‘Todo un hombre’ y toda una pena

¿Una exploración de la hipermasculinidad en el mundo de Donald Trump protagonizada por ¿Una exploración de la hipermasculinidad en el mundo de Donald Trump protagonizada por Jeff Daniels? Debería molar, pero fracasa

Todo un hombre - Cultura

Jeff Daniels en la miniserie 'Todo un hombre' Netflix

La premisa era atractiva. Muy atractiva incluso. Un potentado inmobiliario en una guerra sin cuartel para conservar su imperio mientras los creadores analizan los retos de la masculinidad tóxica en tiempos de Trump basándose en una estupenda novela de Tom Wolfe y con Succession como referente indisimulado. ¿Qué podría salir mal si además metes en la ecuación a actores como Jeff Daniels, Diane Lane o Bill Camp? La respuesta, tristemente, es “casi todo”.

Nótese que el creador de la serie es alguien tan poco sospechoso como David E. Kelley, que tiene muchas muescas en la culata de su revólver de creador tanto de briosos dramas legales —como la muy recomendable The Lincoln Lawyer, mucho más ligera y entretenidísima— como de televisión de prestigio —con Big Little Lies como el ejemplo más brillante—. Los directores de los seis episodios, a tres por cabeza, son Regina King, que está haciendo el tránsito de actriz a directora con mucha solvencia, y un veterano como Thomas Schlamme, que tampoco falla en nada concreto. No se me ocurre nada que achacarles.

La serie narra los avatares de Charlie Croker, un magnate inmobiliario con mucho respaldo popular que está amenazado con la bancarrota, y sus esfuerzos para salir al paso, mantener su estatus como el macho alfa y derrotar a sus enemigos. Especialmente a Raymond Peepgrass, un personaje al que hace sentir pequeño, miserable y acomplejado, pero que amenaza todo lo que ha construido. Tom Pelphrey hace lo que puede, pero el papel le queda grande. O pequeño, si nos atenemos a las últimas escenas. Durante buena parte de la miniserie, me da la sensación de que es un Clark Kent venidísimo a menos.

Si además vemos la excelente interpretación de Daniels, que consigue salirse con la suya con un acento endiablado, todo debería estar bien. Pero a veces puedes tener todas las piezas y que el puzle no encaje. Y es una pena, porque la serie tiene momentos memorables.

Bill Camp, por ejemplo, está extraordinario como el capo del banco empeñado en hacer pedazos a Croker., El diálogo en el que pregunta a Peepgrass si cree que podría atizar a su rival es poderoso, especialmente cuando le responde: “¿Eso importa?”. Exacto. Para él sí importa. Esto no va de negocios. Va de otra cosa, primitiva y oscura. Debería ser interesante ver pavonearse a una panda de viejales midiéndose los genitales y peleando por convertirse en el alfa pero, en realidad, no lo es. El momento final, totalmente separado de la obra de Wolfe, incluso tiene una cierta poética indefinida, por más que no termine de funcionar.

La inseguridad masculina y el cambiante rol del hombre en nuestra sociedad son temas inagotables y relevantes. No hace falta ver televisión o seguir a los últimos gurús para saber que muchos señores se toman la vida más desde un punto de vista etológico que sociológico. Es interesante que la serie decida explorar estos temas. Simplemente, no lo hace demasiado bien.

Vidas paralelas

Los fallos de la serie salen a la luz porque se mantiene en paralelo otra trama protagonizada por Roger White, el abogado de Croker, interpretado por un estupendo Aml Ameen. En ella, intenta librar de la cárcel al marido de la secretaria de su jefe. Todo lo que falla en la trama principal, que en teoría es algo más original, funciona en esta secundaria, que en apariencia es más trillada.

¿Recuerda el Atento Lector lo que le pasó a Brian De Palma con La hoguera de las vanidades? Pues ha dejado rescoldos similares. ¿Es Elegidos para la gloria el único libro de Wolfe que ha tenido una traslación adecuada? Quizá sea por el origen de las historias. Ahí, con una historia real por detrás, se veía mucho más al Wolfe que ayudó a acuñar el Nuevo Periodismo que al agudo y verboso narrador que nos engatusó durante años con tramas chispeantes.

A menudo digo que prefiero un producto medianero que no aspira a nada y no consigue nada, que uno que apunta a las estrellas y se queda en aterrizaje forzoso. El primer episodio no ayuda, y parece incluso un buen lanzamiento. Pero fija expectativas que después no se cumplirán, con el premio de un cameo estupendo de Shania Twain, y unos personajes femeninos que, de forma consistente, dan sopas con hondas al grupo de machotes.

Espero ver alguna serie en la que volver a ver ese miedo atroz a perder imperios como quien pierde potencia sexual y relevancia social. Ver la caída tormentosa de hombres que han definido su masculinidad en función del dinero, el sexo o la influencia, y que terminan aterrados por la inexorable llegada de la entropía.

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