Para Claudia Galicia no fue fácil conseguir ser madre. Llevaba años en el deporte de élite, primero en el esquí de montaña. En 2013 asombró al mundo ganando una Titan Desert, una de las carreras más extremas que existen en bici, en su primera edición.
A partir de ahí se le abrieron las puertas para dedicarse al ciclismo profesional de montaña que siguió en paralelo con el esquí. En 2019, recibió el Premio Nacional del Deporte después de una dilatada carrera llena de éxitos entre los que se encuentran el oro en el Mundial de Skimo 2018 y el Campeonato de Europa XCM.
Inmersa en una de las modalidades deportivas donde más deficiencia energética existen, en muchos de los casos, las ciclista sufren amenorrea, falta de regla, u oligoamenorrea, que es desajustes en la menstruación. “Ese era también mi caso“, nos cuenta Claudia. “En mi etapa como deportista de élite tenía el ciclo muy irregular”, y ese es un error que luego reconoció haber cometido “pensar que la amenorrea es normal”.
Estos desarreglos consecuencia en ocasiones del deporte de alto rendimiento, afectaban directamente a la hora de poder ser madre, y ahí comenzó un camino durísimo de tres años “sobre todo a nivel mental” en el que trataba de quedarse embarazada pero no podía.
Recurrir a la fecundación in vitro
“Finalmente tuve que recurrir a la fecundación in vitro. De dos óvulos que tenía, me implantaron los dos y nacieron mis dos hijas, en el primer intento”. Un casi milagro y una nueva realidad. “No es lo mismo ser madre de un bebé que de dos”.

“Cuando yo era deportista de élite, toda mi energía la dedicaba a competir, a descansar, a pensar en mí, a rendir y al ser madre el concepto me cambió muchísimo. Rendir el 100% como ciclista o como esquiadora de montaña no era compatible con ser madre“. Aunque en principio intentó compaginar su doble maternidad con el deporte de élite, pronto vio que le era imposible “para mi era totalmente inviable”, reconoce “porque lo peor de todo es que no era feliz”.
“Después de todo lo que había pasado no quería estar diez días de viaje sin ver a mis hijas, hice uno y no lo pasé nada bien, yo en mi caso lo tuve muy claro”, confiesa de una situación en la que se vio desbordada “si no dormía una noche me agobiaba pensando que no iba a poder competir, así que me dije ¿pero que estás haciendo?”.

“Admiro muchísimo a quienes si que lo hacen, pero eso no era para mí“. Con la perspectiva del tiempo ahora está segura de que “yo no hubiera vivido estos 3 años con mis hijas compitiendo como los he vivido”.
La renuncia
El hecho de que Claudia Galicia se hubiese incorporado tarde al deporte, y tuviese otra profesión, la de arquitectura técnica, le permitió reinventarse sin que el factor económico fuese la razón. “Mi razón nunca tuvo que ver con eso, la principal fuente de ingresos para mí es mi otra profesión“, nos explica.
Aunque no sabe cómo hubiese podido ser si su deporte le hubiese provisto de otro tipo de ingresos “si me hubiese podido permitir una chica, que mi marido no trabajase, llevarme conmigo a mis hijas a los viajes, quizá hubiese cambiado todo”, reflexiona, aunque sabe que habla de una parte ínfima del deporte de élite.
Claudia pertenece a ese 73% de las mujeres deportistas de élite que renuncian parcial o totalmente a la vuelta de su actividad laboral según el estudio MADER. Sin embargo, los medios y muchas veces el foco lo ponemos en ese pequeño porcentaje menor al 30 por ciento que sí lo combinan.
Imágenes como las de Ana Peleteiro con su medalla ganada en el Europeo y su hija en brazos acaparan titulares, portadas y halagos. Es un gran logro aunque quizá debamos asumir que lo común es otra realidad. “A veces el resultado no es un éxito personal. Es solo un resultado deportivo. Para mí el éxito no es el resultado, es como haces las cosas”, apunta Claudia.
