El fútbol femenino argentino vuelve a estar en el foco, sacudido por un caso que durante años permaneció en la sombra y que ahora estalla con fuerza. Lo que comenzó en 2021 como una denuncia formal ha derivado en un escándalo de gran alcance tras la decisión de varias jugadoras de hacer públicas sus experiencias.
Cinco futbolistas apuntan al entrenador Diego Guacci, a quien acusan de comportamientos reiterados de acoso sexual, abuso de autoridad y hostigamiento. Con relatos en primera persona y nuevos detalles que hasta ahora no habían salido a la luz, el caso reabre el debate sobre la seguridad de las deportistas y la respuesta de las instituciones del fútbol.
Cuando el anonimato se rompe
Durante años, la denuncia avanzó lejos del ruido mediático. Las futbolistas optaron por canalizar su caso ante el Comité de Ética de la FIFA con el respaldo de FIFPro, buscando un entorno que les ofreciera cierta protección. El anonimato era, en ese momento, una condición clave.
Pero esa barrera terminó rompiéndose. La difusión de sus identidades cambió por completo el escenario y dejó a las jugadoras expuestas. A partir de entonces, varias de ellas decidieron dar un paso más: hablar abiertamente. No solo para defender su posición, sino también para completar una historia que, según aseguran, hasta ahora no se había contado en toda su dimensión.
Un vestuario bajo tensión
Las jugadoras Gabriela Garton, Luana Muñoz, Aldana Cometti y Camila Gómez Ares dibujan un escenario que, según coinciden, iba mucho más allá de lo deportivo. En sus testimonios describen un entorno incómodo, atravesado por comentarios reiterados del entrenador, muchos de ellos con un tono sexual o claramente inapropiado.
Entre las frases que recuerdan aparecen algunas especialmente contundentes: “¿Qué tengo que hacer para que juguéis bien? ¿Meterlas en la ducha y cogerlas?”, “Eres como todas las demás, capaz de bajarte los pantalones y hacerte violar para estar en la selección”.
Pero, según explican, no se trataba solo de estallidos puntuales. También mencionan comentarios frecuentes que, aunque menos explícitos, contribuían a generar un clima constante de incomodidad: “¡Mira qué linda estás!”, “¡Qué linda sonrisa tienes!”, “¿Tus papás saben que eres lesbiana?”, “¿Por qué no me mandas fotos tuyas?”
De acuerdo con sus relatos, este tipo de expresiones formaba parte del día a día, tanto en entrenamientos como fuera de ellos. La reiteración de estas conductas, sostienen, terminaba por diluir los límites profesionales y consolidar un ambiente marcado por la tensión.

Poder y decisiones cuestionadas
Más allá de los comentarios, las futbolistas describen un funcionamiento interno marcado por la presión constante. Según sus testimonios, el lugar dentro del equipo no dependía únicamente del rendimiento, sino también del vínculo con el entrenador Diego Guacci, lo que generaba un escenario de desigualdad difícil de gestionar.
Gabriela Garton relató situaciones en las que fue señalada delante del grupo, episodios que, según explica, incrementaban la tensión en el vestuario. En paralelo, Luana Muñoz apuntó que algunas decisiones deportivas parecían responder a criterios alejados de lo estrictamente futbolístico.
De acuerdo con las denunciantes, ese control no terminaba en los entrenamientos o los partidos. También alcanzaba el ámbito personal, con preguntas recurrentes sobre su vida privada, relaciones y aspectos íntimos que, según sostienen, no tenían lugar en la relación entre entrenador y jugadoras.
El factor que lo explica todo
Uno de los aspectos más sensibles del caso tiene que ver con el contexto en el que se encontraban muchas de las futbolistas. Varias eran muy jóvenes, algunas incluso menores de edad, y otras estaban lejos de su entorno familiar, dependiendo en gran medida de las decisiones del entrenador para avanzar en sus carreras.
En ese escenario, cada comentario o actitud adquiría un impacto mayor. Luana Muñoz recordó cómo determinadas situaciones vividas durante su adolescencia le afectaron profundamente. Otras jugadoras coinciden en que el temor a perder oportunidades dentro del equipo condicionaba cualquier posible reacción, reforzando un clima en el que denunciar o enfrentarse resultaba especialmente difícil.
Un testimonio decisivo
Entre todos los relatos, uno sobresale por su gravedad. Se trata del testimonio de la quinta denunciante, que optó por preservar su identidad, pero cuya versión introduce un elemento clave en el caso: el acoso fuera del entorno deportivo.
Según explicó, el contacto con el entrenador Diego Guacci se trasladó al ámbito privado. En una videollamada, él se mostró en ropa interior mientras le solicitaba contenido íntimo.
La futbolista relató que, tras negarse, la situación no terminó ahí. El acoso continuó durante meses. En ese mismo episodio, el entrenador insistió con otro mensaje: “Esto nunca me pasó antes, tú eres la primera. Tú me pones así. Por favor no se lo digas a nadie, te prometo que no va a volver a pasar”.
La resolución que genera polémica
Pese al volumen de testimonios presentados, la FIFA decidió cerrar el expediente sin aplicar sanciones. La resolución se apoyó en un argumento claro: no existían pruebas suficientes para confirmar los hechos denunciados.
Sin embargo, el propio organismo introdujo un matiz que ha generado controversia. En su informe, dejó constancia de que esa conclusión no debía interpretarse como una prueba de que los hechos no ocurrieron, una afirmación que muchas voces consideran contradictoria.
Para las jugadoras, el resultado evidencia un proceso incompleto. Cuestionan especialmente que, en la fase final, no se les permitiera volver a declarar, mientras que el acusado sí tuvo la oportunidad de exponer su versión.
Un conflicto que no se cierra
Lejos de cerrarse, el caso abrió una nueva etapa de enfrentamiento. Tras la resolución de la FIFA, el entrenador Diego Guacci impulsó acciones judiciales contra las futbolistas, a las que acusa de haber dañado su reputación. La respuesta no tardó en llegar: las jugadoras presentaron denuncias por difamación, lo que mantiene el conflicto activo en el ámbito legal.
Al mismo tiempo, el impacto del caso trascendió lo deportivo. El seguimiento mediático también generó tensiones, y algunas periodistas denunciaron presiones por informar sobre el tema, lo que añade una nueva capa de complejidad a un escándalo que sigue creciendo.
Un sistema bajo lupa
Más allá de las responsabilidades individuales, el caso ha dejado al descubierto carencias profundas dentro del fútbol femenino. La ausencia de protocolos eficaces, la inestabilidad laboral y la fuerte dependencia de las decisiones técnicas configuran un escenario donde este tipo de conductas puede pasar desapercibido o no recibir respuesta adecuada.
Las jugadoras insisten en que su intención va más allá de relatar lo ocurrido. Plantean la necesidad de cambios reales que garanticen espacios seguros y mecanismos de protección efectivos, con el objetivo de evitar que situaciones similares vuelvan a repetirse.

Romper el silencio
Tras años sin hablar públicamente, las futbolistas decidieron dar un paso adelante y asumir las consecuencias de contar lo vivido. La exposición mediática, el impacto emocional y las posibles repercusiones en sus carreras han sido parte de un proceso difícil.
A pesar de ello, se mantienen firmes en su decisión y subrayan el valor de haber alzado la voz. El caso en la selección argentina trasciende una denuncia concreta y abre una discusión más amplia sobre el uso del poder, la protección de las deportistas y la capacidad de las instituciones para responder.
El final todavía está por escribirse. Pero hay algo que ya ha cambiado: quienes durante años permanecieron en silencio ahora ocupan el centro del debate.
