Londres. Cinco años después de su muerte, Felipe de Edimburgo empieza a ocupar ese lugar que la historia reserva a ciertas figuras incómodas pero indispensables; el de quienes no fueron amados de manera unánime, pero sí resultaron esenciales. Murió en el castillo de Windsor el 9 de abril de 2021, a los 99 años; lo que queda hoy, en este quinto aniversario, no es sólo la memoria del consorte de Isabel II… es la de un hombre que ayudó a dar tono, disciplina y resistencia a la monarquía británica durante más de medio siglo.
Felipe tenía, incluso dentro de la familia real, una procedencia distinta. Nacido en Corfú el 10 de junio de 1921 como príncipe de Grecia y Dinamarca, su primera educación sentimental fue la de la fractura europea: exilio, separación, desplazamiento, escuelas severas y una formación que premió antes la entereza que el consuelo. Aquella biografía temprana ayuda a explicar casi todo lo demás (su reserva, su austeridad emocional y esa inclinación persistente a considerar la vida, por encima de todo, como una cuestión de deber).
Antes de convertirse en una figura constitucional fue un oficial naval. Sirvió en la Royal Navy durante la Segunda Guerra Mundial, con servicio en el Mediterráneo y el Pacífico, y esa experiencia dejó en él una huella más profunda que cualquier barniz cortesano. En el mundo naval encontró una carrera y una gramática: claridad, rapidez, jerarquía, resistencia al sentimentalismo… Aun cuando la Corona absorbió su vida, Felipe conservó siempre el aire del hombre que prefería la cubierta al salón, la tarea al gesto, la eficiencia a la ceremonia.
Su papel histórico empezó de verdad en 1952, cuando Isabel II subió al trono. Ser el marido de una reina reinante era una posición constitucionalmente menor y psicológicamente exigente: estar en el centro sin ocuparlo, vivir junto al poder sin ejercerlo, aceptar la visibilidad sin soberanía. Felipe resolvió esa paradoja convirtiéndose en un elemento de soporte. Cuando la Reina dijo en 1997 que había sido su strength and stay, no recurrió a una fórmula de ocasión; describió con notable precisión la función que había desempeñado dentro de la institución.
A lo largo de las décadas, aportó a la Casa de Windsor algo menos vistoso que el carisma y bastante más útil, estructura interna. Fue el corrector del exceso, el impaciente ante la autocomplacencia, el defensor de una idea antigua del servicio público según la cual la utilidad vale más que el lucimiento. No siempre fue simpático. En ocasiones no quiso serlo. Su franqueza, sus comentarios bruscos y su tolerancia escasa hacia la tontería alimentaron durante años una reputación de hombre áspero. Pero, precisamente por eso, su figura resistió mejor que otras el desgaste del sentimentalismo póstumo. Nunca se presentó como una criatura de consenso.
La prueba más tangible de su legado fuera del aparato ceremonial sigue siendo The Duke of Edinburgh’s Award, fundado en 1956 y convertido con el tiempo en una de las iniciativas juveniles más duraderas vinculadas a la familia real. No era una obra filantrópica concebida para adornar un currículo institucional, sino una expresión bastante fiel de sus convicciones: formar carácter, premiar el esfuerzo, sacar a los jóvenes de la comodidad y empujarlos hacia la responsabilidad.
El funeral celebrado en St George’s Chapel, Windsor, el 17 de abril de 2021 siguió un orden de servicio acordado por él en vida y reflejó sus afiliaciones militares y sus preferencias personales. Las restricciones por la pandemia dieron a aquella ceremonia una severidad adicional y produjeron una imagen ya inscrita en la memoria pública británica: la Reina sola, enlutada, sentada a distancia. Pocas veces la contención nacional encontró una forma visual tan exacta. Fue una escena adecuada para despedir a un hombre que había pasado toda su existencia pública defendiendo la compostura, el deber y la forma.
Cinco años después, Felipe de Edimburgo parece menos un personaje secundario del reinado isabelino que uno de sus elementos constitutivos. Isabel II encarnó la continuidad; él ayudó a sostener sus mecanismos. Ella representó la permanencia; él aportó energía, dureza y sentido de la estructura. Felipe comprendió mejor que nadie que el símbolo sólo sobrevive cuando detrás existe una disciplina real. Ésa fue, en último término, su contribución. El armazón.
