Mientras el conflicto en Oriente Medio se recrudece y las relaciones diplomáticas entre aliados occidentales son cada vez más tensas, la Unión Europea continúa midiendo al milímetro su respuesta. La ofensiva estadounidense contra Irán y la rápida escalada militar en la región han dividido por completo a una Unión Europea que se rompe entre respaldar a su principal socio estratégico o apoyar una escalada militar en Oriente Medio.
Los primeros países en movilizar efectivos fueron Francia y Grecia junto a Reino Unido (no dentro de la UE). Los tres reforzaron su presencia militar en torno a Chipre, desde que una de las bases británicas presentes en la isla fuera atacada por un misil presuntamente iraní. Aunque en un primer momento, el proyectil fue atribuido al régimen de los ayatolás, este jueves el Ministerio de Defensa británico matizó esa versión. En un comunicado oficial difundido en redes sociales aseguraban que no podían confirmar que el proyectil lanzado el 2 de marzo fuera de procedencia iraní.

Chipre, en el punto de mira
Aunque Chipre todavía investiga lo ocurrido mientras se rearma gracias sus socios europeos, conviene recordar que la isla, con poco más de un millón de habitantes, ocupa actualmente la presidencia rotatoria del Consejo de la Unión Europea. Durante este semestre está previsto que acoja decenas de reuniones y encuentros de alto nivel entre ministros, comisarios y altos funcionarios comunitarios.
El hecho de que el incidente se produjera en un territorio vinculado a un Estado miembro activó rápidamente las alarmas en Bruselas. Chipre pertenece a la Unión Europea y forma parte del entramado de seguridad occidental, lo que convierte cualquier ataque o incidente en la zona en un asunto sensible para todo el bloque.
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de Bruselas por proyectar unidad, fuentes de la Comisión Europea reconocen a Artículo14 que “no es fácil coordinar una respuesta” entre los 27 y poner en común a estados con posiciones tan distintas sobre la ofensiva estadounidense.

Europa se divide
Las discrepancias se reflejan tanto en los discursos como en las decisiones militares. A la oposición frontal del Gobierno español a la ofensiva impulsada por Donald Trump se suma el silencio, para muchos tachado de “seguidismo”, del canciller alemán, Friedrich Merz, o la ambigüedad del primer ministro británico, Keir Starmer, que intenta mantener el equilibrio entre el respeto al derecho internacional y el respaldo a Estados Unidos.
Las reacciones han sido casi tantas como países. Y mientras algunos han optado por reforzar su presencia militar en el Mediterráneo oriental, otros prefieren, al menos de momento, no enviar armamento y colaborar con la ofensiva sobre Teherán.
Atenas, a la cabeza de la respuesta europea, ha enviado cuatro cazas F-16 y dos fragatas a la región, en un movimiento coordinado con aliados de la OTAN. También París, que se mueve entre al apoyo a España y a Estados Unidos ha anunciado que enviará sistemas antimisiles y antidrones para reforzar la defensa aérea en torno a Chipre.
El presidente francés, Emmanuel Macron, que esta semana ha dado discursos con una estética militar mientras desautorizaba los ataques de Estados Unidos, ha dado además un paso más al autorizar a Trump a usar algunas de sus bases militares en la región para operaciones logísticas.

El giro inesperado de España (e Italia)
También España ha terminado sumándose parcialmente al refuerzo militar en la zona. Tras varios días de mensajes contradictorios sobre el papel que Madrid desempeñaría en la crisis, el Gobierno ha enviado este jueves la fragata Cristóbal Colón al entorno de Chipre. El movimiento llega después de que Pedro Sánchez reiterara públicamente su negativa a participar en la ofensiva estadounidense contra Teherán. Y después de que las desautorizaciones entre Moncloa y la Casa Blanca y viceversa hayan alimentado todavía más la tensión diplomática entre ambos países.
Aunque para algunos sea una sorpresa por la buena relación entre Giorgia Meloni y Donald Trump, la mandataria italiana también sorprendió este jueves cuando anunció que “Italia no está en guerra y no quiere entrar en ella”. La primera ministra, con capacidad negociadora y buena relación con el presidente estadounidense, decidió no dar todavía una respuesta a si apoya o no la incursión de Trump sobre Irán.

Meloni, que considera que la situación es “preocupante” aseguró que no tenía ninguna petición sobre la mesa de Estados Unidos para utilizar sus bases en oriente medio. Y aseguró que si dicha petición llegara “antes tendría que decidirse en el parlamento”.
Lo cierto es que a medida que la crisis se prolonga, más gobiernos europeos empiezan a alinearse con el refuerzo militar impulsado por Estados Unidos, aunque lo hacen con cautela y evitando un respaldo político explícito a la ofensiva. Francia y Alemania han marcado el camino inicial, seguido de otros países como Grecia, España y puede que Italia.
De momento, Bruselas ha fracasado intentando marcar el paso. Ante la ausencia de una respuesta conjunta y coordinada como bloque, son los propios países los que van dibujando la estrategia.
