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Lara Alonso del Cid, 20 años siendo la piedra singular del Grupo Mentidero

Hablamos con la empresaria, experta en marketing y madre de seis hijos sobre la concepción sostenible sobre la que se ha materializado el proyecto junto a la interiorista Chesu Puente

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Cuando Lara Alonso del Cid (Madrid, 1979) conoció a la interiorista Chesu Puente supo que era un idilio para durar. Algo que, con el tiempo, no solo se ha demostrado cierto sino que se ha ido materializado hasta desembocar en su última gran obra: un exclusivo alojamiento rural en las inmediaciones de Comillas, el primero además del Grupo Mentidero.

“En 2007 hicimos el catering de su boda y a partir de ahí coincidimos en varias ocasiones por amigos comunes”, recuerda la empresaria y socia, junto a Borja Anabitarte, del grupo madrileño sobre su primer contacto con la decoradora. “Después, esa amistad fue cobrando fuerza y, en 2020, la contratamos para que hiciera la gran reforma del [primer restaurante del grupo] el Mentidero De la Villa en la calle Almagro, así como la apertura del nuevo local La Mentira. El éxito de estos dos locales nos empujó a contratarla hace tres años para la nueva finca de bodas, Villa Saudade; otro gran acierto”, añade. 

Alonso del Cid, que lleva desde los 20 años siendo la piedra singular del Grupo Mentidero, estudió en ESIC marketing y empresariales y ahora co-dirige un grupo que gestiona más de 200 empleados en tres ramas de negocio: restauración, cátering y eventos, y ahora, por primera vez, también hotelería. Fue junto a su ahora marido y socio (Anabitarte, que estudió cocina en Suiza) con quien se inició en la carrera de fondo de la hostelería, comprando su primer restaurante en 1999 y apenas superando la veintena. Junto a esto, en ese momento compatibilizaba esta primogenia experiencia en la hostelería (en el restaurante el Mentidero) con una experiencia laboral en empresas como IBM o Pfizer y una incipiente pasión por los eventos, por la que terminó apostando como guinda a la alianza de su matrimonio significó para lo que hoy constituye el grupo Mentidero. 

Veintisiete años después, co-dirige un total de seis restaurantes, un servicio de bodas, eventos corporativos y celebraciones privadas que lo ha convertido en uno de los referentes de la capital. Ahora, además, ambos suman a esta lista otro éxito: La Casería de la Mar, una maravillosa finca agrícola de 19 hectáreas y antigua vaquería en la que ha trabajado junto a Puente para su apertura ya oficial. Hablamos con ella para la ocasión. 

¿Cómo encontrásteis el terreno de La Casería y por qué decidisteis apostar por él para este proyecto?

Atraídos por la idea de veranear en el norte y aconsejados por varios amigos, vinimos un verano a conocer Comillas y nos quedamos absolutamente enamorados del pueblo, de los paisajes y de la gente. Así que, cuando apareció la oportunidad de adquirir esta finca, no lo dudamos y nos lanzamos. Sentimos que tenía algo muy especial: una mezcla de naturaleza y calma, prados abiertos, río, bosque… Y todo al lado de una de las zonas más bonitas de Cantabria. 

¿Cómo casa la elección de Comillas en el debut de hospitalidad de Grupo Mentidero?

La verdad ese que en un principio, la Casería iba a ser nuestra casa de veraneo, de tranquilidad y calma, pero una vez estudiamos bien el proyecto y las posibilidades que tenía (unido a que somos empresarios y que siempre estuvo en nuestra mente montar un hotelito), hicimos la fusión y dimos el paso. Comillas combina patrimonio histórico, naturaleza espectacular, posicionamiento turístico en crecimiento y demanda de turismo de alto nivel, creando el contexto perfecto para desarrollar un hotel boutique con fuerte diferenciación y atractivo internacional. Era, sin duda, el lugar perfecto para el proyecto, ya que no existe nada igual en esta zona y a nivel cultural y turístico, Comillas es un paraíso.

“Nos interesaba que cada [habitación] tuviera su propia personalidad, pero que todas compartieran el mismo lenguaje y una sensación de refugio”

¿Por qué decidisteis apostar por, exactamente, 8 habitaciones y có mo habitan cada una de ellas el espacio?

Desde el principio tuvimos claro que queríamos muy pocas habitaciones. La idea no era hacer un hotel grande, sino más bien una casa de campo abierta a huéspedes. Ocho habitaciones nos permitía mantener esa sensación de calma, de cuidado y de privacidad. Nos interesaba que cada una tuviera su propia personalidad, pero que todas compartieran el mismo lenguaje y una sensación de refugio.

La cocina es, sin duda, uno de los lugares físicamente más singulares de la finca. ¿Cómo concebísteis el concepto de restauración allí? 

El hotel esta concebido con la idea de recibir en nuestra casa y, al ser Borja chef, toda nuestra vida gira entorno a una cocina… Y a una buena comida. Por este motivo, la cocina es el corazón de la casa, donde queríamos que se transmitiera paz y cercanía, además que fuera un espacio muy vivo, muy abierto y donde el huésped sintiera que es su casa, que es algo que es parte de nuestro lenguaje y filosofía. 

En cuanto a la oferta gastronómica que se ofrece en La Casería, está abierta exclusivamente a los huéspedes así que solo se da un servicio de desayuno y de cena bajo previa reserva.

Y por la parte decorativa, ¿cómo se diseñó esa cocina de composición tradicional y materiales nobles con un toque, a la vez, tan contemporáneo?

El diseño de la cocina se centró en crear un espacio muy grande de trabajo, donde Borja pudiera tener la opción de cocinar con inducción o con brasas sin tener que moverse de la misma zona… La madera, el mármol, el cobre y los colores cálidos y azules, hicieron que todo cobrara sentido. Nos interesaba mucho que fuera un espacio cálido, donde apetezca quedarse a la tertulia y no solo cocinar. También era fundamental tener muchas ventanas para dejar entrar la luz y poder disfrutar de las maravillosas vistas. Buscábamos algo que pareciera una cocina de siempre, casi de casona cántabra, pero con una lectura más actual. La pila antigua, los calderos… Todo nos recuerda a lo de siempre. 

“Queríamos que todo fuera ejecutado por proveedores locales, desde el constructor, que es de Santander, pasando por el proveedor de las cocinas y el paisajista que son de Comillas…”

Otra de las cosas que hace especial esta renovación es la apuesta por el kilómetro cero y los materiales sostenibles en toda la finca; desde la cocina junto a una marca local de Comillas pasando por los suelos de piedra de la zona o las puertas hechas en Aranda de Duero. ¿Qué supuso esta concepción y cómo fue llevarla a cabo?

Queríamos que todo fuera ejecutado por proveedores locales y así se hizo; desde el constructor, que es de Santander, pasando por el proveedor de las cocinas y el paisajista que son de Comillas; hasta por ejemplo la carpintería exterior que es de Unquera. Todos los que han sido partícipes de este proyecto han realizado un grandísimo trabajo y no podríamos haber elegido mejor.

La mezcla de luz natural gracias a las cristaleras que abundan en los espacios comunes, junto con los textiles de los interiores y una estética personal y cálida, pero muy atemporal, también es un éxito poco frecuente en alojamientos de este tipo. ¿Cómo trabajasteis esta amalgama de conceptos y, sobre todo, cómo optasteis por la sencillez más elegante como carta ganadora?

Tenemos la suerte de ser grandes amigos de Chesu Puente, que desde un principio entendió nuestra idea y lo importante que era para nosotros que el cliente sintiera este lugar como su hogar. Es una gran decoradora y fue muy fácil trabajar con ella. De hecho, todas las ideas que nos proponía eran perfectas y tanto los materiales, como los textiles y los complementos encajaban perfectamente con nuestro concepto. 

“ Queríamos que fuera un espacio muy silencioso, muy esencial, y donde el protagonista fuera el paisaje”

Quizá la guinda de esta idea de exclusividad de la Casería es el spa, con su efectivo y minimalista concepto y sus vistas insuperables. ¿Cómo fue su diseño y terminación?

Desde hace unos años, la salud es un pilar muy importante en mi familia, por eso el spa lo imaginamos casi como un punto extra para encontrar ese equilibrio en este hotel. Queríamos que fuera un espacio muy silencioso, muy esencial, y donde el protagonista fuera el paisaje. Por eso apostamos por un diseño muy minimalista; materiales muy naturales y grandes ventanales hacia el exterior. La idea es que el huésped sienta que sigue dentro del paisaje, incluso cuando está en el agua; que relaje y se encuentre en la inmensidad del Parque de Oyambre.

¿Créeis que el binomio entre ambas (Chesu y Lara) ha sido también parte del éxito de este proyecto donde predomina la sensibilidad y el espíritu campestre?

Totalmente. Chesu tiene una sensibilidad enorme para los espacios, los materiales, la atmósfera y, sobretodo, a la hora de hacer, de un espacio, un hogar cálido y único. Uno de sus puntos fuertes es sin duda la iluminación y, en el grupo Mentidero tenemos una forma muy intuitiva de entender la hospitalidad: para que el huésped sienta en todo momento el cariño y atención que se merece, aunque sin perder, por ello, la esencia y filosofía que promulgamos en todo lo que hacemos. Al final, creo que este proyecto mezcla las dos cosas constantemente, y por eso hace que el lugar sea tal y como es.

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