Las claves de la economía de la volumetría de datos y los algoritmos

Interesante diálogo entre la catedrática Ana Reyes y el periodista Manel Pérez organizado por la Sociedad Barcelonesa de Estudios Económicos y Sociales (SBEES) de Foment del Treball y la Fundación La Caixa

La economía de la volumetría de datos y los algoritmos a debate. Los datos son el petróleo de la nueva economía, pero en bruto valen poco. Esa fue la idea que recorrió el diálogo que la catedrática Ana Reyes y el periodista Manel Pérez mantuvieron en CaixaForum Madrid. El encuentro forma parte del ciclo ‘El dividendo de la colaboración’, que organizan la Sociedad Barcelonesa de Estudios Económicos y Sociales (SBEES) de Foment del Treball y la Fundación La Caixa.

Pérez, subdirector de La Vanguardia y conductor del ciclo, abrió la conversación con un paralelismo entre los datos y las materias primas. “Hoy los datos son la materia prima fundamental de la nueva economía y una materia prima no tiene valor hasta que se da el salto cualitativo que permite convertirla en algo útil. Lo mismo pasa hoy con los datos”, planteó.

Recogió el guante Reyes, catedrática de Comercialización e Investigación de Mercados de la Universidad Rey Juan Carlos y especialista en análisis biométrico, inteligencia artificial y comportamiento del consumidor. “El verdadero valor económico de los datos surge de la capacidad para transformar esa información en decisiones útiles mediante algoritmos”, respondió.

La investigadora desmontó la idea de que acumular información sea en sí misma una ventaja. “La volumetría de los datos no es, por sí sola, la fuente del valor económico. El valor nace en la intersección entre el volumen de datos disponible y la capacidad algorítmica de transformarlo en decisiones útiles”, explicó.

Cada búsqueda en internet, cada compra, cada desplazamiento o cada señal de un dispositivo conectado genera información. Pero no todos los datos valen lo mismo, insistió Reyes. Lo decisivo es la calidad y la relevancia de esa información, la pregunta que se le formula y la capacidad de los algoritmos para detectar patrones y convertirlos en conocimiento accionable.

Esa transformación tiene ya efectos visibles en la vida cotidiana. Los algoritmos deciden qué productos se recomiendan a un consumidor, qué contenido aparece primero en una plataforma, qué oferta recibe un usuario o qué solicitudes superan un proceso automatizado. Por eso, explicó la catedrática, se están convirtiendo en un activo estratégico para las empresas y ayudan a entender el peso creciente de los intangibles en su valor.

Para ilustrar su tesis, Reyes recurrió a su propia investigación biométrica, un terreno en el que un volumen reducido de datos de alta calidad puede ofrecer más conocimiento que cantidades muy superiores de registros genéricos. A su juicio, este tipo de datos permite anticipar con más precisión cómo reaccionará una persona ante un estímulo.

El primer ejemplo fue el proyecto que dirigió con el Museo Thyssen-Bornemisza y Quirónsalud para medir las emociones que despiertan 125 obras de arte, combinando la respuesta galvánica de la piel, la codificación de expresiones faciales y el seguimiento de la mirada. El estudio generó 12.700 métricas que se tradujeron en aplicaciones concretas: una colección digital organizada según las emociones que provocan las obras y una selección de piezas con carga positiva para los espacios hospitalarios.

El segundo, desarrollado con la Sociedad Española de Neurología, la Universidad Rey Juan Carlos e IKEA, analizó las emociones asociadas a cocinar y comer. Entre sus conclusiones, cocinar acompañado eleva de forma significativa la alegría, mientras que comer mirando el móvil ofrece un perfil emocional más desfavorable.

En ambos casos, resumió Reyes, el valor no dependió tanto del volumen como de la capacidad de esos datos para generar una señal relevante y facilitar decisiones.

Esta lógica, defendió la catedrática, abre una puerta a las compañías de menor tamaño. Frente a las grandes plataformas tecnológicas, cuya ventaja se ha basado en manejar cantidades ingentes de información, las organizaciones medianas pueden competir con datos propios de calidad, conocimiento especializado de su sector y un uso más preciso de los algoritmos. “El terreno de juego puede equilibrarse parcialmente. Una muestra bien diseñada y orientada a una pregunta empresarial concreta puede tener mucho más valor que millones de registros sin un objetivo claro”, sostuvo.

A ese factor sumó otro cada vez más determinante: la confianza. En un contexto de creciente preocupación por el tratamiento de los datos personales y biométricos, las empresas que expliquen con claridad qué recogen, para qué y con qué garantías pueden convertir la transparencia y el uso responsable de la inteligencia artificial en una ventaja competitiva.

El diálogo terminó en el terreno con Reyes recordando que “Europa está tratando de responder a estos retos mediante un marco regulatorio que incluye el Reglamento General de Protección de Datos, el Data Act y el Reglamento de Inteligencia Artificial, con el objetivo de compatibilizar la innovación con la protección de los derechos de ciudadanos y consumidores”.

Pero dejó claro que el camino no pasa por poner límites al desarrollo de esta economía, sino por aprender a gobernarla. “El reto no es frenar la economía del dato, sino garantizar que la información que generamos se traduzca en algoritmos transparentes, auditables y capaces de generar valor compartido. De cómo construyamos esa economía algorítmica dependerá una parte importante de la competitividad de las próximas décadas”, concluyó.

La sesión fue presentada por Félix Riera, director de la Sociedad Barcelonesa de Estudios Económicos y Sociales de Foment del Treball. Al evento asistió Francisco Hiraldo, director general de Artículo14.

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