Detengo el coche y releo mentalmente el mensaje de Adriana: “Organiza el día como si fuera el último”. Giro la llave y apago el motor. El sol me ciega a través del cristal. Durante unos segundos me quedo inmóvil, intentando descifrar qué significa aquella frase. Escucho el teléfono. Mis miedos aparecen de golpe entre sus palabras. “Organiza el día como si fuera el último”.
Un hombre de perfil golpea la ventanilla. Me pregunta si voy a mover el coche para ocupar mi sitio. Niego con la cabeza. Acabo de llegar. Mi amiga Adriana siempre ha sido puntual; soy yo quien se ha adelantado a nuestra cita en la Botánica Isis y prefiero esperar dentro del coche. Estoy en Boyle Heights, un barrio vibrante de Los Ángeles, y no tengo ninguna prisa.
Las botánicas forman parte del paisaje de Los Ángeles. Están repartidas por distintos barrios, pero la mayor concentración está en el centro, en el downtown. A veces surgen donde menos se espera. Las hay junto a talleres de coches, cerca de bares, escondidas en calles principales, detrás de un café de moda. Algunas parecen farmacias de barrio corrientes. Desde fuera cuesta imaginar que detrás de sus escaparates se venden velas, amuletos, hierbas para el mal de amores, imágenes religiosas, aceites capaces de limpiar las malas vibras y aguas espirituales que purifican el alma.
Una botánica es una farmacia versionada. Las pociones se guardan en pequeños cajones, como hacían los antiguos boticarios. Son tiendas de curanderas donde lo mismo te dan una consulta de medicina tradicional que otra contra el mal de ojo. El nombre procede del español “botánica” y está relacionado con la venta de plantas y remedios. En estos establecimientos conviven prácticas populares de raíz latinoamericana y caribeña con elementos del catolicismo tradicional. Para entender sus productos, dicen que hay que tener la mente abierta. En Los Ángeles se cuentan por miles los que acuden a ellas en busca de respuestas.
En el escaparate de la Farmacia y Botánica Million Dollar, uno puede encontrar aspirinas, jabón, alcohol y medicamentos para el estómago. Y, unas estanterías más allá, botellas de colores con nombres tan elocuentes como Éxito en los Negocios, Haz que te Ame o Gana tu Caso en la Corte. Son aguas espirituales a las que sus vendedores atribuyen diferentes propiedades. También están las velas, los rosarios, el agua bendita, las estampas de santos y las figuras de la Santa Muerte. Algunas botánicas cuentan con altares donde los clientes dejan alimentos, flores, fotos y dinero.
Nuestra primera parada es la Botánica Isis. Venimos aquí por otra amiga que nos ha recomendado preguntar por un tal profesor P.
Los neones del exterior parecen más grandes que el establecimiento. Dentro chillan los colores verdes y amarillos de un anuncio de lectura de manos. En el recibidor, una mujer vestida de negro se lima las uñas delante de un televisor del siglo pasado.
La mujer apenas levanta la vista.

—El profesor tiene visita —dice mirando a Adriana.
No la culpo. Mi amiga ha sido Miss México y su presencia cambia la atención de cualquier habitación. Entra en las estancias con la seguridad que le da su arquitectura física.
Tras la espera, atravesamos una cortina para dar con el otro mundo de la botánica. Allí hay un altar cubierto de velas junto a imágenes de la Virgen de Guadalupe, una estatua de la Santa Muerte y un Cristo crucificado. También hay fotografías, camisetas y objetos atados con lazos de distintos colores. Cada color se dedica a una ofrenda diferente: que vuelva el amor, que se vaya el amor, que sane la persona que quiero, que le caiga una maldición…
El calor de las veladoras me invade. Mi primera preocupación es buscar por algún lado el extintor. Me doy cuenta de que son dos los televisores encendidos. Uno tiene noticias; el otro, un partido de fútbol. Los dos compiten por hacerse escuchar, con la sensación de que los aparatos eléctricos absorben la energía del cuarto.
Adriana, sin embargo, se muestra tranquila.
Desde niña ha convivido con este universo. Me cuenta que en Veracruz acompañaba a su nana a lugares donde acudían santeros vinculados a tradiciones de raíz yoruba. Buscaban plantas, aceites, polvos y amuletos. Su nana conocía remedios para casi todo: la achicoria para la indigestión, la buganvilla para la tos y así tenía un repertorio interminable de plantas cuyo nombre ahora se me escapa. Dice que le colocaba amuletos en su mesilla de noche y cristales junto a la ventana. Una vez, a escondidas de su madre, le puso una medallita de San Román alrededor del cuello. Le gustaba protegerla de lo que llamaba “los espíritus feos”.
Décadas después, en el corazón de Los Ángeles, el recuerdo de aquella mujer surge frente a nosotras.
—¿Necesita una limpia? —pregunta el profesor P. Y Adriana contesta que sí, por decir algo. En realidad, estamos buscando información para el libro que escribo sobre ella.
El profesor P regresa con una caja de huevos. Le pide elegir uno. Ella coge uno al azar, del centro hacia la derecha. Vierte el contenido en un vaso con agua. La yema sale oscura, casi negra. Nos quedamos estupefactas. Según dice el profesor, “algo no va bien”. Habla de energías negativas y de la necesidad de hacerse un trabajo espiritual por el módico precio de 600 dólares.

Adriana escucha atenta y risueña. Yo observo, casi en trance.
Puede resultar tentador burlarse de todo aquello, pero mientras tomo notas pienso en la cantidad de personas que llegan a estos lugares buscando consuelo o una respuesta que no encuentran en otra parte. La fe, o la superstición, incluso cuando adopta formas que nos resultan extrañas, tiene una lógica propia para quien la practica.
El profesor P comienza la limpieza. Saca una rama de hojas de laurel y empieza a golpearla mientras murmura una oración que habla de luz y protección. No me río por miedo. Luego pasa otro huevo por el cuerpo de Adriana. Vuelve a salir negro. La invita a volver otro día para quitarle el mal de ojo con otro tipo de “magia”. Pero eso cuesta 1200. Vamos, el doble.
Después llega el turno de las cartas. Le pide que corte la baraja. Lo hace con la mano izquierda. Coloca ocho cartas sobre la mesa. La voz modulada del profesor habla de un hombre mayor. De abogados. De un hospital. De alguien que quiere controlar. Adriana cree saber de quién está hablando.
Yo no necesito que las cartas me digan nada. A estas alturas ya estoy pensando en los tacos de un restaurante cercano.
La escena se interrumpe cuando entra una mujer. Es Citlalli, la hija del profesor, que viene de otra botánica de la misma calle. Le pregunto cuántas tienen.
—Dieciséis, todas en Los Ángeles —responde.
Dieciséis botánicas. Una pequeña cadena familiar de espiritualidad urbana.
Salgo unos minutos para respirar. Hace demasiado calor. Cuando regreso, el profesor insiste en que también necesito un “trabajo”. Le pago la lectura de cartas y nos marchamos.

Pero el día todavía no ha terminado.
A diez minutos de allí nos espera otro hombre que hace trabajos espirituales. Es la segunda cita concertada. Este es un hombre alto, más joven. Va vestido con un traje azul oscuro. Nos pide que entremos de una en una a un cuarto donde lee el aura. No le hacemos caso y entramos las dos.
Coloca un papel de aluminio sobre una mesa, junto a un amuleto. De pronto, aquello prende.
Adriana y yo nos levantamos de golpe y salimos corriendo.
No pagamos. Tampoco preguntamos qué ha ocurrido. Nuestra curiosidad periodística queda derrotada por el instinto de supervivencia.
Al otro lado de la calle encontramos otra botánica. Entramos. Una mujer echa las cartas. Primero nos pone un cordón rojo en la muñeca. Parece la más normal de todas. O quizá somos nosotras las que, cansadas, nos vamos acostumbrando a los rituales.
Después de horas rodeadas de velas, huevos, cartas, santos y energías de todo tipo, Adriana sale de la botánica cargada con una bolsa llena de velas y amuletos contra el mal de ojo. Al mirarla pienso que en Los Ángeles caben todas las creencias. Caben todas las dudas y todas las supersticiones. La educación o la posición social no parecen ser un antídoto contra ellas. La superchería puede ser una adicción muy poderosa.
Y mientras avanzamos por la calle, me acuerdo de su mensaje de la mañana. “Organiza el día como si fuera el último”. Era su forma de decirme que aprovechara el tiempo. Meses después terminé el libro dedicado a ella, “Los deseos no son solo palabras”.
Nunca olvidaré aquel día. Fue excepcional. Pero no he vuelto a un santero porque, en cuestiones del destino, es mejor no querer saber.

