Legado

El hijo de Audrey Hepburn: “La elegancia de mi madre nació del hambre”

En 'Intimate Audrey', Sean Hepburn Ferrer recompone a la actriz lejos del mito; una mujer cuya gracia nació de la escasez, la guerra y una disciplina aprendida demasiado pronto

Audrey Hepburn, su marido Mel Ferrer y su hijo Sean

Hubo un tiempo en que la elegancia parecía una cuestión de estilo. Una forma de vestir, de entrar en una habitación, de sostener un cigarrillo largo entre los dedos. Y Audrey Hepburn fijó durante décadas esa idea en nuestra memoria. Nadie como ella para resumir, en una silueta, todo un siglo de refinamiento. Y, sin embargo, el libro con el que su hijo, Sean Hepburn Ferrer, vuelve ahora sobre su figura propone una enmienda decisiva a esa lectura. La elegancia de Audrey, viene a decir, nació de la privación y del hambre.

Ese desplazamiento de perspectiva es el centro de Intimate Audrey, la biografía autorizada que Ferrer firma junto a Wendy Holden y que ha llegado este mes a las librerías. El propósito es bajar a Audrey Hepburn del pedestal sin restarle altura moral.

Audrey Hepburn en el festival de cine de Taormina

En entrevistas recientes, Sean Hepburn Ferrer ha insistido en que quería devolver a su madre “a la tierra”, apartarla del brillo unívoco con que la cultura popular la ha fijado, para mostrar a la mujer completa… a la niña marcada por la guerra, a la hija abandonada, a la madre entregada, a la celebrity desconfiada del artificio y a la trabajadora humanitaria que consideró su labor con UNICEF como su “segunda y más importante carrera”.

La tesis resulta poderosa porque invierte una imagen muy consolidada. Audrey Hepburn fue, sí, el rostro perfecto de una cierta idea de belleza del siglo XX, la actriz de Vacaciones en Roma, Sabrina o Desayuno con Diamantes, la musa de Givenchy, la mujer cuya delgadez, sus grandes ojos y su contención parecían componer una estética natural de la gracia.

Pero su hijo recuerda que esa contención tuvo otra escuela; la Holanda ocupada por los nazis, la malnutrición, el miedo a las redadas… Según las informaciones publicadas a raíz del libro, la actriz sobrevivió a la hambruna de guerra, cargó secuelas físicas y emocionales de aquellos años y quedó determinada por una infancia atravesada por la escasez y la amenaza.

Ferrer también entra en las zonas menos cómodas de la biografía, como el abandono del padre cuando Audrey era todavía una niña, el peso de una familia compleja, los matrimonios difíciles, las pérdidas y la vulnerabilidad de una mujer a quien la cámara transformó en emblema.

También por eso la última etapa de Audrey Hepburn ocupa un lugar central en este nuevo retrato. Entre 1988 y 1993 fue embajadora de buena voluntad de UNICEF y viajó a países de África, Asia y América Latina para denunciar la situación de la infancia en contextos de guerra, hambre y pobreza. Su hijo ha subrayado estos días que aquella no fue una labor ornamental ni una extensión amable de su fama, sino un compromiso riguroso, trabajado y profundamente personal.

La guerra, al fin y al cabo, no era para ella una abstracción moral ni una causa lejana. Había conocido el hambre de niña y reconocía su humillación allí donde volvía a repetirse. En una de esas entrevistas, Ferrer llega incluso a decir que su madre habría quedado “destrozada” ante el estado actual del mundo.

Lo interesante es entender que aquella elegancia que parecía caerle del cielo venía en realidad del barro. Del hambre, del miedo, de la necesidad de hacerse pequeña para no romperse. El mundo, quizá, tomó por sofisticación lo que pudo ser una manera de sobrevivir… una mujer que hizo de la herida una forma de estar en pie.

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