#LaRopaHabla

Dieta del algoritmo: ¿por qué todas acabamos con el mismo armario?

Bienvenidas al maravilloso mundo del algoritmo. El "dios" que guía ahora nuestros armarios... ¿Nuestra propuesta? ¡Limpia tu 'feed'!

Fotografía: Kiloycuarto
Fotografía: Kiloycuarto

Una chica sale de su casa en Londres. Otra sale de la suya en Sevilla. No se conocen de nada, no se han visto en su vida y evidentemente no tienen nada que ver la una con la otra.

Sin embargo, podrían llevar exactamente el mismo pantalón, las mismas zapatillas, el mismo bolso y las mismas gafas. Además, conjuntadas prácticamente igual. ¿Casualidad?

No exactamente. Bienvenidas al maravilloso mundo del algoritmo. El “dios” que guía ahora nuestros armarios. Para explicar por qué ahora parece que todas vestimos de una manera clónica tengo que irme al principio de este sistema que llamamos moda y explicar lo que es una tendencia.

Alguien inventa algo, otra persona lo copia, alguien lo modifica (quizá simplificándolo un poco) y, como quien no quiere la cosa, aquello se convierte en tendencia y cada vez lo lleva más gente. Lo que pasa es que aquellos que empezaron con la moda en cuestión se cansan de que todos vayan igual y se ponen otra cosa… y así comienza a girar otra vez la noria. Esto no es nuevo, por cierto. Ya lo explicó el sociólogo Georg Simmel a principios del siglo XX: la moda avanza por un doble movimiento de imitación y diferenciación. Unos copian para pertenecer, otros huyen en cuanto son copiados, para distinguirse de nuevo. Lo que ha cambiado no es el mecanismo. Es la velocidad.

La moda siempre ha tenido algo de contagioso porque vestir es una forma de pertenecer. Antes una tendencia podía tardar meses o incluso años, décadas o siglos en llegar desde una pasarela (o Palacio) hasta la calle. Pasaba por las revistas, las tiendas, las prescriptoras y, finalmente, las consumidoras. Hoy puede aparecer un look en Londres por la mañana y estar siendo imitado en Madrid, Sevilla o Nueva York esa misma tarde.

Instagram y TikTok han convertido la moda en una conversación simultánea mundial. Antes teníamos temporadas. Ahora tenemos microtendencias. Antes había tiempo para que una imagen se asentara y pudiéramos analizarla, interiorizarla y decidir que pensábamos sobre ella. Ahora podemos pasar del “¿pero quién se va a poner eso?” al “necesito ese bolso” en cuestión de días (debido al bombardeo constante de esa imagen que antes veías intermitentemente durante meses antes de generar deseo).

Lo curioso es que aquí aparece una gran paradoja: tenemos más posibilidades que nunca para vestir diferente y, sin embargo, cada vez es más fácil que acabemos vistiendo todas igual. Porque el algoritmo no sabe qué es elegante, qué es original ni qué te representa.

Sabe que consigue que te quedes mirando. Si te paras ante diez vídeos de bailarinas, te enseñará bailarinas. Si guardas veinte looks con pantalones de pinzas, probablemente te enseñará otros veinte. Si empiezas a interactuar con una determinada estética, el algoritmo entiende que eso es lo que quieres y te lo devuelve multiplicado. Y llega un momento en el que algo que al principio nos parecía extraño empieza a parecernos familiar. Después nos parece bonito. Después lo queremos y, lo que es más fuerte, creemos que hemos elegido nosotras, aunque quizá solo sea que hemos visto el mismo vestido suficientes veces. Al igual que esa chica de Londres o de Sevilla.

Y aquí, en mi opinión, aparece el problema que más daño hace: estamos perdiendo la oportunidad de descubrir qué cosas nos gustan a nosotras. De verdad. Y es que para tener estilo hace falta algo que el algoritmo no tiene: criterio. El estilo no consiste en conocer todas las tendencias sino en saber cuáles quieres dejar entrar en tu armario y cuáles no. Por eso creo que, de vez en cuando, deberíamos hacer algo que practicamos mucho menos que ordenar el armario: ordenar nuestro feed. Hacer limpieza. Dejar de seguir a esa cuenta que cada vez que aparece consigue que pensemos que necesitamos comprar algo. Dejar de consumir perfiles que nos enseñan una versión tan homogénea de la moda que terminamos creyendo que existe una única manera correcta de vestir. Y buscar.

Buscar mujeres que no se parezcan a nosotras. De otras edades, otros países, otras profesiones. Mujeres que tengan un estilo reconocible aunque no estén llevando la tendencia del momento. Diseñadoras, artistas, arquitectas, fotógrafas, actrices, historiadoras, mujeres de la calle. Porque… ¡Sorpresa! También podemos educar al algoritmo. Si guardamos lo que realmente nos inspira, buscamos cosas diferentes y dejamos de premiar con nuestra atención aquello que nos aburre, nuestro feed empieza a cambiar.

Quizá por eso, la próxima vez que Instagram nos enseñe por quinta vez el mismo pantalón, deberíamos preguntarnos algo muy sencillo: ¿me gusta este pantalón o me gusta porque llevo dos semanas viéndolo? No se trata de vestir diferente por obligación, ni mucho menos de convertirnos en esa persona que presume de no seguir ninguna tendencia, sino de recuperar una pequeña parcela de libertad. Porque si dejamos que otros decidan constantemente qué vemos, qué deseamos y qué consideramos bonito, quizá terminemos dejando que también decidan cómo queremos vernos a nosotras mismas (y no hablo sólo de la ropa).

Así que ahora que está por llegar una nueva temporada te propongo una nueva “operación bikini”. Pero esta vez para nuestro algoritmo. Limpia tu feed. Busca inspiración. Cuestiona lo que ves. Elige lo que de verdad te representa. Porque para dominar tu estilo debes empezar por dominar tu algoritmo.