En una sala de control sin ventanas, donde las pantallas nunca descansan y el silencio es una forma de concentración, dos ingenieras jóvenes sostienen entre sus manos la salud de los satélites que España utiliza para comunicarse, vigilar, prevenir y reaccionar ante crisis. Rocío Valera e Itxaso Sánchez trabajan en Hisdesat, la compañía española responsable de los satélites gubernamentales de comunicaciones seguras y de observación radar, una infraestructura crítica para la defensa y la seguridad nacional.
Ninguna de las dos creció soñando con ser astronauta. Rocío lo descubrió tarde, “en tercero de carrera”, cuando eligió un par de optativas relacionadas con el espacio y sintió que aquello era lo suyo: “Tomé dos asignaturas y me encantaron. Ahí me di cuenta de que era realmente mi pasión”. Itxaso lo vio antes, con 16 años, en una actividad de orientación del instituto: “Me gustaba la astrofísica y la ingeniería. Allí me hablaron de aeronáutica y me abrió un camino que no conocía”. No tuvieron referentes femeninos, no había ingenieras del espacio en su entorno ni modelos que seguir. Solo curiosidad, matemáticas y la sensación de que ese mundo podía ser suyo.

Hoy, cada una opera un satélite distinto y complementario. Itxaso trabaja con PAZ, el satélite español de observación de la Tierra mediante radar, capaz de obtener imágenes de día y de noche, incluso con nubes, humo o tormentas.
PAZ está en órbita baja, así que solo lo ven cuatro veces al día, durante contactos que duran entre tres y nueve minutos. “Nuestros días se organizan alrededor de esos cuatro contactos”, explica. En ellos descargan imágenes, telemetría y comprueban cómo está el satélite. El resto del tiempo, PAZ vuela solo, así que antes de cada desconexión le envían todas las actividades que debe ejecutar: “Principalmente peticiones de imágenes de Defensa, de vigilancia marítima, de catástrofes naturales…”. PAZ es clave en emergencias: el volcán de La Palma, inundaciones, terremotos, vigilancia de barcos o monitorización internacional en escenarios sensibles. Su tecnología radar lo convierte en un instrumento esencial para la seguridad nacional y para la respuesta rápida ante crisis.

Rocío, en cambio, opera un satélite de comunicaciones geoestacionario, situado a 36.000 kilómetros. A diferencia de PAZ, este satélite está siempre visible desde el centro de control. “Tenemos contacto todo el rato. Podemos acceder a la telemetría y comandar en cualquier momento”, explica. Pero esa disponibilidad no significa improvisación: “Todo está muy planificado. Sabemos con una semana de antelación qué maniobras, comprobaciones o procedimientos vamos a ejecutar”. Su misión es garantizar que el satélite siga dando cobertura segura a Defensa, a misiones internacionales y a aliados. Un error en un comando puede comprometer la actitud del satélite o su capacidad de apuntar correctamente las antenas. “Un simple comando mal enviado puede hacer que el satélite pierda el control. Por eso entrenamos constantemente y revisamos todo”.

Ambas coinciden en que la clave para gestionar la responsabilidad es la preparación. “Tienes que entender la responsabilidad, pero no dejarte llevar por ella”, dice Itxasco. “Si estás en alerta constante, te quemas. La clave es prevenir y formarte”.
Rocío recuerda la primera vez que comandó: “Estás llena de nervios. Pero llevas tantas horas de entrenamiento que sabes lo que haces”. En operaciones, el mejor elogio es el silencio: “Si ningún cliente llama, significa que todo funciona. Que tienen cobertura. Que pueden hacer su trabajo”.

Trabajar para Defensa añade una capa más de exigencia. “Es un cliente que exige fiabilidad. No puedes despistarte”, reconoce Itxaso. Pero también aporta sentido: “Te da propósito. Sabes que lo que haces tiene impacto real en la seguridad”. A veces, ese impacto se olvida en la rutina, hasta que llega un mensaje, una noticia, un agradecimiento. En el caso de PAZ, las imágenes hablan por sí solas. En el caso del satélite geoestacionario, la mejor señal es que nadie note nada: que las comunicaciones sigan fluyendo, que las antenas estén bien apuntadas, que las misiones continúen.
Trabajar para Defensa añade una capa más de exigencia. “Es un cliente que exige fiabilidad. No puedes despistarte”, asegura Itxaso. Pero también aporta sentido: “Te da propósito. Sabes que lo que haces tiene impacto real en la seguridad”.
A veces, ese impacto se olvida en la rutina, hasta que llega un mensaje, una noticia, un agradecimiento. En el caso de PAZ, las imágenes hablan por sí solas. En el caso del satélite geoestacionario, la mejor señal es que nadie note nada, que las comunicaciones sigan fluyendo, que las antenas estén bien apuntadas, que las misiones continúen.

Ser mujer en un sector históricamente masculinizado añade otra capa de complejidad. Rocío destaca que “a veces existe la percepción de que estás aquí porque había un puesto reservado para mujeres. Y no es verdad. Hemos competido toda la vida con hombres”. Itxaso coincide: “Cada vez que entras en un entorno nuevo, notas esa barrera. Luego, cuando ya te conocen, desaparece”. Ambas reconocen que la situación mejora: cada vez hay más mujeres, más referentes, más normalidad. Pero la barrera inicial sigue ahí, sutil, persistente.
Cuando se les pregunta qué le dirían a una niña que mira al cielo sin saber si ese mundo puede ser suyo, responden casi al unísono: que pregunte, que se informe, que hay sitio para todo tipo de perfiles. “Un satélite necesita diversidad: gente que piense distinto. Y eso incluye a las mujeres”, dice Rocío. Y añaden algo más: que el espacio no es algo lejano ni reservado a otros países. “Es algo que hacemos aquí, gente normal, ingenieras como nosotras. No es ajeno”.

¿Y qué pasa cuando salta una alarma?
Cuando en el centro de control suenan sirenas y se enciende un testigo luminoso, todo el mundo sabe que algo no va bien. Las ingenieras lo describen como un cambio inmediato de atmósfera, casi de piel pues se detiene lo que se esté haciendo y el equipo entra en un modo de reacción que tienen interiorizado a base de simulacros. La alerta puede deberse a una desviación de la órbita, a un comportamiento anómalo de algún subsistema o a un reinicio provocado por partículas cargadas que han golpeado la electrónica.
Lo primero es parar cualquier comando no esencial y volcar toda la telemetría para entender qué ha pasado. A partir de ahí, se decide si el satélite ha sido capaz de corregirse solo -algo relativamente habitual en sistemas tan avanzados- o si hace falta intervenir. La amenaza que todos tienen en la cabeza es siempre la misma: perder el control del satélite, ya sea por una pérdida de actitud, un comando mal enviado o una cadena de fallos que impida orientarlo o mantener las comunicaciones. Por eso, cada vez que suena una alerta, se trata como si pudiera escalar, aunque luego quede en nada. “Si esperas a que el problema sea evidente, ya vas tarde”, resumen.

La amenaza de un satélite
En el espacio, la mayor amenaza no siempre es un fallo interno, sino lo que se mueve alrededor. “Cada vez hay más satélites ahí arriba”, cuentan, y eso hace que el entorno orbital sea más complejo y más imprevisible. A esa congestión se suma la chatarra espacial, miles de fragmentos que viajan a velocidades enormes y que pueden cruzarse con la trayectoria de un satélite operativo. “Un trozo de pocos centímetros puede hacer un daño enorme”, dicen. Los sistemas de vigilancia detectan esas aproximaciones y generan alertas cuando un objeto entra en una zona de posible colisión. Entonces toca analizar trayectorias, calcular riesgos y decidir si es necesario ejecutar una maniobra evasiva, algo que consume combustible -el recurso más limitado- pero que puede evitar un impacto capaz de inutilizar el satélite para siempre.
Para ellas, es una amenaza constante, un cielo cada vez más lleno, donde cualquier objeto, por pequeño que sea, puede convertirse en un problema real.
Dicen que el espacio no es un lugar lejano ni reservado a unos pocos, sino un trabajo que se construye desde tierra y en el que caben perfiles muy distintos. Detrás de cada satélite hay ingenieras, sí, pero también planificadores, analistas, programadores, operadores, especialistas en datos y gente que nunca imaginó trabajar en órbita.
Su propósito, coinciden, es acompañar a quienes llegan detrás y abrir un camino que ellas no tuvieron tan despejado. Ahora viven un momento especial, el final de vida de un satélite y el nacimiento de otro, con tecnologías nuevas y modos de operación que están aprendiendo desde cero. Y cuando se les pregunta por misiones que les gustaría vivir, sonríen: una misión tripulada sería “otro mundo”, un escenario con más presión y más responsabilidad, pero también una experiencia única.

