“Ves a parejas como Justin Bieber y Hailey Bieber y ella va toda diosa y él está detrás, vestido como Juan Tamariz. ¿Ves a las parejas comiendo en los restaurantes? No sé si han salido con su novio o con El Sombrerero Loco”, dice Hénar Álvarez en el monólogo del último episodio emitido del programa de Al cielo con ella. Las redes sociales han popularizado el término swag gap, que describe una llamativa discrepancia en estilo o esfuerzo entre dos personas a la hora de vestir. Y como bien dice Álvarez, los Bieber son un buen ejemplo para explicar esta diferencia estilística.
Karley Sciortino se pregunta en su Substack si es posible salir con alguien cuyo estilo odias profundamente. “Claro que el estilo va más allá de la ropa; abarca toda nuestra existencia estética. Así que si tu pareja usa chaquetas con un millón de cremalleras innecesarias, ¡te deseo suerte cuando tengáis que decorar vuestro apartamento! Aunque te guste su estilo, puede ser un reto”, asegura. “Como me dijo una vez mi amiga milanesa, rica y tímida: ‘Es maravilloso que te guste cómo viste alguien, pero los sentimientos por la moda no son lo mismo que los sentimientos reales’. ¡Qué sabio! Si vale la pena salir con alguien, debería, como requisito previo, trascender sus vaqueros desgastados. El objetivo es llegar al punto en la vida en el que te sientas lo suficientemente cómoda contigo misma como para decir: ‘Le gustan esos calcetines tobilleros tan raros, y es a quien elegí’. Quizás esa sea la verdadera definición del amor”, asegura.
Pero, ¿puede realmente una diferencia de estilo afectar a una pareja o los opuestos se atraen? Maripi Robles, experta en comunicación, marca y cultura de moda, asegura que desde el punto de vista de la comunicación y la imagen pública, una diferencia de estilo no tiene por qué afectar negativamente a una pareja o ser un aspecto que les reste conexión. “El llamado swag gap no es un problema en sí mismo, salvo cuando el estilo se convierte en una extensión de inseguridades personales o en un terreno de imposición de uno hacia otro. Cuando cada miembro entiende su estética como una forma de expresión individual los estilos opuestos pueden convivir sin fricción”, asegura la CEO de No Solo Una Idea. Indica que de hecho, en muchos casos los opuestos se atraen porque refuerzan el relato de complementariedad. “Parejas como Justin Bieber y Hailey Bieber muestran cómo una estética más relajada y urbana puede coexistir con otra más pulida y fashion-forward sin que eso debilite el vínculo. Al contrario, cada uno mantiene su identidad y eso evita la dilución del yo dentro de la pareja. Lo mismo ocurre con Kylie Jenner y Timothée Chalamet, donde la diferencia de códigos estéticos refuerza una narrativa de individualidad fuerte y contemporánea”, explica a Artículo 14.

Comenta que tener estilos opuestos puede ser incluso una clave de éxito si existe respeto, coherencia interna y ausencia de competencia simbólica. “El conflicto no nace de vestir distinto, sino de cuando uno de los dos siente que su imagen debe corregirse para encajar en la del otro. Cuando el estilo se vive como identidad y no como jerarquía, el swag gap deja de ser una amenaza y se convierte en un valor añadido dentro de la relación”, indica.
En el Festival de Cine de Berlín las cámaras capturaron el instante en el que Kylie Jenner, enfundada en un espectacular vestido de la colección pre-fall 2024/2025 de Balenciaga, mira ojiplática a Timotheé Chalamet, que lleva un chandal rosa de Chrome Hearts. En ese contexto, matiza Robles, más que una cuestión de moda, es una cuestión de lectura del entorno y de respeto simbólico, pues una gala no es un espacio neutro: es un acto público con un código, un marco y un significado concreto. Eso ocurrió en una imagen que pronto se convirtió en meme en la que Hailey Bieber acude a una presentación de su firma, Rhode, luciendo un mini vestido rojo de Ermanno Scervino combinado con un bolso de Ferragamo y tacones de Ernest, mientras que Justin Bieber lleva un look indescriptible con unas ‘Crocs’ amarillas. “Me encanta cómo a Hailey nunca parece importarle lo que él lleva. Simplemente lo deja ser él mismo y no intenta vestirlo como la gente cree que debería ser”, escribió una internauta al ver las imágenes. “Nueve de cada diez veces no se han vestido para el mismo evento”, bromea otra persona.
“Eso no significa renunciar a la identidad personal ni disfrazarse de alguien que no se es. Significa entender que el estilo también es comunicación no verbal y que, en determinados momentos, acompañar implica hacer un mínimo esfuerzo consciente. No se trata de ir idénticos ni de competir, sino de no desentonar de forma que eclipse o distorsione el mensaje principal del evento”, dice Maripi Robles.
“En parejas muy observadas mediáticamente, como Justin Bieber y Hailey Bieber o Kylie Jenner y Timothée Chalamet, se ve bien esta diferencia: pueden mantener códigos estéticos propios en su día a día, pero en momentos clave, suelen ajustar el tono para no romper la narrativa del acto. Ese ajuste no resta autenticidad; demuestra inteligencia social y apoyo. En definitiva, sí, hay momentos en los que conviene hacer ciertos esfuerzos en cuestiones de estilo, no por obligación estética, sino por coherencia, contexto y cuidado del otro. El problema no es el chándal en sí, sino lo que comunica cuando el escenario pide otra cosa”, explica.

¿Pueden establecerse dinámicas delicadas de poder? En el caso de que el estilo deje de ser una expresión personal y pase a utilizarse como instrumento de juicio o jerarquía dentro de la pareja, sí. “El problema no es la diferencia estética, sino la carga simbólica que se le atribuye. Cuando uno de los miembros se percibe como ‘superior’ por vestir mejor, o más acorde a ciertos códigos culturales, el estilo se convierte en un marcador de estatus y no en una elección individual. Ahí aparece una asimetría que erosiona la relación”, comenta Robles.
Aclara que también es conflictivo el movimiento inverso: cuando quien no cuida su imagen desvaloriza a la pareja por hacerlo, asociando el interés por la moda con superficialidad o falta de profundidad. “En ambos casos, el estilo funciona como un atajo para deslegitimar al otro. No se discute la ropa, se discute el valor personal, y eso desplaza el conflicto a un terreno mucho más sensible”, asegura. “La clave está en entender que el estilo no define inteligencia, profundidad ni valía moral. Cuando ambos miembros lo asumen así, las diferencias estéticas dejan de ser una fuente de poder y pasan a ser simplemente eso: diferencias. Cuando no, el swag gap se transforma en una lucha silenciosa por quién valida mejor su identidad frente al otro”, dice.
