Una mujer abre el frigorífico, reúne unas aceitunas, un trozo de queso, varias lonchas de embutido y unas galletas saladas, coloca todo sobre un plato y lo enseña a la cámara. Es una girl dinner. Otra compra un bolso de 300 euros y calcula que, si lo usa todos los días durante un año, le habrá costado menos de un euro por jornada. Es girl math. Una tercera se recoge el pelo en un moño tirante, se aplica maquillaje imperceptible, se pone unos aros dorados y graba una rutina que comienza con agua, ejercicio y productos de cosmética alineados sobre una encimera despejada. Es una clean girl.
El término acompaña ya casi cualquier hábito susceptible de convertirse en contenido. Hay soft girls, rat girls, lover girls, office sirens, strawberry girls, tomato girls, mob wives y mujeres que, ante una tarea complicada, alegan con ironía que son “just a girl”. Las etiquetas duran unas semanas o varios meses, se superponen y reaparecen ligeramente modificadas. Cada una propone un vestuario, una paleta cromática, una actitud, una rutina y, con frecuencia, una lista de productos necesarios para representarla.

La proliferación comenzó a hacerse especialmente visible a partir de 2021 y se aceleró entre 2022 y 2023, cuando TikTok convirtió girl dinner y girl math en fenómenos de alcance masivo. El primero llegó a acumular más de 1.600 millones de visualizaciones y el segundo superó los 232 millones, según los datos recogidos entonces por Forbes. La investigadora Joana Perrone ha analizado este fenómeno en el ensayo Girl Math, Girl Dinner: An Essay on Girls and Girlhood on the Internet, publicado en 2026 por INTERSECTIO: Oxford Journal of the Intersectional Humanities. Su trabajo parte de una pregunta que atraviesa toda esta cultura digital: qué significa que mujeres adultas recurran de forma insistente a la palabra girl para explicar cómo comen, gastan, se visten o se relacionan.
La traducción literal como “chica” no recoge por completo el sentido que ha adquirido el término en internet. Girl funciona como una categoría flexible, una broma compartida y una contraseña de reconocimiento. Permite convertir experiencias cotidianas en códigos que otras usuarias identifican de inmediato. Una cena improvisada deja de ser una sucesión de restos y aperitivos cuando recibe un nombre. Una compra difícil de justificar se incorpora a un razonamiento colectivo que parodia la contabilidad. Las mujeres que participan en estas tendencias conocen la exageración y utilizan precisamente su carácter absurdo como parte del chiste.
Esa ironía explica parte de su éxito, aunque también dificulta precisar dónde termina la parodia y comienza la reproducción del estereotipo. Girl math presenta a las mujeres como consumidoras incapaces de manejar el dinero con rigor. Girl dinner relaciona la feminidad con porciones pequeñas, combinaciones arbitrarias y comidas que no exigen cocinar. La clean girl encarna una vida ordenada alrededor del cuidado físico, la disciplina y la apariencia. Cada fórmula puede interpretarse como una observación humorística de la vida diaria, pero todas se apoyan en ideas culturales reconocibles sobre la supuesta frivolidad, incompetencia o fragilidad femeninas.
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La crítica ha señalado una asimetría evidente. Los hombres cenan y hacen cálculos; las mujeres hacen girl dinner y girl math. Al añadir el género, una conducta corriente se convierte en una peculiaridad femenina. La periodista Hannah Millington resumió esta objeción al preguntarse por qué mujeres adultas recurren a imágenes de incapacidad infantil después de siglos de estereotipos que las presentaban como seres imprácticos, dependientes y poco fiables. Perrone recupera esa discusión, aunque evita resolverla mediante una condena general de las tendencias. Le interesa observar qué necesidad satisface la palabra girl y por qué conserva su atractivo entre mujeres que han dejado atrás la adolescencia.
La respuesta se encuentra en parte en el funcionamiento de las plataformas. TikTok organiza la experiencia mediante categorías reconocibles y repetibles. Un contenido circula mejor cuando el usuario comprende rápidamente qué está viendo y puede reproducirlo con sus propias variaciones. Las estéticas terminadas en girl cumplen esa función: convierten una identidad compleja en una secuencia visual que cabe en pocos segundos. El algoritmo no necesita conocer la biografía de la persona que aparece en pantalla. Le basta con identificar un moño pulido, una cocina clara, una taza de matcha y una rutina de Pilates para saber a qué público debe mostrar el vídeo.
Esta lógica también transforma la identidad en una práctica de consumo. Para ser una determinada girl hay que adquirir los objetos que permiten representarla. La clean girl necesita cosméticos que produzcan una piel luminosa, ropa básica cuidadosamente escogida, joyas discretas y accesorios asociados al bienestar. La coquette girl recurre a lazos, encajes y tonos pastel. La office siren recupera las gafas estrechas, las faldas de tubo y la estética corporativa de finales de los noventa. La pertenencia parece accesible porque basta con imitar una imagen, aunque esa imagen suele depender del dinero, el tiempo y unas condiciones físicas concretas.
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La clean girl permite observar con claridad esas contradicciones. Su apariencia se presenta como natural y sencilla, pero requiere productos, tratamientos y una dedicación considerable. Además, varios de sus elementos —el pelo tirante, los aros dorados o el perfilado de labios marrón con brillo— formaban parte desde hacía décadas de la estética de mujeres negras y latinas. Cuando ellas los utilizaban, podían ser considerados vulgares, poco profesionales o asociados a determinados barrios y clases sociales. Al aparecer en los perfiles de modelos e influentes blancas, pasaron a describirse como limpios, elegantes y sofisticados. La polémica alcanzó especial intensidad cuando Hailey Bieber popularizó el nombre brownie glazed lips para una combinación de maquillaje vinculada desde los años noventa a comunidades negras y latinas.
El adjetivo clean incorporaba, por tanto, una jerarquía que iba más allá de la belleza. La chica limpia aparecía joven, delgada, económicamente acomodada y, con mucha frecuencia, blanca. Su piel no tenía marcas visibles; su casa estaba ordenada; su jornada admitía ejercicio, preparación de alimentos y una larga rutina de cuidado. Quienes quedaban fuera de ese modelo podían reproducir el peinado o el maquillaje, pero seguían sin ocupar el centro de la imagen con la misma facilidad. Diversas creadoras negras y latinas respondieron recuperando el origen de esas prácticas y creando etiquetas propias, entre ellas Latina girl aesthetic y clean makeup for Black girls.
La categoría girl aparece así atravesada por la clase, la raza, la edad y la identidad de género. La cantante y creadora trans Dylan Mulvaney comprobó esos límites cuando publicó en 2024 la canción Days of Girlhood. La letra reunía muchos de los elementos habituales del discurso digital sobre la feminidad —vestirse, salir con amigas, ir de compras—, pero recibió una respuesta especialmente hostil de sectores que la acusaron de reducir la experiencia de las mujeres a una colección de tópicos. Perrone observa la contradicción: los mismos estereotipos continuaban circulando sin apenas resistencia bajo etiquetas creadas por mujeres cis, mientras que su utilización por una mujer trans provocaba una reacción mucho más intensa.
Este episodio muestra que la palabra conserva una función de frontera. Define una comunidad al tiempo que permite discutir quién tiene derecho a formar parte de ella. Una mujer adulta puede presentarse como girl para recuperar una juventud que siente incompleta, para participar en una broma colectiva o para distanciarse de las exigencias asociadas a la madurez. Una mujer trans puede emplearla para nombrar una experiencia a la que no tuvo acceso durante la infancia. Una mujer racializada puede encontrar en ella un espacio de identificación y, al mismo tiempo, comprobar que las imágenes más difundidas continúan respondiendo a un modelo blanco y privilegiado.
La música pop ha ampliado el significado de esta girlhood digital. En Girl, so confusing, Charli XCX y Lorde hablaron sobre la comparación, la inseguridad y la competencia entre mujeres dentro de la industria musical. Ambas se definen como chicas pese a encontrarse cerca de la treintena, y utilizan el término para describir una experiencia emocional compartida. Marina recurrió a la expresión Adult Girl para abordar una infancia y una adolescencia vividas bajo restricciones que ahora intenta recuperar. Taylor Swift convirtió la gira The Eras Tour en un espacio donde muchas seguidoras adultas volvieron a relacionarse con canciones, vestidos, pulseras y emociones de etapas anteriores de sus vidas.
En estos casos, girl se aleja de la clasificación estética y se aproxima a una memoria personal. La infancia femenina aparece como una experiencia que puede haber estado condicionada por la vergüenza, la vigilancia del cuerpo, la sexualización precoz o la obligación de abandonar ciertos gustos para ser tomada en serio. Recuperar esos gustos durante la edad adulta permite revisar lo que se aprendió a rechazar. El rosa, las canciones románticas, los lazos o la fascinación por una estrella del pop dejan de presentarse como pruebas de inmadurez y pasan a formar parte de una biografía cultural.
La filósofa Iris Marion Young explicó en su ensayo Throwing Like a Girl, publicado en 1980, cómo muchas niñas aprenden a ocupar menos espacio del que tienen disponible y a mover el cuerpo con una cautela que procede de la educación, la mirada externa y la amenaza de la violencia. Perrone utiliza esa tradición teórica para interpretar algunas expresiones contemporáneas de la girlhood. Las canciones de Charli XCX, Lorde o Marina presentan la posibilidad de llorar, bailar, enfadarse y mostrarse sin la contención exigida durante otras etapas. El término puede encerrar a las mujeres en una imagen reducida, aunque también les permite dar nombre a experiencias que habían permanecido dispersas.

La expansión de las girls responde, por tanto, a varias fuerzas que actúan al mismo tiempo. Las plataformas necesitan etiquetas simples; las marcas encuentran en ellas comunidades de consumo bien delimitadas; las usuarias buscan lenguajes con los que reconocer hábitos, emociones y contradicciones compartidas. El resultado es un vocabulario en el que conviven el humor, la nostalgia, la publicidad y los estereotipos.
Su carácter misógino depende en gran medida del contexto y de la forma en que se utilice. Llamar girl math a una justificación absurda de una compra puede funcionar como una parodia consciente entre amigas. Cuando esa misma fórmula se repite millones de veces, también contribuye a relacionar la feminidad con una supuesta incompetencia financiera. La girl dinner puede expresar el alivio de comer sin atender a las expectativas domésticas de preparar una comida completa para otros, aunque su asociación con porciones mínimas adquiere otro significado dentro de una cultura que vigila de manera constante el hambre y el cuerpo de las mujeres.
La popularidad de estas etiquetas revela hasta qué punto la identidad femenina continúa siendo un territorio de interpretación colectiva. Internet ofrece un nombre para cada variante y, poco después, una estética para representarla. Las mujeres pueden entrar y salir de esas categorías, combinarlas o burlarse de ellas, pero cada etiqueta arrastra una definición sobre cómo se comporta, qué consume y qué aspecto tiene la chica a la que pretende describir.
La pregunta más útil quizá no sea decidir si las girls de internet representan un avance o un retroceso. Conviene observar quién crea esas imágenes, quién obtiene beneficios de ellas, qué mujeres quedan en el centro y cuáles aparecen en los márgenes. Bajo la aparente ligereza de una cena improvisada o un cálculo financiero disparatado, las redes están negociando de nuevo el significado de la feminidad, la edad adulta y la pertenencia.

