Cada concierto multitudinario parece necesitar ya un espacio secundario capaz de producir sus propios vídeos virales. Bad Bunny tuvo La Casita durante los diez recitales que ofreció en Madrid entre mayo y junio. Shakira ha encontrado su equivalente en el paseíllo con el que atraviesa el recinto antes de alcanzar el escenario. Alrededor de la cantante avanzan decenas de personas vestidas con monos metalizados y gafas futuristas. Entre ellas empiezan a distinguirse los rostros conocidos que alimentarán la conversación del día siguiente.
Durante las tres primeras noches de la residencia Las mujeres ya no lloran, el público ha aprendido a escrutar las pantallas para identificar a los invitados. En el concierto inaugural caminaron junto a Shakira Chanel, Vicco, Nebulossa, el locutor Tony Aguilar, la comunicadora Cristina Boscá y la diseñadora Ágatha Ruiz de la Prada. La segunda noche participaron Paula Echevarría, su hija Daniella Bustamante y Lola Lolita. En la tercera, el relevo correspondió a Marta Díaz, Mar Lucas, Lucía Bellido, Nia Correia, Jedet y Karina, entre otras invitadas.
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La caminata se ha convertido así en una pasarela de celebridades, con un peso evidente de las creadoras de contenido. Algunas participan mediante acuerdos con marcas. Paula Echevarría reconoció en Instagram que su presencia formaba parte de una acción publicitaria. La residencia reúne música, moda, gastronomía y entretenimiento en Macondo Park, de manera que la incorporación de influencers responde a la estructura comercial del acontecimiento. Cada invitada graba su experiencia, publica el vídeo y amplía la difusión del concierto entre una audiencia que quizá nunca consumiría una crítica musical o una información sobre la gira.
La comparación con Bad Bunny resulta inevitable. La Casita, una reproducción de una vivienda popular puertorriqueña, nació durante la residencia y acompañó después al cantante en su gira. En Madrid se convirtió en el palco más observado del estadio Metropolitano. Ester Expósito, Ana de Armas, Marta Ortega, Chiara Ferragni, Los Javis, Judeline, María León, Hiba Abouk, Lola Lolita, Noah Schnapp, Marcelo, Carmen Machi, Paco León, Carlos Alcaraz, Dulceida, Marina Rivers y RoRo pasaron por ella. También hubo futbolistas como Héctor Bellerín, Koke y Achraf Hakimi. La lista cambiaba cada noche y acabó generando una cobertura casi paralela al propio concierto.
Bad Bunny había concebido La Casita como una fiesta de marquesina y un homenaje a la cultura de Puerto Rico. El problema apareció cuando los encargados de completar aquel espacio comenzaron a seleccionar personas entre el público. Durante los primeros conciertos madrileños, las cámaras mostraron una presencia abrumadora de chicas jóvenes, delgadas y ajustadas a un mismo canon estético. Las redes sociales denunciaron que los llamados “recolectores” buscaban principalmente mujeres normativas para bailar alrededor del artista. En la tercera noche aumentó la diversidad de edades, cuerpos y perfiles, una corrección que confirmó que las críticas habían sido escuchadas.
El paseíllo de Shakira utiliza también la fama como reclamo y convierte el acceso al escenario en una credencial social, pero su significado visual es diferente. Los invitados llevan un vestuario común y forman parte de una comitiva coreografiada. Las mujeres no han sido situadas allí como cuerpos anónimos elegidos para bailar junto a un cantante masculino. Caminan con Shakira, ocupan el mismo recorrido y participan en una entrada concebida alrededor de la idea de comunidad que la artista denomina “la manada”.
Esa diferencia evita la cosificación que marcó los primeros conciertos de Bad Bunny en Madrid. Las acompañantes de Shakira poseen además una identidad pública previa: son cantantes, actrices, diseñadoras, comunicadoras o personalidades de las redes sociales convocadas por su capacidad de generar atención. Su presencia puede responder a acuerdos publicitarios y estrategias de promoción, pero el espectáculo no las reduce a una apariencia física intercambiable. Jedet, Marta Díaz o Nia Correia aparecen con sus propios nombres y trasladan la experiencia a sus comunidades digitales.
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El recurso encaja también con el discurso de una gira articulada alrededor de la alianza entre mujeres. Esa retórica puede resultar superficial cuando se limita a proclamas motivacionales, aunque el paseíllo consigue traducirla en una imagen comprensible: Shakira llega acompañada, rodeada por una comunidad mayoritariamente femenina y diversa en profesiones, edades y trayectorias. Frente a la mujer escogida entre la multitud porque cumple un canon corporal, aparece la invitada identificable que acepta integrarse durante unos minutos en una narración colectiva.
Todavía quedan nueve conciertos y el paseíllo tendrá que renovarse para conservar el interés. Dulceida, Violeta, Clerss y Fabiana Sevillano figuran entre los nombres que podrían incorporarse durante las próximas fechas. Al margen de los invitados musicales —Laura Pausini ya apareció para cantar Antología y se esperan nuevas sorpresas—, las “caminantes” se han convertido en otra pieza del espectáculo.
Shakira ha comprendido la lección de La Casita: los famosos dentro de un concierto producen una conversación que rebasa la música. Ha introducido, sin embargo, una corrección importante. Su paseíllo conserva la exclusividad, la publicidad y el exhibicionismo propios de estos acontecimientos, pero las mujeres que lo recorren aparecen como invitadas y colaboradoras. Nadie necesita seleccionarlas por su cuerpo para que las cámaras decidan mirarlas.

