The Mandalorian and Grogu es la continuación en la pantalla grande de The Mandalorian, cuya primera temporada dio inicio en 2019 a una sucesión de ficciones televisivas pertenecientes al universo Star Wars. Se estrenó apenas unas semanas antes de que la incoherente El ascenso de Skywalker (2019) llegara a los cines y, en comparación, resultaba mucho más humana y encantadora que las últimas películas de la saga. Creada por Jon Favreau, recordemos, la serie seguía al impertérrito cazarrecompensas que le da nombre, interpretado por Pedro Pascal y también conocido como Din Djarin, mientras recorría los rincones más salvajes y forajidos de la galaxia. Con el tiempo, el mandaloriano adoptaba como protegido a una adorable criatura parecida a Yoda llamada Grogu –o Baby Yoda–, un alienígena mágico de apenas 30 centímetros que se comunica con chillidos y gruñidos. La historia principal era más escueta que lo habitual en Star Wars, pero tenía el tamaño adecuado para la televisión: seguía rebosando de vistosos efectos visuales, aunque estaba menos preocupada por la grandilocuencia narrativa.
En la actualidad, sin embargo, las grandes sagas siempre necesitan expandirse, añadir personajes y generar narrativas adyacentes. The Mandalorian fue avanzando de forma cada vez más pesada a lo largo de tres temporadas para erigirse en el centro del universo televisivo de Star Wars y plataforma de lanzamiento para otras series, y la desesperación descarada de Disney por exprimir la marca resultó en nada menos que una docena más de series; incluso para Star Wars, hablamos de un nivel de saturación absurdo.

Teniendo eso en cuenta, llama la atención que el director de The Mandalorian and Grogu, Jon Favreau, se haya esforzado por buscar la contención y mantener la película la distancia de la mitología central de la saga -en realidad, no es necesario tener conocimientos sobre Star Wars o la serie a la que da continuación para sentarse frente a ella-, y eso es algo que en parte se agradece en nombre de la claridad y el sentido común. Sin embargo, se la va la mano. La película es The Mandalorian en su forma más básica: lo único que pide a los espectadores es que sepan que Din Djarin es el colmo de lo cool y que Grogu es irresistiblemente adorable. El uno elimina a tantos villanos en espectaculares escenas de acción que uno acaba perdiendo la cuenta, y el otro come muchísimas cosas raras.
El problema es que esa sencillez acaba privando a los personajes y lo que les sucede de toda facultad para sugerir peligro o trascendencia. The Mandalorian and Grogu se estructura de forma bastante laxa en torno a tres aventuras vagamente conectadas entre sí, y al verla uno tiene la sensación de estar viendo tres episodios de The Mandalorian —y ni siquiera tres especialmente importantes—, ensamblados y dopados con un presupuesto propio de largometraje y formato IMAX.

La peripecia argumental es irrelevante. Favreau va lanzando a sus personajes de una crisis a la siguiente, y entretanto llena el relato de persecuciones, peleas y combates espaciales, nuevos alienígenas estrafalarios y algún encuentros con la muerte. Pero, cada vez que la historia da la sensación de dirigirse hacia una aventurera galáctica de mayor escala, termina reculando. Prefiere contentarse con mostrarnos a su héroe metiéndose en problemas y al pequeño Grogu ayudándolo a salir de ellos. El problema es que el mandaloriano es menos una persona que un mero recipiente, alguien completamente estático y tan opaco como su casco.
Además, apenas tiene capacidad de decisión dentro de la trama, y su desarrollo como personaje ofrece muy poco que la serie no haya explorado ya. Similarmente anodinas resultan las escenas de acción de la película, coreografiadas con competencia pero raramente excitantes. El mandaloriano avanza a través de ellas entrando en lugares altamente fortificados sin encontrar resistencia significativa y despachando a todos sus adversarios de forma rápida y limpia. Y, decimos, la ausencia de tanto de un rostro visible como de diálogos realmente afilados que transmitan preocupación -o rabia, o desesperación, o algo- resulta difícil implicarse en lo que ocurre en pantalla. En cualquier caso, la iconografía de Star Wars que la salpica se bastará para que las jugueterías hagan negocio.

Sorprendentemente o no, la película luce su mejor perfil cuando asume riesgos y, más concretamente, cuando baja el ritmo: con diferencia, su parte más convincente es un extraño interludio casi silencioso a mitad de relato que transcurre en un mundo alienígena hostil y la acción se detiene por completo. Ese segmento equivale a un cortometraje de diez minutos, una historia minimalista escondida dentro de otro alarde maximalista de Hollywood. Es el tipo de narración puramente visual que muy pocos blockbusters se atreven a intentar y, aunque solo por unos minutos, insufla vida a toda la película.

