La última moda en los colegios es el vapeo. En el de mi hija han tenido que dar varias charlas de prevención y han expulsado a un alumno por vender dispositivos de colores. El tráfico de cigarrillos electrónicos se extiende y lo peor de todo es que el consumo se detecta a edades cada vez más tempranas. Ya está en manos de niños.
La presión de grupo es clave. Muchos empiezan a fumar porque sus amigos lo hacen y ya ni siquiera esperan a salir a la calle. Utilizan estos chismes en los baños de la escuela e incluso dentro de las aulas en los cambios de clase. Es fácil porque su olor desaparece con tan sólo abrir un grifo o una ventana.
Algunos ‘influencers’ y campañas de marketing se han encargado de normalizar su uso. Así que muchos jóvenes creen que sólo inhalan vapor con sabor a frutas. Están equivocados, los vapeadores no son inofensivos. Contienen nicotina -que favorece la adicción- y un gran número de sustancias tóxicas que, según la Asociación Española de Pediatría, daña a los pulmones, corazón y cerebro.
A esta generación le ha tocado lidiar con esto y con otras muchas cosas que a los adultos se nos escapan. Creemos que por ser mayores lo tenemos todo controlado y nada más lejos de la realidad. Los móviles y las redes sociales están envenenando la salud mental de nuestros menores.
No sabemos cómo acceden a determinados contenidos, no tenemos ni idea de lo que ven ni de lo que se intercambian. No conocemos realmente sus sentimientos, la ansiedad que sufren o lo que esconden detrás de la puerta cerrada de su habitación. Si atraviesan una mala racha, rezamos para que se les pase pronto. Nos relacionamos con ellos con extremo cuidado. Evitamos conflictos, cualquier tipo de conversación delicada. No elevamos la voz para no herirles y jugamos con las palabras para que no se ofendan. No queremos que se enfaden. No vaya a ser que dejen de confiar en nosotros. Tememos perder su amor.
Muchas veces pienso que en mi época siempre buscábamos la aprobación de nuestros padres y ahora necesitamos continuamente la de nuestros hijos. ¿En qué momento nos perdimos en ese limbo en el que tratamos de contar con el visto bueno de todos?
La historia es que no somos colegas y cada uno debe ejercer su papel. Para educarles hace falta decir y hacer lo que uno no quiere. Nuestras acciones y decisiones pueden ser erróneas, pero sólo tratamos de ayudar. A lo mejor no se sienten orgullosos de sus progenitores, pero tal vez lo comprendan cuando ellos lo sean. Esa es la esperanza que nos queda.
Educarles es emplear todas las herramientas posibles y, en ese camino, la contribución de los profesores es fundamental. Por lo general, ellos son los primeros en detectar que algo falla.
Los centros educativos, además, se van adaptando a los cambios que trae esta época. Prohíben el uso de móviles y en los servicios médicos ya no sólo hay enfermeras, también hay psicólogos. Y es que hacen falta tiritas para la rodilla y para el alma.
Hasta las materias se ven afectadas. Recuerdo que en su día tuve que hacer un trabajo sobre las lecciones que extraía del ‘Lazarillo de Tormes’. Ahora se analizan lecturas centradas en problemas actuales. Por ejemplo, piden trabajos sobre ‘Mentira’, la novela de Care Santos. Habla de una chica, llamada Xenia, que se ha enamorado de una voz surgida de Internet. Ella quiere conocer al chico que hay detrás, pero él se niega. Y cuando empieza a investigar se da cuenta de que ni la foto ni el nombre son reales.
También están con ‘Invisible’ de Eloy Moreno. En este best seller se tratan las terribles consecuencias del acoso escolar. Hay gente que conoce su contenido porque existe una serie que se ha hecho bastante famosa y una maravillosa adaptación teatral que está de gira por España. El mensaje está claro: no hay que mirar hacia otro lado ante las injusticias que se cometen. En esta obra hay frases buenísimas para memorizar. “Nunca subestiméis el destino y, sobre todo, nunca os riais de alguien que el día de mañana puede salvaros la vida”. Completamente de acuerdo.

