En Nuuk, la capital de Groenlandia, la rutina empieza temprano, marcada por la luz cambiante, las pocas horas de sol y el ritmo de una comunidad pequeña en comparación con grandes ciudades. Rakel Snímuinaq trabaja como sanadora y profesora. Vive allí, atiende a personas de su entorno y combina la vida familiar con un trabajo cercano a su tierra y a la memoria colectiva. “Mi vida diaria es un equilibrio entre las responsabilidades cotidianas, la vida familiar y el trabajo cercano con las personas”, explica en conversación con este periódico.
Groenlandia suele describirse desde fuera como un territorio extremo, aunque Rakel aprovecha la conversación para matizar pronto ese relato. “Para nosotros es simplemente nuestro hogar”, dice. “La naturaleza no es algo que controlemos o poseamos: es algo con lo que convivimos, y da forma a cómo entendemos la responsabilidad, la comunidad y el sentido de pertenencia”. Es desde esa mirada -la de una mujer groenlandesa, una más entre las decenas de miles de habitantes de la isla- desde donde observa ahora el nuevo interés internacional por el Ártico.

¿Seguridad nacional o recursos naturales?
Las recientes declaraciones de Trump sobre Groenlandia, unidas al aumento de la presencia militar en la región, no la han sorprendido. “Mi reacción personal fue más de preocupación que de sorpresa”, reconoce. Y comienza a explicar el verdadero interés que, según ella, despierta Groenlandia: “La seguridad nacional es sólo una parte de la explicación; el acceso a los recursos es claramente otra”.
En una sociedad de apenas 56.000 personas, el impacto de ese tipo de mensajes se amplifica. Rakel describe un clima, en líneas generales, bastante tenso. “Entre la gente de aquí, las reacciones son diversas. Algunos intentan mantenerse pragmáticos, otros están frustrados o enfadados. También hay un miedo real”, señala. “Muchos temen que una potencia mucho mayor pueda fácilmente silenciar nuestra voz”. Y admite que existe una minoría “muy reducida” que ve oportunidades en estrechar vínculos con Estados Unidos.

“Hay un miedo real”
El debate atraviesa ya no sólo atraviesa espacios comunitarios, también conversaciones cotidianas. “La atmósfera ha cambiado”, resume. “Las opiniones están divididas, pero también hay un miedo real”. Ese temor, explica, se traduce en escenarios que hasta hace poco parecían lejanos. “Algunas personas están hablando muy seriamente de la posibilidad de verse obligadas a abandonar Groenlandia y trasladarse a Dinamarca si la situación llegara a escalar”. La vida diaria continúa “pero hay una creciente sensación de incertidumbre bajo la superficie”.
El interés militar por Groenlandia no es nuevo. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos ya ofreció a Dinamarca comprar la isla para hacer frente a la Unión Soviética por la cantidad de 100.000 millones de euros. Pero la oferta, tan antigua como desfasada, no convenció a Copenhague, que la rechazó de inmediato.

Ese interés en Groenlandia siempre ha estado, sólo que, al menos hasta ahora, parecía dormido. “Seguimos conviviendo con los restos físicos de anteriores presencias militares”, explica, “incluidos residuos y contaminación dejados por antiguas bases militares estadounidenses y danesas repartidas por toda Groenlandia”. Una herencia que, subraya, no ha sido asumida del todo. “Su responsabilidad ha sido negada o ha quedado sin resolver durante muchos años”. Esa historia pesa en la forma en que la sociedad groenlandesa percibe hoy el rearme del Ártico.
La llegada de más soldados y el refuerzo de infraestructuras militares reabren una herida ya conocida. “Esto ha moldeado la manera en que la gente de aquí ve los intereses externos”, afirma, “y refuerza la sensación de que la tierra suele ser tratada como un recurso en lugar de algo que debe ser respetado”.
“Groenlandia es una sociedad viva”
Para Rakel, el debate va más allá de nombres propios o coyunturas políticas. “Para mí, esto no va de una sola persona”, dice, en referencia a Trump. “Va de no desaparecer dentro de un sistema extranjero en el que el capitalismo gobierna al ser humano”. Su mensaje insiste en una idea central: “Groenlandia no es un espacio vacío ni una reserva de recursos: es una sociedad viva”.
Mientras las grandes potencias miran al Ártico como tablero estratégico, en Nuuk la preocupación se mezcla con la voluntad de seguir siendo visibles. El testimonio de Rakel, compartido con Artículo14, refleja una inquietud extendida: que el ruido de los intereses militares termine ahogando la voz de quienes llevan generaciones viviendo en el hielo.


