Me acerco a la sala oscura a hurtadillas, a ese milagro de Dreyer llamado Cines Embajadores. Que el dios del cine os bendiga, muchachos.
No conozco nada de Uyariy, que así se titula el último trabajo del cineasta peruano Javier Corcuera. Es una de esas películas aparcadas en el cajón de la long-list de cualquier crítico, analista y, desde luego, absolutamente ajena a los usos y costumbres del relato audiovisual. Ni dosieres de prensa, ni premieres, ni mucho menos alfombras rojas.
Pero como quien me la recomienda calurosamente es una de las personas a las que más estimo, personal e intelectualmente, hago el esfuerzo por ir al cine otra vez, una vez más. Ya van demasiadas en esta semana y la interminable temporada de premios, un hype cinematográfico que lo devora todo, sumada a los “esta sí que es buena Ignacio, de verdad”, me han dejado exhausto, sentimental, amargado, una película tras otra perdida.
Pero en cuanto se apagan los focos mi alma y sentidos, vista y oído principalmente, se estremecen. Y se me vuelve a encender una luz anaranjada en el corazón como al extraterrestre, pero en tonos rabiosos, iracundos a veces, otros coloreados por el resplandor de la música, y siempre conmovido y horrorizado a partes iguales por las cosas que pasan en esta roca perdida, que vaga por el universo y que esconde en su interior todo el fulgor y la oscuridad que la tribu de los humanos llevamos dentro.

En los primeros minutos de metraje asisto atónito a una dantesca carnicería en vivo. Cine crudo, directo, desasosegante, sin etalonar, cámara distante en ocasiones, amateur en otras, o en teleobjetivo, lo que le da más fuerza e impacto al conjunto. Sin más información por parte del director que una localización en un lugar que yo no ubico y una breve introducción de los hechos, veo sangre, obuses, aplastamientos, rostros quemados por el gas, mutilados, muertos, una batalla campal sin asfaltar entre Goliat, la Policía Nacional del Perú, con todo su músculo de tierra y aire, pero con la cara escondida en yelmos y caballos de fuego y unos davides ahítos de furia, piedras y poco más. Tremendo, durísimo uppercut al estómago nada más empezar. Mejor no ir con palomitas. Y claro, inmediatamente mi mente me traslada a otras masacres de morteros y drones asesinos, abyecciones humanas en la tierra de Jesucristo.
El problema es que estos fotogramas que me golpean también son reales. Todo aquí es auténtico, porque Uyariy no es ficción: es un documental. Tan vivo (y muerto) como la vida misma.
Javier Corcuera, veterano realizador de documentales y que se dio a conocer con su magistral La espalda del mundo, se fija esta vez en un terrible episodio de la recientísima historia de su Perú natal, que yo, perdónenme todos, desconocía, o, como mucho, leí en diagonal en nuestra algodonada Europa. La casualidad quiso que tanto el cineasta como su director de fotografía coincidieran en esas fechas, enero de 2023, en Lima. El propio Corcuera cuenta que él y su equipo consiguieron entrar en Juliaca para documentar las consecuencias del estallido social contra la presidenta Dina Boluarte y la matanza del 9 de enero de ese año, conocida como la Masacre de Juliaca, mismo escenario de unos acontecimientos similares acaecidos en 1965 y que acabó con cinco manifestantes muertos. Casi 60 años después, un macabro eterno retorno.

Resultado: 49 muertos (asesinados), 18 de ellos en la ciudad de Juliaca. Hasta aquí palabras, las mías, verbos, sustantivos, complementos circunstanciales, nunca mejor dicho. Nada más, ni nada menos que lo que todos los días vemos, escuchamos, leemos, con objetivos lejanos desde hoteles de cinco estrellas, tambores de guerra que nos llegan como un susurro.
Pero en Uyariy no.
“Uyariy” significa “escuchar” en quechua. Y aquí vamos a escuchar, sí, pero, sobre todo, vamos a contemplar el infierno en primera persona, la muerte mirándote a la cara, salpicándote. Nunca como ahora una imagen es más poderosa que mil palabras. Y Corcuera lo sabe. Y lo utiliza como mensaje. Por eso los primeros minutos son el horror puro sin tratar, salvaje, la naturaleza de la muerte. Aquí no hay artificio, puro montaje invisible (excelente trabajo, por otra parte, del editor Pau Die).
Y a partir de este punto, ya derrotados y con el alma sobrecogida, Corcuera nos da la mano, abre el obturador para que entre la claridad y nos cuenta la historia de su república, su tierra, Perú, un viaje de memoria, doscientos años de injusticia, de impunidad del estado hacia los indígenas peruanos, siervos a los que ni enseñan a leer ni a escribir (“indio leído, indio peligroso”), las esquinas del mundo, los desheredados. “No solo se nos mató. Se nos despreció”. Sí, hay algo peor que la muerte: la esclavitud moral.

Como en todo trabajo documental encontramos contextos, memoria y testimonios de familiares de las víctimas. Pero Corcuera es capaz, dentro de un formato que exige disciplina formal y narrativa, de mirar con ternura y arrojar luz sobre la herida, En Uyariy hay poesía entre las cenizas, como esos preciosos planos bañados por el sol andino en el Titicaca infinito, los ritos ancestrales de un pueblo acostumbrado a vivir escondido entre pesadas y coloridas llikllas, metáfora de sus tejedores, para luchar contra el helador aliento gubernamental. Y la música, siempre la música, cosida a este vértice de la tierra, que se desparrama en cada momento para regar sus flores marchitas.
P.D. Y donde están los desheredados, está la iglesia. Y pongo iglesia con minúscula porque en ella está la mayúscula, representada esta vez por un cura, Luis Zambrano, catalizador de la caricia de Dios, esa que se mancha las manos, la que pone la otra mejilla para que el poder se la parta, la que convoca a los sufrientes y la que nunca, jamás, se va: “He venido joven y me iré viejo”, confiesa el padre Luis. Esa Iglesia en mate, sin cromar, justo la que el cerebro de Silvia Abril no proyecta cuando piensa en ella.
