En una rueda de prensa en la Casa Blanca, una periodista levanta la mano y formula una pregunta. Donald Trump escucha unos segundos antes de interrumpirla. No responde a la pregunta. En cambio, dirige la atención hacia ella. “Eres desagradable, estúpida. Muy guapa, pero nunca sonríes. Puedo ver el odio en tus ojos llenos de sangre”.
La secuencia se repite una y otra vez con Donald Trump y las periodistas que cubren las noticias de la Casa Blanca. Durante la última década, hemos ido viendo como su patrón de conducta se ha convertido en parte de la iconografía política del trumpismo. Lo que comenzó como una estrategia de confrontación con los medios ha terminado por revelar una actitud donde se ve la hostilidad recurrente del Presidente hacia las mujeres periodistas que se atreven a desafiarlo.
Este domingo, lo ha vuelto a hacer. El presidente de Estados Unidos interrumpió una entrevista con la NBC después de que la periodista Kristen Welker le pidiera pruebas sobre sus acusaciones de fraude electoral y le preguntara por las compensaciones a condenados por el asalto al Capitolio. “O eres corrupta o eres estúpida”, espetó Trump a Welker, antes de abandonar el set.
La batalla de Trump contra los medios constituye uno de los pilares de su identidad política. Desde que popularizó la expresión ‘fake news’ durante la campaña de 2016, la desconfianza hacia la prensa se convirtió en una poderosa herramienta de movilización para millones de sus seguidores. Sin embargo, entre los cientos de enfrentamientos con periodistas existe una constante que llama la atención de investigadoras, académicas y organizaciones profesionales, si quien formula la pregunta es una mujer, el ataque suele abandonar el terreno político para adentrarse en el terreno personal.
La periodista Kaitlan Collins, de CNN, conoce bien esa dinámica. En una reciente comparecencia en el Despacho Oval, Trump la describió como una mujer “joven y hermosa” que nunca sonríe y que tiene “odio en los ojos”. El comentario resultaba llamativo porque no guardaba relación alguna con el asunto que se estaba discutiendo. Ahí reside una de las características de sus ataques, él desplaza la conversación desde los hechos hacia la personalidad, la apariencia o el comportamiento de la periodista deshumanizando su persona. Al no tomarla en serio como periodista, muestra a la mujer a la que él rechaza por histérica. Es un paso atrás en el profesionalismo de las mujeres a las que descalifica.

Lo mismo ha ocurrido con Kristen Welker, una de las entrevistadoras más prestigiosas de la televisión estadounidense. Durante una entrevista especialmente tensa, el presidente la acusó de ser “estúpida y corrupta” después de que ella cuestionara algunas de sus afirmaciones sobre procesos electorales.
Katie Rogers, corresponsal de The New York Times, fue atacada en redes sociales con comentarios sobre su aspecto físico. Catherine Lucey, de Bloomberg, fue interrumpida con un despectivo “quieta, cerdita” cuando intentaba formular una repregunta. Mary Bruce, de ABC News, escuchó cómo el presidente la definía como una “persona terrible” y una “periodista terrible”. La lista es larga y atraviesa toda la trayectoria política de Trump.
Mucho antes de llegar a la Casa Blanca, Megyn Kelly protagonizó uno de los primeros choques que marcarían esta relación. Durante un debate republicano celebrado en agosto de 2015, la periodista de Fox News preguntó al entonces candidato por sus reiterados comentarios ofensivos hacia las mujeres. La respuesta llegó días después. Trump sugirió que la dureza de Kelly podría explicarse por razones biológicas, en una referencia ampliamente interpretada como una alusión a la menstruación. Aquella polémica fue un anticipo de lo que vendría con su llegada a la presidencia.
La situación adquiere una dimensión aún más significativa cuando las destinatarias son mujeres racializadas. Durante la pandemia, Weijia Jiang, periodista de CBS y estadounidense de origen chino, preguntó al presidente por la gestión de la covid-19. Trump respondió que debía dirigir sus preguntas a China. Cuando Jiang quiso saber por qué hacía ese comentario contra ella, recibió una nueva descalificación.
Yamiche Alcindor, corresponsal de PBS, fue acusada de ser “amenazante”. Abby Phillip fue reprendida por formular una pregunta supuestamente “estúpida”. April Ryan fue descrita como una “perdedora”. En distintos momentos, las tres se encontraron en el centro de enfrentamientos que trascienden claramente el desacuerdo político.
Para numerosos especialistas en comunicación, estos episodios van más allá de simples estallidos de mal carácter. Constituyen una forma de intimidación pública con el afán de desacreditar a la profesional frente a una audiencia masiva. La profesora Ava Thompson Greenwell, investigadora de periodismo en Estados Unidos, ha definido algunas de estas conductas como “microasaltos”. Son ataques directos destinados a humillar para reducir la credibilidad de quien los recibe.
La cuestión multiplica su importancia en un contexto de creciente violencia contra las mujeres periodistas. Según datos de la UNESCO, cerca de tres cuartas partes de las profesionales encuestadas en distintos países afirman haber sufrido algún tipo de violencia o acoso en internet. Insultos sexuales, amenazas y campañas coordinadas de hostigamiento forman parte de una realidad cotidiana para muchas reporteras.

Cuando quien señala es una de las figuras políticas más poderosas del planeta, el efecto se multiplica. Las periodistas atacadas públicamente suelen convertirse en objetivo inmediato de miles de mensajes agresivos. El episodio continúa cuando se apagan las cámaras durante días o semanas en redes sociales, o en espacios de opinión donde se cuestiona su trabajo y la legitimidad misma de las mujeres para ocupar un espacio de autoridad profesional.
La International Women’s Media Foundation lleva años alertando sobre este fenómeno. Su directora ejecutiva, Elisa Lees Muñoz, sostiene que el objetivo de estos ataques es muy efectivo porque busca silenciar desacreditando. En la sala de prensa de la Casa Blanca los hombres blancos dominaron con su presencia durante décadas. La llegada de mujeres periodistas, muchas procedentes de minorías raciales, ha sido una de las transformaciones más importantes del periodismo político estadounidense. Sin embargo, responsables académicas de varias universidades advierten de que la normalización de este tipo de agresiones puede tener consecuencias en el futuro.
Desde la Casa Blanca se defiende el comportamiento del presidente argumentando que responde con firmeza a preguntas tendenciosas que considera falsas. Pero para las organizaciones periodísticas el problema es otro. El periodismo existe para contrarrestar el poder y formular preguntas incómodas, no para servir de amortiguador al Presidente. En una democracia, la prensa está llamada a fiscalizar el poder.
En un momento de polarización global, existe la posibilidad de perder la libertad de preguntar a los gobernantes y con ello vivir dentro de una democracia. Lo que se debate es si los periodistas, hombres y mujeres, pueden ejercer su trabajo dentro del espacio público sin que su aspecto, su carácter o su condición sexual se conviertan en tema de conversación.

Las periodistas señaladas por Trump
Algunas de las profesionales que han sido objeto de ataques, insultos o descalificaciones públicas por parte de Donald Trump:
Megyn Kelly (Fox News)
Kaitlan Collins (CNN)
Kristen Welker (NBC News)
Katie Rogers (The New York Times)
Weijia Jiang (CBS News)
Yamiche Alcindor (PBS)
Abby Phillip (CNN)
April Ryan (American Urban Radio Networks)
Catherine Lucey (Bloomberg)
Mary Bruce (ABC News)
Rachel Scott (ABC News)
Nancy Cordes (CBS News)
Julie Tsirkin (NBC News)
Jacqui Heinrich (Fox News)
La reiteración de estos episodios ha llevado a organizaciones de defensa de la libertad de prensa a hablar de un patrón de hostigamiento con un marcado componente de género.

