Para Lorena Matos, dirigir un restaurante va mucho más allá de coordinar operaciones: implica construir una experiencia emocional donde cada gesto, ritmo y detalle responda a una misma narrativa. Al frente de la experiencia integral de Dolce Positano, defiende una visión de la hospitalidad basada en la observación, la naturalidad y una sofisticación que rehúye lo artificioso, donde la armonía interna del equipo es inseparable de la calidez que percibe el cliente.
En esta entrevista, Matos reflexiona también sobre liderazgo, creatividad y el papel de las mujeres en la hostelería, reivindicando estructuras más flexibles, referentes visibles y nuevas formas de dirigir desde la empatía y la firmeza. Su mirada sitúa la restauración como un espacio donde estética, gestión y emoción conviven para dejar una huella que va más allá de lo gastronómico.
En Dolce Positano diriges la experiencia integral del restaurante. ¿Cómo se traduce una visión estética y emocional en decisiones concretas del día a día?
Para mí, la estética y la emoción no son conceptos abstractos, sino herramientas. Se traducen en cómo se ilumina una mesa, en el ritmo al que sale un plato o en el tono con el que atendemos a un cliente. Cada decisión operativa tiene un impacto directo en cómo se siente la persona que nos visita. Intento que todo responda a una misma intención: que el cliente desconecte, disfrute y sienta que está en un lugar cuidado y coherente.
Has liderado la creación conceptual del espacio, desde la ambientación hasta los estándares de servicio. ¿Qué importancia tiene para ti que un restaurante cuente una historia coherente en cada detalle?
Es fundamental. Hoy en día, un restaurante no es solo gastronomía, es una experiencia completa. Cuando todos los elementos, desde la música hasta la vajilla o la atención del equipo, cuentan la misma historia, se genera algo muy potente: credibilidad. En Dolce Positano queríamos trasladar una idea muy clara de Mediterráneo elegante y emocional, y eso solo funciona si cada detalle suma en la misma dirección.
Eres la primera cara que recibe a los clientes. ¿Qué has aprendido sobre hospitalidad estando tan cerca de la experiencia real de cada mesa?
He aprendido que la hospitalidad real está en la observación. No hay dos mesas iguales ni dos clientes con la misma expectativa. Estar en primera línea te enseña a leer gestos, tiempos y estados de ánimo. A veces, el mejor servicio es intervenir menos; otras, anticiparte sin que se note. Esa sensibilidad solo se adquiere estando cerca y escuchando de verdad.
Coordinar equipo, operaciones y servicio exige mucha precisión. ¿Cuál dirías que es la clave para mantener la armonía interna sin perder la calidez de cara al cliente?
La clave está en el equilibrio entre estructura y confianza. Necesitas procesos claros para que todo funcione, pero también un equipo que se sienta cómodo y valorado para poder transmitir calidez. Cuando el ambiente interno es sano y hay comunicación, eso se percibe directamente en la sala. La armonía no se fuerza, se construye desde dentro.
Dolce Positano proyecta sofisticación y cuidado. ¿Cómo se construye una experiencia memorable sin que resulte rígida o artificial?
La sofisticación no debería estar reñida con la naturalidad. De hecho, cuando algo es demasiado rígido, deja de ser elegante. Buscamos una experiencia muy cuidada, pero flexible, donde el cliente se sienta cómodo siendo él mismo. La clave está en los pequeños gestos espontáneos, en la cercanía del equipo y en permitir que cada servicio tenga algo vivo.

Trabajas muy de cerca con Roberto Castellano en un proyecto con una identidad muy definida. ¿Cómo equilibráis la visión creativa, la gestión y la toma de decisiones dentro del restaurante?
Es un equilibrio que se construye desde el respeto mutuo. Hay una visión creativa muy clara, pero también una parte operativa que tiene que sostenerla. Nos complementamos bien porque entendemos que ninguna de las dos áreas funciona sin la otra. Las decisiones se toman siempre pensando en el conjunto, no desde un solo punto de vista.
En un sector tan exigente como la hostelería, ¿qué habilidades consideras imprescindibles para liderar un equipo con sensibilidad, firmeza y constancia?
Diría que tres: empatía, claridad y resistencia. La empatía para entender al equipo, la claridad para marcar el rumbo y la resistencia para mantener ese rumbo incluso en momentos de presión. Liderar en hostelería implica estar muy presente, tanto emocional como operativamente.
Como mujer al frente de la dirección integral de un restaurante, ¿has sentido que has tenido que demostrar más para que tu liderazgo sea reconocido?
En algunos momentos sí, especialmente al inicio. Es un sector donde históricamente ha habido más referentes masculinos en posiciones de dirección. Pero también creo que eso está cambiando. Hoy intento centrarme más en el trabajo y en construir un liderazgo sólido y coherente que en justificarlo constantemente.
Desde una mirada feminista, ¿qué cambios te gustaría ver en la hostelería para que más mujeres puedan ocupar espacios de dirección y liderazgo con mayor visibilidad?
Me gustaría ver estructuras más flexibles, más conciliación y, sobre todo, más referentes visibles. Cuando ves a otras mujeres liderando, es más fácil imaginarte ahí. También creo que es importante revisar ciertas dinámicas del sector que siguen siendo muy exigentes a nivel de horarios y cultura laboral.
Cuando un cliente sale de Dolce Positano, ¿qué te gustaría que recordara más?
Me gustaría que recordara cómo se sintió. Más allá de un plato o un momento concreto, que tenga la sensación de haber vivido algo especial, cuidado y auténtico. Si conseguimos eso, todo lo demás cobra sentido.
