El 28 de febrero, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ordenó una oleada de ataques con misiles y bombas contra Irán, abriendo un nuevo frente bélico en Oriente Próximo junto a Israel. La decisión, presentada como una respuesta necesaria ante la amenaza nuclear iraní, se produce en un contexto de fuerte división interna y con un respaldo ciudadano muy limitado: solo un 21% de los estadounidenses apoya que Washington inicie un ataque contra Teherán, frente a un 49% que se opone y un 30% que no tiene una posición definida, según una encuesta reciente de la Universidad de Maryland.
Una apuesta de alto riesgo
La intervención, bautizada como “Operation Epic Fury”, supone la mayor escalada militar estadounidense en la región en años. En una ceremonia celebrada en el East Room de la Casa Blanca, concebida inicialmente para conceder a título póstumo la Medalla de Honor a tres militares por acciones heroicas en conflictos que van desde la Alemania de 1945 hasta Vietnam y Afganistán, Trump convirtió el acto en su primera comparecencia pública desde el inicio de los bombardeos.

“El país llora a los cuatro militares estadounidenses caídos en combate”, afirmó el presidente, antes de prometer que, “en su memoria”, continuará la misión con una determinación “feroz e inquebrantable” para aplastar la amenaza que, a su juicio, representa el “régimen terrorista” iraní. Según explicó, las operaciones militares a gran escala buscan destruir la capacidad armamentista de Irán, “aniquilar su Marina” e impedir que desarrolle armas nucleares.
Trump sostuvo que Teherán ignoró las advertencias de Washington y se negó a cesar su programa nuclear. También aseguró que Estados Unidos está “sustancialmente por delante” de las previsiones iniciales y que la campaña podría durar entre cuatro y cinco semanas, aunque el presidente advirtió de que el país tiene capacidad “para ir mucho más allá” si fuera necesario. En sus declaraciones el Presidente insistió en que siempre se trató de “un proceso de cuatro semanas, pero ahora podrían ser más”, aunque admitió que la envergadura del país podría alargar la guerra en el calendario.

La escena, con decenas de militares uniformados aplaudiendo en la sala Este y periodistas expectantes ante sus primeras palabras tras el ataque, simboliza la tensión entre el mensaje de firmeza del comandante en jefe y las incógnitas que rodean la operación. Una larga lista de presidentes estadounidenses ha visto erosionado su capital político en Oriente Próximo, desde la invasión de Irak hasta la prolongada guerra en Afganistán. El desenlace de esta nueva ofensiva es incierto, que podría forzar un cambio de régimen en un Teherán dispuesto a negociar o sumir al país en el caos desencadenando una espiral de violencia regional.
Una opinión pública escéptica
La apuesta militar contrasta con el estado de la opinión pública. El 21% respalda un ataque, mientras que casi la mitad lo rechaza y un 30% declara no saber qué posición adoptar. La división es marcadamente partidista: el 40% de los republicanos se muestra a favor, frente a apenas el 6% de los demócratas; entre los independientes, el apoyo se sitúa también en el 21%. En cambio, el 74% de los votantes demócratas se opone a la intervención y una mayoría de independientes también la rechaza.
Cuando se pregunta a quién beneficiaría más una guerra con Irán, los estadounidenses se reparten casi en tercios: un 31% cree que favorece los intereses de Estados Unidos; un 35% considera que beneficiaría a otros actores, entre ellos Israel o incluso el pueblo iraní; y un 33% no tiene una opinión formada. Este reparto refleja la confusión estratégica que rodea la operación y la falta de consenso sobre sus objetivos finales.

El propio presidente ha tratado de disipar esas dudas al afirmar que los objetivos son “claros”. Su misión es impedir que Irán obtenga armas nucleares y evitar que continúe financiando y dirigiendo “ejércitos terroristas” fuera de sus fronteras. También aseguró que un Irán armado con armas nucleares y misiles de largo alcance constituirá una “amenaza intolerable” tanto para Oriente Próximo como para el pueblo estadounidense. Según su relato, aunque Estados Unidos tomó la iniciativa, “todo el mundo estaba detrás” de la decisión.
El riesgo para Trump es evidente. Iniciar una guerra sin un respaldo mayoritario supone apostar por un posible efecto de cierre de filas en torno al presidente, un fenómeno que en el pasado ha elevado temporalmente la popularidad de los mandatarios estadounidenses en tiempos de conflicto. Sin embargo, ese impulso suele desvanecerse si la contienda se prolonga, aumenta el número de bajas o se disparan los costes económicos.
El contexto interno añade presión. La reciente publicación de nuevos documentos relacionados con el caso Epstein ha generado un impacto negativo en la imagen del presidente. Casi la mitad de los encuestados afirma que su opinión sobre Trump ha empeorado tras la difusión de esos archivos, mientras que sólo una minoría declara una mejora. En este escenario, la demostración de liderazgo en política exterior puede interpretarse también como un intento de reafirmar su autoridad como comandante en jefe y desplazar el foco del debate público.
Por ahora, la guerra con Irán no es popular entre los estadounidenses. Solo uno de cada cinco respalda el inicio del ataque. El margen de maniobra político del presidente dependerá en buena medida de la evolución del conflicto en las próximas semanas. Si la operación es breve y logra avances tangibles, por ejemplo, una paralización verificable del programa nuclear iraní, Trump podría consolidar su narrativa de firmeza. Si, por el contrario, el conflicto se enquista o aumenta el número de víctimas estadounidenses, el cálculo podría revelarse como un error estratégico y político de gran magnitud.
La historia de la política exterior estadounidense en Oriente Próximo invita a la prudencia. Las intervenciones concebidas como rápidas y quirúrgicas han derivado en ocasiones en conflictos prolongados, con consecuencias imprevisibles para la estabilidad regional y para la política doméstica. Irán es un país de gran tamaño, con capacidades militares significativas y redes de influencia en muchos países, entre ellos China. La posibilidad de represalias indirectas o de una escalada que involucre a otros actores regionales no puede descartarse.
En Oriente Próximo, como demuestra la historia, las guerras rara vez siguen el guion previsto. Y en Washington, el respaldo ciudadano es un recurso escaso cuando el horizonte bélico se presenta tan incierto.
