Estrenada hace apenas una década, Vaiana está considerada una de las últimas grandes joyas de la animación de Disney, si no la última. Tras lograr unos ingresos de taquilla sólidos aunque no espectaculares cuando llegó a los cines en 2016, en 2024 se reveló como la película más vista en streaming a través de cualquier plataforma a lo largo de los cinco años anteriores, y ese mismo año su secuela superó los mil millones de dólares de recaudación. Diez años, recordémoslo, no son nada. Todos tenemos bombillas más antiguas en casa, y la mitad de los niños que vieron Vaiana en el cine siguen siendo niños. Y, por todo ello, cabe preguntarse: ¿qué sentido tiene el remake de acción real que ahora se estrena? La respuesta más obvia es que a Disney le gusta mucho el dinero. Muchísimo. Y la nueva Vaiana recaudará una enorme cantidad de dólares, más que nada porque los remakes de acción real de Disney suelen hacerlo, incluso los que considerados fracasos de taquilla como Blancanieves (2025). Pero ¿es esa una razón suficiente para justificar su existencia?
A decir verdad, podría decirse que esta nueva Vaiana quizá sea el mejor remake de acción real producido por Disney hasta la fecha, en buena medida porque es una película extraordinariamente fiel a la original. La trama de ambas es la misma: una joven polinesia llamada Vaiana se une a un semidiós canalla llamado Maui —un tipo dotado de bíceps enormes, tatuajes con vida propia y una autoestima descomunal— con el fin de salvar su isla. También se pronuncian los mismos diálogos, y se cantan las mismas canciones aunque, eso sí, esta nueva versión incluye una mediocre melodía nueva titulada Along the Way; los gags y el diseño visual son casi exactamente los mismos.

Y, sin embargo, precisamente esa fidelidad pone de manifiesto hasta qué punto la nueva película es mera redundancia: todo lo que tiene de bueno debe ser atribuido a los responsables de su predecesora. Y pese a su empeño por rehuir cualquier riesgo o incluso la más mínima modificación como si fueran la peste, esta Vaiana palidece rotundamente frente a su predecesora. Sus números musicales no consiguen levantar el vuelo, y sus secuencias en alta mar naufragan por culpa de los deficientes efectos digitales que las fundamentan. Y ninguno de los defectos de la película original –la estructura episódica del viaje de sus protagonistas, sus monstruos, el deslavazado desarrollo de su peripecia argumental– ha sido solucionado. Es cierto que, esta vez, el espectador puede ver y oír a Dwayne Johnson exteriorizando tanto el narcisismo de Maui como su faceta de mentor bonachón en lugar de limitarse a escuchar su voz, pero su interpretación en la piel del personaje no es ni mejor ni peor que la que ofreció en la película original sino, simplemente, la misma.
En definitiva, no existen razones artísticas ni estéticas que justifiquen la existencia de esta Vaiana de acción real, y resulta casi imposible imaginar que alguien pueda preferirla a su célebre antecesora. Y, por mucho que este remake se presente como una película de acción real, lo cierto es que resulta evidente que su director, Thomas Kail, trabajó casi exclusivamente en platós y estudios, generando paisajes por ordenador y creando los personajes animales mediante un abuso de efectos digitales que no aportan ni magia, ni asombro, ni mayor sensación de realismo. Toda la película luce un acabado excesivamente artificial, de modo que prácticamente nada llega a parecer verdaderamente real. Sí, incluye algunos momentos digitales memorables que compensan, en parte, el hecho de que la acción real ofrece menos posibilidades creativas que la animación. Pero no se puede suplir la falta de animación añadiendo más animación porque, entonces, una película de acción real se convierte en una de animación.

Hay quienes sostienen que reinterpretar los clásicos de Disney en forma de películas de acción real presta un servicio a las nuevas generaciones, y aceptar ese argumento no impide reconocer que esta versión de Vaiana no tiene nada de singular, necesario o especialmente interesante. Si su predecesora se reivindicó como una reivindicación de la cultura de las islas del Pacífico, la única cultura que aquí se exhibe es la cultura corporativa, en virtud de la que una película querida por millones de personas se convierte en un producto hecho de sobras recalentadas y destinado exclusivamente a hacer caja. Y resulta especialmente irónico que lo que entonces fue una historia sobre la búsqueda de una identidad propia, ahora sea una película carente de toda identidad propia.
En cualquier caso, da lo mismo. Si un remake de acción real de Disney tan insustancial como Lilo & Stitch (2025) fue capaz de llenar las arcas de la compañía como lo hizo, esta Vaiana seguramente dará a sus ejecutivos la oportunidad de nadar entre montañas de billetes. Y eso sin duda garantiza que el estudio seguirá produciendo innecesarios remakes de acción real hasta que no quede ninguno por producir, aunque eso despoje a sus clásicos de su esencia en nombre del negocio y erosione el legado que la compañía pasó décadas construyendo.

