Antes de convertirse en Patti Smith, la mujer de la camisa blanca, la mirada desafiante y la voz que cambiaría para siempre la historia del rock, hubo una joven que llegó a Nueva York con poco dinero, algunos libros y la determinación de convertirse en artista. Era el verano de 1967. Tenía veinte años y todavía no había publicado un disco, ni escrito sus memorias, ni imaginado que algún día su nombre aparecería junto al de los grandes creadores del siglo XX.
En aquella ciudad encontró a Robert Mapplethorpe, un muchacho de mirada inquieta que tampoco sabía exactamente qué iba a hacer con su talento. Se enamoraron. Y durante un tiempo, antes de que la fama y la vida adulta los condujeran por caminos distintos, fueron simplemente dos jóvenes intentando encontrar su lugar en el mundo.
Casi seis décadas después, Patti Smith regresa a España para recoger el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026. Lo hará a las puertas de los ochenta años, convertida en una figura cuya influencia excede ampliamente la música. Poeta, escritora, fotógrafa, cantante y símbolo de una generación que hizo de la libertad una forma de expresión, Smith sigue conservando algo de aquella muchacha que recorría Manhattan con Robert Mapplethorpe. Quizá por eso, entre todos sus libros, ninguno permite acercarse tanto a ella como Éramos unos niños, las memorias que publicó en 2010 y que escribió para cumplir una promesa hecha a su antiguo amante antes de morir.

Dos desconocidos en Nueva York
Cuando Patti llegó a Nueva York procedente de Nueva Jersey, la ciudad estaba viviendo uno de sus momentos culturalmente más fértiles. Andy Warhol había convertido su Factory en un centro de reunión de artistas, músicos y personajes extravagantes; la poesía convivía con el rock y los límites entre las distintas disciplinas parecían cada vez menos importantes. Pero ese ambiente, que hoy contemplamos a través de fotografías en blanco y negro y relatos legendarios, tenía una cara bastante menos glamurosa para quienes carecían de recursos.
Patti trabajaba en lo que podía, pasaba horas en librerías y alimentaba una vocación artística todavía difícil de definir. Robert también sobrevivía con poco. Se habían conocido por casualidad en Brooklyn y pronto empezaron a compartir una vida hecha de habitaciones pequeñas, comidas improvisadas y una confianza casi absoluta en que algún día serían capaces de hacer algo importante.
En Éramos unos niños, Smith reconstruye aquellos años con una precisión que evita idealizar completamente la pobreza. Habla de sus dificultades económicas, de la ropa que encontraban en tiendas de segunda mano, de las pequeñas celebraciones y de la importancia que adquirían los objetos cuando apenas se poseía nada. Pero, sobre todo, cuenta cómo dos personas pueden sostenerse mutuamente mientras descubren quiénes quieren llegar a ser. Robert la animaba a escribir, a dibujar, a confiar en sus intuiciones. Patti acompañaba sus experimentos artísticos y posaba para sus primeras fotografías. Ambos compartían referencias literarias, inquietudes espirituales y un entusiasmo por el arte que terminaría siendo el centro de sus vidas. No se trataba únicamente de una relación sentimental: estaban aprendiendo a mirar el mundo juntos.

El Chelsea Hotel y los años en que todo parecía posible
En 1969 se instalaron en el Chelsea Hotel, aquel edificio de la calle 23 que había alojado a escritores, músicos y artistas y que acabaría convirtiéndose en una de las direcciones míticas de la cultura neoyorquina. Por sus habitaciones y pasillos circulaban personajes que luego serían protagonistas de una época. Allí, Patti y Robert dejaron de sentirse completamente ajenos a ese mundo que hasta entonces habían contemplado desde fuera.
El Chelsea ocupa un lugar fundamental en Éramos unos niños, una especie de territorio sentimental donde se mezclan el descubrimiento, la ambición, la incertidumbre y los primeros contactos con la fama. Smith recuerda encuentros con artistas y escritores, visitas a locales como Max’s Kansas City y conversaciones que parecían prolongarse hasta la madrugada. Su mirada, sin embargo, conserva la perspectiva de quien entonces observaba todo aquello con asombro.
Mientras Robert avanzaba hacia la fotografía, Patti comenzaba a encontrar su voz entre la poesía, la interpretación y la música. Sus aspiraciones no eran idénticas, pero todavía estaban profundamente entrelazadas. El mundo artístico que ambos deseaban conquistar empezaba, por fin, a abrirles sus puertas.
También fue durante aquellos años cuando su relación sentimental comenzó a transformarse. Robert fue explorando su homosexualidad y su identidad como artista, un proceso que modificó la intimidad que compartían. La separación amorosa no llegó acompañada de una ruptura definitiva. Conservaron una cercanía que sobreviviría a nuevas parejas, trayectorias profesionales y vidas cada vez más independientes.
Esa es una de las particularidades más interesantes de su historia. Patti Smith no cuenta un romance frustrado ni convierte a Mapplethorpe en el hombre que perdió. Lo que aparece en sus memorias es una relación que cambia de naturaleza sin desaparecer, una intimidad que encuentra otras formas de mantenerse.

La musa de la camisa blanca
Hay una fotografía que resume como pocas la relación artística entre Patti Smith y Robert Mapplethorpe. Es la portada de Horses, el álbum que ella publicó en 1975 y que inauguró una nueva manera de entender la música rock. En la imagen, Patti aparece de pie, con una camisa blanca de hombre, una cinta oscura al cuello y una chaqueta sobre el hombro. No sonríe ni intenta agradar. Mira directamente a la cámara con una mezcla de naturalidad y desafío. La fotografía se ha convertido en una de las imágenes más reconocibles de la música actual.
La tomó Mapplethorpe en el apartamento de Sam Wagstaff, su pareja y mecenas. Patti había elegido su ropa, incluida aquella camisa blanca, y Robert sabía cómo quería trabajar con la luz. No hicieron falta grandes artificios. La confianza entre ambos permitió construir una imagen que parecía sencilla, pero que desafiaba muchas de las convenciones sobre cómo debía presentarse una cantante.
Smith fue una de las primeras musas de Mapplethorpe, pero nunca se limitó a ocupar ese lugar. La portada de Horses es también el retrato de una mujer que estaba construyendo conscientemente su propia identidad. Su apariencia andrógina, alejada de los códigos habituales de feminidad en la industria musical, acabó convirtiéndose en una referencia estética que todavía hoy conserva toda su fuerza.

La fotografía habla, además, de una forma de complicidad poco frecuente. Mapplethorpe veía en Patti una belleza ajena a los cánones tradicionales; ella confiaba en su capacidad para capturar algo verdadero. Años después, Smith explicaría que trabajar con él resultaba natural precisamente porque existía entre ambos una confianza anterior a la fotografía. Ninguno necesitaba representar un personaje delante del otro.
Aquella muchacha que había llegado a Nueva York sin saber cómo ganarse la vida se había convertido en una artista capaz de imponer su imagen, su voz y sus propias reglas. Robert estaba detrás de la cámara, pero era ella quien decidía cómo quería presentarse ante el mundo.
Una vida después de Robert
Los años fueron separando sus vidas cotidianas. Mapplethorpe se consolidó como uno de los fotógrafos más provocadores de su generación, mientras Patti desarrollaba su carrera musical y se convertía en una figura esencial del rock. En 1980, ella se casó con Fred ‘Sonic’ Smith, guitarrista de MC5. Se trasladó al área de Detroit y durante buena parte de la década siguiente llevó una vida alejada de la exposición pública. Tuvieron dos hijos, Jackson y Jesse, y Patti encontró en la maternidad y en la vida familiar una experiencia muy distinta de aquella juventud neoyorquina.
Su retiro parcial de los escenarios no significó que hubiera abandonado la creación. Continuó escribiendo y trabajando en música, aunque sus prioridades y sus ritmos habían cambiado. La mujer que había desafiado las convenciones del rock se permitía ahora una existencia doméstica que tampoco necesitaba justificar ante nadie. Su relación con Mapplethorpe permaneció. Ya no eran los dos jóvenes que compartían habitación y se preocupaban por pagar el alquiler, pero seguían formando parte de la biografía del otro.

En 1986, al fotógrafo le diagnosticaron sida. La enfermedad avanzó en un momento en el que el VIH seguía rodeado de miedo, prejuicios y una enorme estigmatización social. Mapplethorpe continuó trabajando durante sus últimos años, mientras Patti mantuvo el contacto con él. Murió el 9 de marzo de 1989, a los 42 años. Poco antes le había pedido que escribiera la historia de ambos. Smith aceptó, aunque todavía pasarían muchos años antes de que encontrara la forma de hacerlo.
La promesa que acabó convirtiéndose en Éramos unos niños
Después de la muerte de Robert llegaron otras pérdidas. En 1994 falleció su marido, Fred Smith, y poco después también murió su hermano Todd. Patti tuvo que reorganizar su vida familiar y su carrera mientras afrontaba una sucesión de duelos. Durante años fue incapaz de terminar el libro que había prometido a Mapplethorpe. Escribió otros textos en su memoria, entre ellos The Coral Sea, pero regresar al principio de su historia compartida resultaba doloroso. La escritura de aquellas memorias exigía algo más que ordenar recuerdos: suponía volver a una época y a una persona que ya no existían. Finalmente, en 2010, publicó Just Kids, editado en España como Éramos unos niños por Lumen. El libro obtuvo el National Book Award de no ficción y se convirtió en una de las obras más celebradas de su trayectoria literaria.
Su éxito tenía poco que ver con el interés convencional por las memorias de una estrella del rock. Smith no se recreaba en los nombres famosos ni utilizaba su juventud para alimentar la mitología de una época. Por el contrario, recuperaba los pequeños detalles de una existencia compartida: los dibujos, los libros, las habitaciones, las prendas de ropa, los días de hambre y las esperanzas que todavía no tenían forma. Mapplethorpe aparece en sus páginas antes de convertirse en Mapplethorpe. No es el artista consagrado ni el fotógrafo rodeado de polémicas. Es Robert, el muchacho con quien compartía los días y a quien veía crear, dudar y buscar su lugar. Patti lo devuelve a una etapa anterior a las etiquetas que más tarde definirían su figura pública. También se retrata a sí misma sin la seguridad que le otorgaría el éxito. La joven Patti Smith de esas páginas es vulnerable, curiosa, a veces insegura y capaz de entusiasmarse ante un libro, una pintura o una conversación. Hay una ternura particular en ese regreso a la juventud, aunque la autora nunca pierde del todo la lucidez sobre las dificultades que vivieron.
Éramos unos niños es, en definitiva, un libro sobre la amistad y el amor, pero también sobre el momento en que una persona comienza a convertirse en quien será. Sobre lo que debemos a quienes nos conocieron antes de nuestros logros y sobre la posibilidad de conservar, a través de la escritura, una parte de lo que el tiempo se lleva.
Patti Smith, una vida dedicada al arte
En diciembre Patti Smith cumplirá ochenta años. Su presencia en Asturias, donde recibirá el Premio Princesa de Asturias de las Artes el próximo 23 de octubre, permite volver la mirada sobre una trayectoria que ha atravesado más de medio siglo sin perder su singularidad. La artista ha recibido el reconocimiento por una obra que une música, poesía, fotografía y literatura. El jurado ha destacado especialmente su capacidad para conectar la tradición poética con la contracultura y la rebeldía, así como su influencia en distintas generaciones de creadores.
Patti Smith, una mujer que comenzó su carrera al margen de tantas convenciones, llega a esta edad convertida en una figura de referencia para artistas mucho más jóvenes. Su imagen continúa apareciendo en revistas de moda, exposiciones y libros de fotografía. Aquella camisa blanca de Horses sigue inspirando editoriales y colecciones, pero su influencia no se limita a la estética. También está en su forma de envejecer, de seguir trabajando y de mantener la curiosidad por lo que ocurre a su alrededor.
Cuando recibió la noticia del premio, Smith expresó su gratitud hacia España, un país con el que mantiene un vínculo especial desde su primera actuación en Badalona, en octubre de 1976. Medio siglo después, celebrará aquel aniversario con un concierto en Gijón. En su mensaje de agradecimiento aseguró que, pese a estar cerca de cumplir ochenta años, el reconocimiento le hacía sentirse rejuvenecida.
Para entender esa vitalidad quizá haya que regresar a las páginas de Éramos unos niños. A la muchacha que leía poesía, recogía objetos abandonados y recorría Nueva York junto a un joven fotógrafo que todavía estaba descubriendo su mirada. A los dos artistas que se ayudaron a construir un futuro sin saber exactamente cómo sería.
Patti Smith ha sido musa, cantante, poeta, madre, viuda y escritora. Ha conocido el éxito y ha tenido que aprender a convivir con la ausencia. Pero nunca ha permitido que ninguna de esas identidades agote lo que es. Y acaso esa sea una de las razones por las que continúa fascinando: porque, incluso convertida en leyenda, sigue pareciendo interesada en lo que vendrá después.
Robert Mapplethorpe no llegó a leer el libro que ella escribió para él. Murió mucho antes de que aquellas memorias encontraran su forma definitiva. Pero permanece en sus páginas como Patti lo conoció; es decir, joven, ambicioso y entregado a la posibilidad de crear algo hermoso.
Al final, Éramos unos niños no es tanto la historia de un amor perdido como el retrato de dos personas que, durante unos años decisivos, aprendieron a convertirse en artistas mirándose la una a la otra. Y también una forma de recordar que antes de las fotografías célebres, los premios y los nombres escritos en la historia, hubo una vida ordinaria, compartida y todavía por inventar.

