing como el bonesmashing: golpearse deliberadamente determinados huesos faciales con la falsa expectativa de modificar su forma y conseguir una mandíbula más marcada.

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Montaje: kiloycuarto

Durante el periodo analizado, el término bonesmashing alcanzó una audiencia estimada de 32 millones de personas en redes sociales y más de 2,4 millones de interacciones; alrededor del 98 % del contenido estudiado procedía de perfiles masculinos. Los investigadores también detectaron cómo los tutoriales, el lenguaje pseudocientífico y la validación comunitaria contribuían a normalizar prácticas potencialmente peligrosas.

Un informe publicado este verano por el think tank británico Centre for Young Lives llegaba a conclusiones igualmente inquietantes. Sus investigadores observaron cómo algunos usuarios pueden pasar de consejos aparentemente inocuos sobre cuidado de la piel o ejercicio a contenidos sobre bone-smashing, restricciones alimentarias extremas, esteroides o péptidos no regulados. El estudio advierte además de la conexión entre determinados espacios de looksmaxxing y discursos de la manosfera basados en jerarquías físicas, misoginia y conceptos como el “valor de mercado sexual”.

En apariencia, whimsymaxxing y looksmaxxing ocupan polos opuestos. Uno reivindica el juego, la vulnerabilidad y cierto absurdo amable; el otro puede desembocar en mandíbulas hipermasculinizadas, disciplina corporal y prácticas autolesivas. Equiparar sus consecuencias sería absurdo. Sin embargo, ambos revelan, en grados radicalmente distintos, una misma gramática cultural: la idea de que el yo es un proyecto que puede configurarse, maximizarse y hacer visible ante los demás.

Ahí reside la parte más interesante del whimsymaxxing. Comprar un Sonny Angel o colgar cinco llaveros del bolso no equivale, evidentemente, a golpearse la cara para modificar los huesos. Pero resulta revelador que incluso una tendencia concebida como reacción alegre ante la obsesión por optimizarnos necesite presentarse mediante el lenguaje de la maximización.

En última instancia, el whimsymaxxing captura una de las tensiones centrales de la cultura digital contemporánea. Ansiamos escapar de la fría eficiencia de la autooptimización, pero las plataformas que habitamos nos animan inmediatamente a convertir ese escape en una estética, una etiqueta y un contenido susceptible de ser compartido.

La paradoja quizá no esté en comprar un peluche o decorar una taza, sino en sentir que incluso nuestra diversión necesita demostrar algo sobre nosotros. Que el objeto debe comunicar personalidad, que el ritual debe fotografiarse y que la singularidad necesita ser reconocida como tal.

El verdadero capricho difícilmente puede maximizarse. Vive mejor en esos momentos que nadie registra: dar un paseo sin contar los pasos, beber algo caliente sin fotografiar la espuma o comprar un objeto ridículo simplemente porque provoca una sonrisa.

En una cultura obsesionada con convertirlo todo en proyecto, la forma más radical de juego quizá no consista en hacer whimsymaxxing para los demás, sino en permitirnos que una parte de la vida siga siendo deliciosamente inútil, privada y no optimizada.

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