25 años después, seguimos viviendo bajo la sombra del 11-S

Los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono desencadenaron guerras, transformaron los aeropuertos y abrieron una nueva era de vigilancia y lucha antiterrorista cuyas consecuencias siguen presentes un cuarto de siglo después

Cuatro aviones secuestrados, las Torres Gemelas derrumbadas, el Pentágono atacado y miles de muertos bastaron para alterar en cuestión de horas la percepción de seguridad de la principal potencia mundial. Veinticinco años después, vivimos en un mundo pos-11S, y en la ‘nueva normalidad’ que nos trajo.

El impacto inmediato fue devastador. A las 8.46 de la mañana, el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Center. Diecisiete minutos después, un segundo avión alcanzó la Torre Sur y despejó cualquier duda sobre la naturaleza de lo que estaba ocurriendo. Poco después, otro aparato golpeó el Pentágono y un cuarto terminó estrellándose en Pensilvania después de que pasajeros y tripulantes intentaran recuperar su control.

Casi 3.000 personas murieron aquel día, pero las consecuencias del 11-S se extendieron mucho más allá de Nueva York, Washington y Pensilvania. La respuesta estadounidense inauguró una nueva etapa en política exterior, seguridad, vigilancia y control fronterizo cuyas huellas permanecen un cuarto de siglo después.

TORRES GEMELAS
Imagen de archivo que muestra las Torres Gemelas en llamas después del atentado del 11-S en Nueva York.
EFE

La “guerra contra el terror”

George W. Bush presentó desde las primeras horas la respuesta estadounidense como una guerra. Ese concepto permitió ampliar el objetivo, ya no se trataba únicamente de perseguir a los responsables directos de los atentados, sino también a las organizaciones y gobiernos que pudieran proporcionarles protección.

Menos de un mes después comenzó la intervención en Afganistán, donde Washington buscaba acabar con Al Qaeda y con el refugio que los talibanes proporcionaban a la organización. La operación acabaría convirtiéndose en la guerra más larga de la historia estadounidense. Dos años después llegó la invasión de Irak, pese a que ninguno de los 19 secuestradores que participaron en los atentados era iraquí.

Las dos guerras marcaron durante décadas la política exterior de Estados Unidos y dejaron miles de militares estadounidenses muertos, además de un número mucho mayor de víctimas entre las poblaciones locales. También generaron polémica en torno a torturas, prisiones secretas, ataques con drones y centros de detención como Guantánamo, convertido en uno de los símbolos más controvertidos de aquella etapa.

Al Qaeda
Foto de 1998 que muestra al entonces líder de Al Qaeda, el saudí Osama Bin Laden, al sur de Afganistán, flanqueado por el líder islamista egipcio y segundo de Al Qaeda, Ayman Al Zawahiri
Efe

Un aeropuerto completamente diferente

Para millones de personas, sin embargo, el legado más evidente del 11-S fue la experiencia de subirse a un avión. Antes de los atentados, la seguridad aeroportuaria estadounidense era considerablemente menos restrictiva. Las medidas posteriores transformaron los controles de pasajeros y equipajes y terminaron extendiéndose por buena parte del mundo.

Estados Unidos creó en noviembre de 2001 la Transportation Security Administration (TSA). El escrutinio del equipaje se reforzó, se endurecieron los accesos a las zonas de embarque y la seguridad aérea pasó a ocupar un lugar central en las políticas de prevención del terrorismo.

Pero aquella transformación fue mucho más grande. Antes del 11-S tampoco existía el Departamento de Seguridad Nacional, creado posteriormente para concentrar competencias hasta entonces repartidas entre diferentes organismos federales.

Vista de la terminal de llegadas del Aeropuerto de Madrid Barajas este viernes donde se espera que lleguen los cinco presos españoles liberados por Venezuela
EFE/ Fernando Villar

Más seguridad, pero también más vigilancia

Otro de los grandes cambios llegó apenas unas semanas después de los ataques con la aprobación de la Patriot Act. La legislación amplió considerablemente las facultades de las autoridades estadounidenses para investigar y vigilar posibles amenazas terroristas.

La prioridad pasó a ser anticiparse al siguiente ataque. Eso significó incrementar el intercambio de información entre agencias, seguir movimientos financieros, ampliar las capacidades de inteligencia y desarrollar sistemas capaces de detectar comportamientos considerados sospechosos antes de que desembocaran en un atentado.

El modelo trascendió las fronteras estadounidenses. La OTAN activó por primera vez en su historia el artículo 5, que considera un ataque contra uno de sus miembros como un ataque contra todos. Europa reforzó también la cooperación policial y de inteligencia, mientras numerosos países revisaban sus protocolos antiterroristas.

Las otras víctimas del miedo

La conmoción tuvo además consecuencias sociales. Tras los ataques aumentaron en Estados Unidos los episodios de discriminación y violencia contra musulmanes y personas percibidas como tales. Uno de los primeros casos ocurrió apenas cuatro días después. Balbir Singh Sodhi, un estadounidense sij, fue asesinado en Arizona después de que su atacante lo confundiera con un musulmán por llevar turbante.

La promesa inicial de unidad fue perdiendo fuerza. Bush llegó a visitar un centro islámico de Washington pocos días después de los atentados para insistir en que el islam no era el enemigo. Sin embargo, la sospecha hacia determinadas comunidades se convirtió también en una de las consecuencias duraderas de aquella jornada.

Veinticinco años después, la Zona Cero ha sido reconstruida, pero el mundo anterior al 11 de septiembre de 2001 no regresó. Los atentados modificaron fronteras, aeropuertos, guerras, leyes y sistemas de vigilancia. Toda una generación ha crecido considerando normales controles y estructuras de seguridad que apenas existían antes de aquella mañana.

TAGS DE ESTA NOTICIA