Cuando la corresponsal de la agencia Bloomberg Catherine Lucey le preguntó a Donald Trump a bordo del Air Force One por qué no había publicado los archivos del pedófilo Jeffrey Epstein como prometió se encontró con una respuesta insólita: “Silencio, silencio, cerdita”.
Este domingo, volvió a las andadas. También en el avión presidencial, una periodista le pregunta sobre la advertencia de Irán de que consideraría las bases militares estadounidenses como “objetivos legítimos” si Trump interviene, a lo que el magnate republicano respondió, en parte: “Si lo hacen, les golpearemos a un nivel que nunca antes han sufrido”. Cuando la periodista le preguntó a Trump si cree que Irán se toma en serio sus amenazas, el mandatario estadounidense respondió: “Creo que sí. ¿No lo crees, CNN?”.
El propio Trump se contesta a sí mismo, en tono burlón: “Ella dice: ‘¿Cree que se toman en serio sus amenazas?’ ¿No dirías que sí, después de todo lo que hemos hecho? Qué pregunta más estúpida”, zanjó.
Fue el último ataque del presidente contra una mujer y la confirmación de una tendencia que ha escandalizado a los defensores de la igualdad de género y la libertad de prensa.
El presidente nunca ha tolerado a los medios, a los que acusa de difundir noticias falsas en su contra, y sus ataques y críticas a los reporteros que cubren la actualidad de la Casa Blanca se han convertido en habituales, pero en el primer año de su segunda presidencia ha mostrado una tendencia a encarnizarse en el escarnio público de quien le plantea preguntas incómodas cuando se trata de una mujer.
Y es que antes que Lucey, otras reporteras sufrieron los comentarios despectivos o insultos del primer presidente de la historia condenado en un juicio civil por una agresión sexual. Asociaciones de mujeres y de periodistas ven una intención clara.
Lenguaje de género humillante
“Trump usa un lenguaje de género humillante precisamente cuando las preguntas le amenazan políticamente. Se convierte en una herramienta reconocible: desplegar misoginia para desviar la conversación y castigar a la reportera”, dijo Kiran Nazish, directora de la Coalición por las Mujeres en el Periodismo, una organización que apoya a las informadoras.
“Cuando un presidente humilla públicamente a un reportero por hacer su trabajo (…) reduce la capacidad de los periodistas para confrontar al gobierno con verdades incómodas”, indicó Nazish.

Ellas se han convertido en el blanco principal de los ataques a la prensa. A Mary Bruce, de ABC News, le espetó en plena comparecencia ante los medios: “¿Eres estúpida?”. Bruce trataba de que el presidente aclarara porque seguía culpando a la Administración Biden de haber permitido la entrada a Estados Unidos al afgano detenido por disparar contra dos miembros de la Guardia Nacional en Washington cuando el propio Departamento de Seguridad Interior había confirmado que se había autorizado su entrada al país ya con el gobierno de Trump. “Estás haciendo preguntas solo porque eres estúpida”, fue todo lo que Bruce obtuvo del presidente.
A Katie Rogers, reportera del New York Times, la llamó “fea por dentro y por fuera” en su red Social Truth. Fue la respuesta a un artículo publicado en el diario en el que Rogers y un colega abordaban la salud del presidente después de que trascendiera que el pasado noviembre se sometió a una resonancia magnética.
El artículo llevaba el titular Días más cortos, signos de fatiga: Trump se enfrenta a la realidad de envejecer en el cargo y apareció firmado por Rogers y el periodista Dylan Freedman. Sin embargo, Trump solo arremetió contra ella. “La autora de esta historia, Katie Rogers, a la que le han encargado escribir solo cosas malas sobre mí, es una reportera de tercera categoría que es fea por dentro y por fuera”, publicó Trump.
Artículo14 contactó con Rogers, pero declinó hacer comentarios. Otras de las informadoras que en el pasado han sido objeto de las iras de Trump trataron de plantar cara.
Trump no las olvida
Las preguntas incómodas de la corresponsal de la cadena CNN Abby Phillip y sus tensos intercambios con Trump se hicieron habituales en la primera presidencia del magnate republicano.
Ahora que ella dirige un programa desde el estudio y ya no suele acudir a las ruedas de prensa de la Casa Blanca, el presidente no la ha olvidado. Cuando en una emisión en junio ella planteó que la recuperación de la Bolsa podía deberse a que Trump había dado marcha atrás en sus aranceles más severos, el se lanzó sobre su red social. “No tiene ni la más remota idea de lo que está hablando”, escribió, y añadió “afortunadamente, la audiencia ha dejado a la CNN ya hace mucho tiempo”.

Ella respondió con ingenio. “Gracias por vernos, señor presidente”.
Cómo responder a los ataques de Trump es una cuestión que deben afrontar ahora los periodistas que cubren la Casa Blanca. La agencia AP perdió la credencial que le daba acceso después de negarse a empezar a llamar golfo de América al golfo de México, al que el gobierno Trump le cambió la denominación oficial. Y el Departamento de Defensa exigió a los medios a firmar un compromiso por el que solo pueden plantear preguntas previamente aprobadas.
A eso se suman las demandas millonarias que el presidente ha planteado contra diferentes medios nacionales como The New York Times y The Wall Street Journal, al que se sumó recientemente uno internacional como la BBC. Aunque no ha conseguido que los tribunales fallen a su favor, Trump sí ha arrancado pagos millonarios de algunos a cambio de no llegar a juicio.
Un ambiente laboral tóxico
En ese contexto de hostilidad hacia la prensa, sus trabajadoras parecen el eslabón más débil. Julie Roginsky, fundadora de la organización Alzad Vuestras Voces, que persigue el cambio de la cultura tóxica en los lugares de trabajo, cree que los comentarios humillantes de Trump hacen daño no solo a la mujer que los recibe.
Roginski cree que “les estamos diciendo a las chicas jóvenes que son menospreciadas y que cuando crezcan y se conviertan en mujeres seguirán siéndolo. Les estamos diciendo que cuando alzan la cabeza y luchan por sí mismas, o alcanzan los sueños de su carrera —como ser una reportera a bordo del Air Force One, para lo que tienes que estar en lo más alto de tu campo— no importa. Porque no es solo el hombre más poderoso que tú quien te va a denigrar por tu género o tu aspecto, sino que los hombres a su alrededor, y no pocas mujeres, le excusarán”.
Efectivamente, algunos observadores lamentan que el resto de informadores no salgan en defensa de sus colegas mujeres cuando Trump las humilla, pero, aunque evitan hacerlo en público, comentan que contrariar públicamente al presidente puede suponer represalias para sus medios.
Su portavoz, Karoline Leavitt, una mujer, respondió así cuando le preguntaron por los ataques de Trump a las periodistas: “Miren, el presidente es muy franco y honesto con todos en esta sala”. Lo que no aclaró es por qué a ellos el presidente no les llama “cerditos”.

